¡Perdone! A usted todavía no se lo he dicho. Sí,
ciertamente, llevo un elefante en el bolsillo. ¿Se extraña?. Y por qué. Todos
somos libres de hacer lo que nos viene en gana, faltaría más. Sabe, yo lo llevo siempre conmigo, me
acompaña a todas partes. Es mi comparsa y mi mejor amigo. Además, en mi
bolsillo esta calentito y cómodo. Y me sirve de gran ayuda siempre que lo
necesito. Nadie puede reprocharme nada. Claro que ve muy poco la luz metidito siempre
dentro de mi bolsillo, pero no le quepa de que ahí él está muy a gustito. Nunca me he atrevido a maltratarlo.
Es más, lo cuido con especial esmero. Siempre es un consuelo saberlo. Es
mi única compañía. ¿Quiere que se lo enseñe?...¿no?...Si lo llevo escondidito
aquí en el bolsillo, sí, sí, aquí, no me supone ningún esfuerzo el tener que
sacarlo para que usted lo vea. Todo se reduce a meter la mano dentro del
bolsillo, cogerlo son sumo esmero,
sacarlo despacito para que no se sienta inquieto y mucho menos cohibido, sabe,
es un poco tímido y asustadizo, y mostrárselo. Me sentiría muy dichoso de que
alguien, aunque sólo fuera una vez, viera y elogiara con cálidas palabras de
cariño a mi elefantito. A él le haría tanto bien. Es monísimo. Por lo menos a
mí me gusta mucho, me encanta y me tiene obnubilado. ¿Se lo muestro?... ¿No me
cree?. ¡Peor para usted!. Mi elefantito es mío, ¡sólo mío!: No tengo por qué ir
por ahí, por las calles, por los parques, parando a la gente a la gente para
espetarles, decirles más bien, poniendo cara de buena persona, que lo soy,
créame, y con cierto énfasis de expectación para que al menos se detengan a
escucharme: " Sabe, yo llevo siempre conmigo un elefante en el bolsillo
¿quiere verlo? Todos ponen cara de sorpresa, como lelos, y me dicen que no, que
no les interesa o simplemente ni me miran ni me contestan, hacen caso omiso de
mis palabras como si una obligación ineludible no les permitiera esa pequeña
demora. Yo creo que no me creen en absoluto. Puede que sea por eso que me dejan
así plantado, como una estatua y siguen su camino sin responderme nada. Mas yo
sé que les digo la verdad. A veces introduzco la mano en el bolsillo derecho
del pantalón temiendo que ya no vaya a estar, que mis dedos no van a poder
acariciarlo porque se ha cansado de mi compañía y del desprecio al que se ve
sometido y que ha decidido abandonarme. Y lo toco, y lo acaricio con
delicadeza. No es que suela hacerlo con bastante asiduidad, no, pero alguna que
otra vez sí: es un consuelo, sobre todo cuando me siento triste y abatido,
cuando la gente duda de lo que yo trato de decirles compartiendo mi secreto y
mi alegría para que lleguen a comprenderme. Hoy en día ya nadie se fía de
nadie. Y sin embargo, yo me pregunto: ¿por qué no han de creerme si yo les digo
la verdad?. Yo podría cogerlo sin más con la mano y mostrárselo a todos sin
ningún esfuerzo, sobre todo a los incrédulos , pero estoy convencido de que
seguirían su camino desconfiados y convencidos de que yo intento hacerles
perder su tiempo. Todos se preocupan ahora de otras cosas, se sienten atraídos por qué se yo.
Está claro, salta a la vista, que mi elefantito
no es capaz de atraerse la mirada y la atención de nadie. ¡No
importa!.Me tiene a mí. No voy a ir por las calles enseñándoselo a todo aquel
que pasa. Sería inútil por mi parte. Sólo conseguiría crearme nuevos enemigos y
eso me disgustaría mucho. No pretendo estar mal con nadie. Me gusta que las
personas sigan su camino. No deseo convertir a mi elefantito en víctima de
cualquier desaprensivo que intente, en un momento dado cualquiera, cuando yo
esté distraído en algo que me llame la atención, y son muchas las cosas que
suelen atraerme normalmente, apoderarse de él. Siempre
hay desaprensivos dispuestos a apropiarse de lo ajeno si cree que para el
propietario de eso ajeno tiene un valor. Resultaría absurdo que yo estuviera
dispuesto a perderlo de un modo tan absurdo. Además: no saldría bien. Estos
convencido. Sé que dicha acción fallaría. Cualquier cosa me pone sobre aviso.
Soy en sumo precavido y sé tomar bien todas las precauciones necesarias;
incluso, yo mismo muchas veces me
doy cuenta, me paso y recelo incluso de
las personas más inocentes. No es que yo esté seguro de que algún día alguien
intentará robármelo, apropiarse de mi querido elefantito. ¡No!. Nadie sabe que yo lo tengo. Nadie lo ha visto
jamás. Allá ellos. He intentado
múltiples ocasiones parar a un individuo cualquiera en la calle para explicarle
la verdad de todo, detallarle uno por uno todos los motivos que un día me
llevaron obligado a tomar la decisión de sacar de la caja en que lo tenía
guardado al elefantito y meterlo en mi
bolsillo para que me acompañara, como fiel e inseparable amigo, a todas partes.
Es desde entonces mi mascota, mi amuleto, mi ayudante de cámara. En fin, lo es
todo para mí. Y no es que sea demasiado grande. Todo lo contrario. Es pequeño,
diminuto, casi ínfimo. Un elefantito enano. Medirá aproximadamente unos dos
centímetros de alto por uno de ancho y apenas tres de largo. Nunca he pensado
seriamente en coger una regla y medirlo exactamente. Para qué si siempre lo
llevo encima. Qué más me da que sea un poco más grande o un poco más pequeño de
lo que yo me creo. Es mi elefantito y con
eso me conformo con que las cosas sigan como están. Tampoco es que yo sea
un conservador, todo lo contrario: me he acostumbrado a verlo y a tocarlo
siempre así y necesito que no cambie. Es más, si creciera o modificase su
complexión física me sentiría enteramente contrariado y tal vez no podría
aceptarlo. Dejaría de ser el mismo, mi elefantito. Jamás debe de ocurrir. De
todos modos, no debo de preocuparme demasiado porque esto ocurra. Mi elefantito
es de yeso blanco y está pintado de un color azul claro tirando a gris por un
lado y por otro a verde. La verdad es que no soy capaz de precisar cuál es la
tonalidad que predomina. El verde no, estoy seguro. En ocasiones pienso y me
convenzo de que es el azul claro y otras me parece, por contra, que es el gris
azulado. Tal vez no sea ni el uno ni el otro y todo quede reducido a un pigmento
intermedio que se manifiesta a mis ojos según la luz del momento en que lo
miro. De todos modos no me importa demasiado. Puede ser que el hecho sea más
simple y no por ello más sencillo: unas veces es azul y otras casi gris, todo
depende de cómo quiero yo verlo. Aunque tampoco su color le da una apariencia
de elefante vivo como los que hay en África o en Asia. No, no es del mismo
color. Parece como si no le importara aparentar lo que en realidad es: una miniatura no demasiado buena,
necesitada de arte y de belleza, hecho con un vulgar y simple molde. No obstante, tiene un aire especial, inspira
cariño y compasión. Quizás por su
naturaleza simple es bonito en sí a mis ojos, adorable y encantados, atrayente
a la vez dentro de su grandiosa pequeñez.
Es por todas estas razones que a veces salgo a la calle dispuesto a
compartir mi dicha y mi elefantito, su posesión, los demás. O cuando memos a intentar que
algunos, escogidos al azar entre el gentío mundano, tengan conocimiento de que
yo siempre voy con un elefante dentro de mi bolsillo y se den cuenta de lo que
esto significa. No me quieren hacer caso,
pues peor para ellos. ¡Peor para ellos! Jamás compartirán la dicha de
saber que llevo un elefante en el
bolsillo.
Soy Andrés Marco, licenciado en Ciencias Económicas. Me he dedicado a la enseñanza toda mi vida. Ahora estoy jubilado. Desde que tengo 20 años en mis ratos "perdidos" escribo. Lo hago porque me siento libre mientras emborrono una hoja en blanco. Dicen que se escribe para ser leído...ése es mi objetivo.
martes, 7 de julio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
MARISOL
Marisol es una niña pequeña, de unos diez años de
edad, rubita ella, con el pelo largo y lacio, sedoso, que le cae suavemente por
los hombros. Es más bien una niña alta para su edad y delgada, nerviosilla,
inquieta, distraída, incapaz de estarse sentada demasiado tiempo seguido en un
mismo sitio. Le gusta mucho jugar, y no es que se divierta con sus muñecas:
tiene muchas y no les hace apenas caso; prefiere, ella, correr con la
bicicleta, hacer carreras con sus hermanos y amigos, y participar en mil y una diabluras
todos los días. Además es una niña muy bromista y dicharachera. Todas estas
cosas la convierten en una chica más o menos normal y corriente. Tiene una
carita alegre y simpática, ella como persona también lo es, algo redondilla con
un gracioso mentón por barbilla y unos preciosos ojos exageradamente grandes y
azules, que hablan por sí mismos, tapados muchas Veces por esas enormes
cortinas que son sus inmensas y largas pestañas, con una boquita pequeña y
juguetona, como ella, y unos dientecillos muy blancos y algo grandes que asoman
entre sus labios cada vez que ella sonríe asemejando un conejillo viejo y
sabio.
Marisol es una niña vivaracha y traviesa que sin
saber cómo lo hace saca todos los años muy buenas notas en la escuela.
Seguramente se debe a que es muy inteligente. Esto le permite divertirse mucho
todos los veranos sin tener que estudiar ni dedicar hora alguna al repaso de
las materias cursadas a lo largo del año. Mas este ahora las cosas son
distintas: Marisol siempre anda cabizbaja, pensante, entretenida y absorta en
lo suyo, ya no juega como antes solía hacerlo, su cara ya no refleja la ilusión
infantil de antes, hay algo que la ha transformado hasta tal punto que parece
irreconocible incluso para los suyos: es una niña completamente distinta. Su
familia, sus papás sobre todo, están asombrados con este cambio, les ha cogido
de sorpresa. No pueden comprender cómo la muerte de la abuelita de Marisol ha podido influir tanto en la niña si tenemos
en cuenta que es pequeña y además está educada desde la más temprana edad con muy buenos principios. Sin embargo, desde
que murió la abuelita y la incineraron Marisol no ha vuelto a levantar cabeza.
Ella sabe de sobras que lo mejor que podía sucederle a la mamá de papá era morirse porque llevaba
ya demasiado tiempo enferma postrada en la cama, padeciendo mucho y ahora,
después de muerta, ya no iba a sufrir más y todos, especialmente la abuelita,
descansarían al fin. Marisol había aceptado este hecho como algo natural y
lógico, incluso pensaba que la abuela, con todo, ya era algo viejita y tenía ya
suficiente edad como para morirse. Sería equivocado creer que el problema de la
niña radica aquí esencialmente.
No, no es éste el caso. Ella estaba muy preocupada y
la causa era la muerte de la abuelita, eso desde luego, pero no expresamente
que fuese su abuelita, sino el de la muerte en sí, el hecho de tener que
morirse, lo que en su cabeza daba vueltas desde hacía días era el problema que
se planteaba con la incineración.
Un día Marisol ya no pudo aguantar más sus dudas y
sus pesares y toda decidida fue a buscar a su papá a su despacho para hacerle
algunas preguntas que quizás podrían resolverle fácilmente su problema. Entró
en el despacho sin llamar a la puerta y
sin aguardar a que le dieran permiso para pasar, siempre lo había hecho
así y esta vez no tenía por qué cambiar de costumbre, además, papá ya estaba
habituado a esta forma de proceder, aunque no le agradaba, y ya no la reñía por
ello. " Papá ",dijo sin más al entrar allí. "Pasa, hija, pasa
", le contestó su papá sin levantar apenas la vista de los papeles que
tenía sobre la mesa. La niña pasó y se sentó en una silla al otro lado de la
mesa, enfrente de su papá sin decir nada
y aguardó, como era su costumbre, a que papá se dignase hacerle un poco de caso.
Volvía a estar inquieta y no paraba de moverse a pesar de estar sentada,
intentaba no hacer ruido para no molestar. Era consciente de que ella allí era
una intrusa que venía a perturbar el trabajo de papá, porque él, pese a que
ahora estaban todos de vacaciones, no descansaba nunca. Pasaba el tiempo y
Marisol no pudo aguantar más aquella especie de silencio no pactado, aquella
actitud de no hacerle caso de su papá y al fin estalló diciendo: "Papá, ¿cuando yo me muera también me quemarán
como a la abuelita?“ La pregunta
sorprendió a su padre, mas la contestó
inmediatamente sin levantar la vista de sus asuntos: "Sí, hija mía,
también te incinerarán como a todos nosotros "."Pues sabes, papá, yo
no quiero que me incinereren, bueno...como se diga eso". Papá dejó lo que
estaba haciendo para dedicarse por completo a la niña. Estas preguntas eran
raras en ella. Jamás las hacía. Hasta el momento era una niña feliz con sus
estudios, sus obligaciones, con sus ratos de juegos sin cuestionarse aún las
grandes preguntas de la vida. "Vamos a ver, y ¿por qué quiere mi hija que
no la incineren?" "Verás,
papá, si es muy sencillo. La abuelita y tía Matilde siempre han dicho que
cuando uno se muere va su alma al cielo y que llegará un día en el que los
muertos resucitaremos, las almas volverán a sus cuerpos y será el Juicio Final
y todos, entonces, iremos al Paraíso. Y como comprenderás, si me queman al
morir, cuando vuelva no tendré cuerpo, seré toda ceniza y no podré ir con todos
y tendré que quedarme aquí para siempre, ¿ lo entiendes ahora?" "Pero hija, ¿de dónde has sacado tú
todas esas cosas? Si todo eso es
mentira" “ No, que la tía Matilde siempre lo dice". "No hagas
caso a la tía, es una vieja solterona y está cargada de manías. Ahora nos
incineran a todos porque como somos tantos no podrían enterrar a todos además
que es mucho más higiénico, así que hace mucho tiempo ya que se decidió adoptar
esta medida más sencilla, fácil e higiénica: quemar a los muertos, de este ocupan menos lugar"."Pues sabes lo
que te digo, que yo quiero que me enterréis bajo tierra". "Pero
Marisol si tú no te vas a morir aún, que sólo eras una niña con demasiado
tiempo a disfrutar por delante". "Sí que me voy a morir porque rezo
mucho para morirme muy joven. Quiero morirme siendo joven y bonita".
"Y, ¿eso por qué?". "Pues mira, papá, es bien sencillo: si ha de
llegar el día en que todas las almas volverán a sus cuerpos, yo, entonces, si muero vieja como la abuelita seré muy fea
y estaré muy pachucha y sin ganas de hacer nada, sólo ir de la cama a la butaca
renqueante y con un bastón y poco más y no quiero, prefiero morirme muy joven
para que cuando resucite mi cuerpo sea fuerte y bonito y entonces todos me
mirarán cuando yo pase al lado de ellos". "Mira, hija, tienes que
olvidar toda esa sarta de tonterías que no sé quién te ha metido en la cabeza y
no hacerle más caso a lo que tía Matilde diga. Yo tenía una tía, la tía Pilar,
que murió mucho antes de que tú nacieses, que siempre decía que cuando nos
morimos y nos entierran nos pudrimos enseguida y nos comen los gusanos y dejan
nuestros huesos bien blancos y bien limpios, sin nada de carne. Y yo sigo
diciéndote que estos gusanitos son después comidos por otros más grandes y
estos por otros más grandes y estos por otros más grandes comidos a su vez por
otros animales que los hombres matamos para comérnoslos. Y entonces resulta que
nosotros nos comemos el cuerpo de los muertos. ¿Tú quieres ser comida por los
gusanos y que después te coman los hombres?." "¡No!¡Aggg! ¡ qué
asco!, no, papá, no quiero que me coman
ni que me entierren. Claro que entonces
¿qué pasará cuando yo resucite si no encuentro mi cuerpo?".
"Pues nada, Marisol, serás
incinerada y tus hijos y tus nietos guardaran tus cenizas". "Y cuando
resucite ¿resucitarán también mis cenizas y se convertirán en mi cuerpo otra
vez?" "No lo sé, hija, supongo
que todo eso que dice tía Matilde puede
ser muy bien mentira. Los cuerpos de los muertos no resucitan. Lo que
sobrevive, según dicen, son las almas .No le des más vueltas al asunto y juega
y diviértete que ya tendrás tiempo de pensar en todo esto cuando seas más
mayor ¿de acuerdo?". "De
acuerdo papá".
Marisol salió del despacho no demasiado convencida
con las explicaciones que papá le había dado. El problema seguía existiendo. A
la hora de comer casi no probó nada, aquello debía tener forzosamente una
explicación más correcta. A la noche hablaría de todo ello con mamá. Tal vez
ella sería capaz de encontrar la solución. Aquella tarde se decidió a hacer
caso de las palabras de papá y volvió a
divertirse mucho con su bicicleta: ganaba a todos porque era la mejor, la más
rápida. No pensó más en el problema de su muerte. Por la noche, a la hora de la
cena, tenía mucha hambre y comió todo lo que le pusieron en el plato. Después
se acostó como siempre solía hacerlo, habiendo tornado largo rato la fresca para dar tiempo a que la
digestión estuviera hecha como papá
decía siempre.
A la mañana siguiente, con el sol del nuevo día ya muy alto la niña se levantó como
siempre, sintió hambre y desayunó muy
bien. La idea de la muerte había desaparecido de su mente. Volvía a ser la
Marisol traviesa, vivaracha y juguetona de siempre. La Marisol alta y delgada,
nerviosilla e inquieta, distraída, incapaz de estar demasiado tiempo seguido
quieta en un mismo sitio.
jueves, 11 de junio de 2015
LA FELICIDAD ES SENTIR
La felicidad es sentir
ahora que nada te falta
y no que tienes todo cuanto deseas y quieres,
porque el deseo es ilimitado y al final te agota
al ver que todo lo que anhelas
aún no lo tienes.
La felicidad no es más que una suma de instantes
en los que la mente rebelde
en blanco mantienes,
en los que no piensas en después ni añoras un antes,
la felicidad pasa y aunque quieras no se detiene.
La felicidad es en invierno
esa sillita al sol plácido
es esa sillita a la sombra en las tardes de verano
mientras te convences de
que la vida es muy breve,
la felicidad es esa sillita, pequeña sí pero muy fuerte.
jueves, 4 de junio de 2015
MI PUEBLO
Cuando
llegué a mi pueblo aquella mañana de
cielo cubierto de nubes que presagiaban lluvia no se
veía a nadie en las calles. Era lo acostumbrado, lo normal. Nadie deambula sin más, sin un objetivo específico. Mis paisanos siempre consideran que hacer esto es una vil manera de perder el tiempo. Como si al hacerlo sintieran que el tiempo se les escapara. Yo ya lo sabía. Máxime cuando pienso que deambular, perder el tiempo sin objetivo en la calle, observar y relajarse, mirar a los otros, detenerse en las cosas que puedan llamarnos la atención siempre es bueno. Sólo se aprende a partir de la mera observación. Me apee con suma cautela del coche de línea: un autocar viejo, destartalado y renqueante: más bien asemejaba una reliquia de la pasada guerra que un autobús que pudiera funcionar todavía. El conductor también tenía el mismo semblante: pequeño, algo jorobado, enjuto, taciturno, mohíno. En resumen: hombre de pocos amigos y de menos palabras aún. Hombre que no desentonaba en absoluto con la postal del coche de línea: vehículo desvencijado, conductor descompuesto, como desquiciado deseoso de abandonar para siempre su obligación: acercar al pueblo alguna vez a algún viajero desorientado o perdido, lo cual no era mi caso. Había ido voluntariamente.
veía a nadie en las calles. Era lo acostumbrado, lo normal. Nadie deambula sin más, sin un objetivo específico. Mis paisanos siempre consideran que hacer esto es una vil manera de perder el tiempo. Como si al hacerlo sintieran que el tiempo se les escapara. Yo ya lo sabía. Máxime cuando pienso que deambular, perder el tiempo sin objetivo en la calle, observar y relajarse, mirar a los otros, detenerse en las cosas que puedan llamarnos la atención siempre es bueno. Sólo se aprende a partir de la mera observación. Me apee con suma cautela del coche de línea: un autocar viejo, destartalado y renqueante: más bien asemejaba una reliquia de la pasada guerra que un autobús que pudiera funcionar todavía. El conductor también tenía el mismo semblante: pequeño, algo jorobado, enjuto, taciturno, mohíno. En resumen: hombre de pocos amigos y de menos palabras aún. Hombre que no desentonaba en absoluto con la postal del coche de línea: vehículo desvencijado, conductor descompuesto, como desquiciado deseoso de abandonar para siempre su obligación: acercar al pueblo alguna vez a algún viajero desorientado o perdido, lo cual no era mi caso. Había ido voluntariamente.
Ya
estaba en mi pueblo, ahora debía interesarme ante todo por encontrar un
alojamiento para mí y mis maletas. Cuando llegas la primera vez a un lugar con
la intención de pasar algunos días es lo normal. No había nadie en los
alrededores que pudiese ayudarme o al menos orientarme. Es lo primero que se
hace siempre si ya no recuerdas las imágenes de referencia y quieres alojarte en algún sitio acogedor y que no resulte
caro. Pero nadie me esperaba, nadie sabía de mi llegada. ¿Por qué iba a hacerlo? Yo no había avisado a nadie de mi llegada, no
reconocía ya a ninguno de los habitantes de mi pueblo y yo era allí un perfecto
extraño, precisamente para los míos. Tampoco me quedaba familia en aquel lugar
como para haberles hecho saber que iba a ir a buscar mi origen precisamente
donde yo nací. Por todo ello se hacía totalmente innecesaria una notificación
mía advirtiendo a alguien sobre mi llegada. ¿A quién iba yo a dirigirle la
carta? No lo sé, y la verdad es que no
me interesa ni me importa lo más mínimo. Así que no tuve otro remedio más que
preguntar a la única persona que junto a mí estaba: el chófer del autobús. No
contestó enseguida. Hecho que me hizo pensar que después de tanto tiempo
llevando el vehículo se había adaptado plenamente a su velocidad. Más bien me
dio la impresión de que estaba dilucidando no tanto la respuesta, que debía
de conocerla de sobras, sino sobres si
lo más adecuado era responderse o simplemente dejar de hacerlo y darme el
chitón como respuesta. Al final se decidió por una de las opciones y me
respondió que existía una fonda en la que indudablemente podría alquilar una
habitación, pero que siendo yo de ciudad no sabía si... Me incomodó un poco su
respuesta. El hecho de que no terminara la frase no daba lugar a saber qué
pretendía decirme. No llegaba yo a adivinar qué intención se escondía detrás de
sus palabras pronunciadas.
Fuera
de mí le dije que no se preocupara por mi persona, que yo no se lo había pedido
y que al fin y al cabo yo era natural de allí. Esta fue por mi parte una confesión gratuita, concesión al fin y al
cabo, que no debí haberle hecho nunca. Confesión no firmada ni sellada, pero ya
se sabe: en estas tierras la palabra tiene más valor que todo lo que se pueda
formular y demostrar en un papel escrito por muchos visos y sellos de
autenticidad que lo avalen. Ahora irían
pasando de boca en boca mi hazaña interrogándose sobre quién podría ser yo. No
tenía ninguna necesidad ni ninguna prisa por llegar a aclarar mi situación
permanente, o tal vez pasajera, en el pueblo. No había por qué estabilizar nada
ni darlo como seguro. Además, estaba más cansado de lo que podría suponerse a
causa del viaje. Todo apresuramiento por mi parte sería inconsecuente y fuera
de toda lógica. De este modo y con motivo de toda esta serie de razonamientos
previos tomé la resolución más sensata: sentarme en el suelo y dejar pasar el
tiempo descansando para de este modo tener ocasión de aclarar al máximo mis
ideas, mis dudas, que hasta el momento más bien estaban demasiado confusas.
Debo de confesar también que no me importaba el tener que permanecer varias
horas o días, e incluso años si era preciso,
incluso hasta perder la noción del tiempo que pasa y no se detiene en aquella
cómoda posición junto a mis maletas que evitaban que el fuerte viento de
levante que soplaba entonces me diera en la cara.
Estaba
a gusto en aquella especie de aletargamiento que no sé cuánto estaba durando:
aproximadamente unos tres días, cosa que no puedo asegurar pues no había
prestado demasiada atención a este hecho, cuando alguien osó perturbar mi soledad, y por
qué no mi dicha, Se había acercado con tal sigilo hasta mí que no me percaté de
su presencia hasta que su cuerpo tapó todo posible e indeciso rayo de sol que llegaba
tímidamente hasta mí para calentarme y reconfortarme produciendo la oscuridad
total. Se quedó plantado ante mí y estuvo mucho rato mirándome en esa posición
estática sin decir nada. No pongo en duda que sus motivos tendría para obrar de
esa manera: ¡no me conocía! Yo era un forastero en tierra extraña, en mi
pueblo, ¡increíble!, pero verdad, y posiblemente en su mente rondaba la duda de
si yo estaba vivo o muerto: no me haba movido ni cambiado de posición desde que
llegué y tomé la determinación de sentarme allí a descansar, en la calle, sin
apresurarme a alquilar una habitación en la fonda que hubiese sido lo correcto.
Pero hasta el momento no me era necesaria, no tenía por qué hacerlo. Aunque sé
que la forma más correcta de obrar por mi parte hubiese sido ésta y no lo que
estaba haciendo. Seguramente mi actitud habría llegado a irritar a más de una
de las mentes más primitivas del lugar, sobre todo si tenemos en cuenta la
pequeñez y el alejamiento de la
civilización del pueblo y también, y según me habían explicado cuando opté por
hacer el viaje, la poca gente que viene de fuera hasta aquí y que cuando llega
uno siempre será considerado un extraño y mirado con reticencia. Probablemente
era yo el único visitante que había llegado a mi pueblo en bastantes años.
Su
posición resultaba cómoda y auténticamente razonable. Tampoco me preocupé yo
por dar razones a nadie. Y menos a un intruso que procedía sin tener en cuenta
mi posible reacción y enfurecimiento por atreverse a molestarme en mi
anquilosamiento de aquella manera tan inusitada para mí. Tras
bastante rato en esa situación y analizándome de forma muy descarada por
fin se decidió a dirigirme la palabra. Me interrogó sobre quién era yo y qué esperaba
allí, sentado en la calle .No le respondí. Ya me había molestado lo suficiente.
El hombre continuó hablándome: me pidió, me rogó, que fuera condescendiente con
él, la gente nos estaba mirando y formaba corro a nuestro alrededor, y que
buscara acomodo en la fonda: necesariamente estaría allí mejor de lo que estaba
hasta ahora en la calle. Tal vez tenía razón. Accedí a acompañarle hasta dicho
lugar. Él cargó con mis maletas: no podía suceder de otro modo: el invitado era
yo y él el intruso en mi viaje y en mi vida. No me gustó en absoluto el aspecto
de la fonda: más asemejaba una casa destartalada e inhabitable que otra cosa. Como
todas las casas del pueblo, vamos, como todo el pueblo. Sabía que forzosamente,
era necesario, yo no podría resistir una hora en aquel lugar. Decidí no entrar.
Mi actitud le molestó un poco, mas prefiero no hacer comentario de ninguna índole
sobre aquella situación tan embarazosa. Sin darle tiempo a reaccionar le pedí,
una vez más que me acompañara hasta el ayuntamiento pues era allí hacia donde
mi misión iba encaminada. No recuerdo habérselo pedido antes, pero en fin. Qué
me importan a mí todas estas vaguedades. Nuevamente optó por callarse y acatar
de
la mejor forma que le fuera posible mi orden. Así no era posible una fricción
entre
ambos.
Nos dirigimos prestos y sin que apenas me diera cuenta ya nos hallábamos ante
el alcalde de mi pueblo .Le rogué a mi acompañante que nos dejara solos: yo debía
dialogar e indagar largo rato allí con el alcalde. Tuve la impresión de que no
había entendido bien lo que le había ordenado. O más bien que estaba dispuesto
a hacer caso omiso de mi ruego para quedarse y enterarse de mi misión.
Aprovechando
los primeros momentos de saludos y presentaciones, confusión e incoherencias,
puras banalidades que siempre se dicen en ocasiones como ésta, se apresuró a situarse en uno de los rincones
de la estancia, precisamente allí donde menos se le notase y molestase, se ve
que no era la primera vez que operaba de esta guisa y ya tenía su lugar asignado de esas ocasiones, y yo preferí
dejar las cosas como estaban: me planteé que podía serme útil más tarde: oportunidad
que no debe desdeñarse jamás. Fue entonces, a continuación, cuando sin más trámites
ni preámbulos, hechos que en toda lógica deberían haber sido precisos y
necesarios, que hubiesen sido sobre todo imprescindibles dada mi situación de
extraño en mis lares, pero que no los tuve en cuenta, les expliqué detalladamente
mis pretensiones y mi infructuosa búsqueda. Yo quería encontrar la verdadera
historia de mi apellido, mis orígenes más remotos en los anales del pueblo. Yo sabía que un
antepasado mío: Andrés Guevara, siendo alcalde, a comienzos del siglo XIX,
pudo, consiguió más bien, comprar en la capital la independencia y libertad de
la villa, mi pueblo, perteneciente hasta ese momento al convento de San Miguel de los Reyes, desde
que el duque de Calabria la dejara como herencia al morir a dicha institución, por
la suma de cincuenta mil reales. Eso era todo, yo deseaba ahora llegar a
conocer mucho más, todo lo posible y conocido y referenciado en los anales de
la villa sobre él, sobre su origen y su familia para, de este modo, saber cuál
es mi verdadero origen ya que soy uno de sus descendientes directos. Creo que
no me entendieron ni en lo más elemental y obvio. Se jactaron de mí. Sí, sí, tal
como lo oyen: se mofaron de mi proceder.
El
alcalde tomando la palabra sin que nadie
ni nada le diera pie para ello me dijo sin más preámbulos ni florituras: "Mire,
usted no es bien recibido aquí. Llegó sin que nadie le esperara. Su obligación,
conforme a toda norma de buena conducta y justo y recto proceder, era habernos
notificado por escrito y de forma anticipada su venida. Yo le ruego a usted que
se olvide de todas esas cosas y que nos abandone inmediatamente y de forma
voluntaria para que no nos veamos obligados a ejercer la fuerza para con usted,
medida que a nadie le resultaría ni cómoda ni satisfactoria. La historia que usted
me ha referido sobre su antepasado, Don Andrés Guevara, ya está escrita. No
indague más sobre sus raíces. Piense lo
que le venga en gana, crea que es usted la raíz y fermento, el origen,
únicamente usted, de su futuro. Créame, no se sumerja más en el pasado, a veces
está lleno de lodos. La historia pertenece a los libros ya, procure hacerse
digno de su apellido y de la cepa originada en usted mismo y todo lo otro olvídelo:
son patrañas. Quién puede asegurar la verdad de lo que se cuenta si no lo vivió
y si lo hizo nos dará su versión interesada, no le quepa duda. Hágame caso y
siga mi modesto y desinteresado consejo. No dudo de que es usted capaz de pasar
sus vacaciones en otro lugar mejor que éste. ¡Márchese, pues!, se lo ruego, y no
vuelva nunca por aquí a perturbar nuestra paz. No será bien recibido. Puede
estar seguro".
Me
sentí terriblemente confundido y anonadado. No llegaba a acertar sobre cómo
debía obrar a partir de aquella conversación. Cogí mi equipaje, salí a la calle
y me dirigí hacia donde me había dejado una vez el coche de línea que me trajo.
Me llevé una gran sorpresa. La verdad: lo esperaba. Estaba todo el pueblo esperándome,
ataviados todos con sus mejores atuendos y galas, no faltaba nadie ni nada, hasta
la banda del pueblo aguardaba para darme la despedida que, por lo visto, me
merecía. Subí apresuradamente al vehículo, también él me aguardaba. Dentro no
había nadie para acompañarme en mi viaje de regreso a la ciudad y a la
civilización. Simplemente querían despedirse de mí porque en este "Adiós"
estaba implícita la seguridad y la certeza, para ellos, de que me marchaba para
no regresar nunca jamás. Dicho de otra
forma:
se habían congregado todos para echarme con miramientos y contemplaciones, hay
que reconocerlo, con el más exquisito de los refinamientos, teniendo en cuenta
el obligado protocolo. Subí al coche y me senté detrás del asiento del
conductor junto a la ventanilla.
Cuando
por fin marché del pueblo, de mi pueblo, aquel anochecer, en medio de aquel
griterío
y algarabía festiva, las calles estaban
atiborradas por una muchedumbre. No me cupo la menor duda de que allí estaban
todos. Y eso no era lo acostumbrado.
domingo, 17 de mayo de 2015
AYER ESTUVE EN UN MUSEO
Ayer estuve en un museo de arte moderno
y sí, no me gustó. Si
no lo veo no lo creo.
Qué es lo que vi: mucha, demasiada mierda
autores muy modernos que se autocontemplan
cagones y más cagones, que todos son cagones:
y a esparcir su mierda no se atreven ni tan siquiera,
aviados vamos si
ellos son el futuro que nos espera:
en el arte hay que echarle muchos más cojones
arriesgar, liderar, ponerse el mundo por montera
como si hasta este instante el arte jamás existiera.
Si el arte no es la vanguardia que lidera al pueblo
el arte por arte, me pregunto, para qué lo quiero.
miércoles, 22 de abril de 2015
MARTA Y EL DRAGÓN
- ¡Mirad!, por ahí viene ya Jaime. ¡Ostras, no!,
trae a su hermana pequeña con él: ¡menuda lata! Pero, en fin, qué le vamos a
hacer. Tendremos que ir con la niñita a la cueva, no vamos a dejarla sola.
- No, si ya lo digo yo: Jaime nunca puede ser
más oportuno, hoy que nos íbamos a divertir de lo lindo va y ¡zas! : se trae a
la niña con él. ¡Menudo fastidio! ...
- Bueno, ahora que estamos todos reunidos vamos
a decidir lo que vamos a hacer esta tarde para pasarlo en grande. Yo propongo
que vayamos a la cueva de los moros tal como lo teníamos pensado. Mi abuelo
dice siempre que allí no vayamos porque en ella vive desde hace muchos años el
hijo del dragón que mató San Jorge con su lanza.
- No, yo no quiero ir allí. Me da miedo -exclama,
medio implorando, Marta.
- Tu cállate, ¡porras!: si no quieres venir no
vengas, ¡allá tú! Nosotros sí que vamos.
- Marta, no seas tonta, no ves que sólo es un
juego -le dice su hermano para intentar calmarla- El dragón no hace mal a los
niños porque San Jorge lo convirtió en un dragón bueno. Es por eso que no lo
mató también a él cuando atravesó con su lanza al dragón padre que sí era muy
malo.
- De acuerdo, si es así iré con vosotros, pero
si sale el dragón no volveré nunca más a jugar con vosotros, ¿eh?
- Pues nada,
manos a la obra: en primer lugar vamos a necesitar una lanza muy larga y
muy grande para defendernos del dragón si éste nos ataca. No creo que lo haga, pero
debemos estar prevenidos por si acaso, no sea que el bicho salga y quiera comerse
a Marta...
- Jaime, lo ves -dice Marta- el dragón es malo y se come a los
niños pequeños. No quiero jugar con vosotros a estas cosas. Me dan miedo.
-
No, si... niña tenías que ser.
- ¡No te metas con mi hermana! No ves que es pequeña. Seguro que cuando sea
mayor tendrá menos miedo que tú. Además, si quieres algo con ella, ya sabes: antes
conmigo ¿vale?
- Venga, dejaos de peleas y no se hable más. Vámonos
hacia la cueva. En el camino cogeremos el palo que nos servirá de lanza. Todo
lo demás que nos puede hacer falta ya lo llevo yo de casa. La vela se la he
quitado esta mañana al señor cura mientras él se desvestía, y cerillas también
llevo. ¡Por algo soy monaguillo!...
La montana era bastante alta, mas
la ascensión en sí no ofrecía ninguna dificultad debido a que se podía llegar tranquilamente
hasta la cumbre siguiendo un camino, trazado imaginariamente, más o menos
zigzagueante entre las matas de aliaga y tomillo. Y justo en la cumbre, junto a
una gran masa de rocas que siempre habían estado allí, se encontraba la entrada
a la cueva en la que, según Pedro y el abuelo del mismo, habitaba, desde tiempo
inmemorial, el hijo del Dragón que mató San Jorge con su lanza.
Así, pues, nuestros cinco amigos: los cuatro chicos y Marta
con ellos, estaban muy atareados en conseguir conquistar la cumbre rocosa de la
montaña y llegar hasta la entrada de la cueva. Cuando todavía no habían llegado
a la mitad de la ascensión ya estaban muy cansados, en especial Marta, la
hermana de Jaime, pero el aliciente por un
lado y su fogoso espíritu de
aventura por el otro les hacía seguir juntos sin desfallecer del todo y no desistir
de su idea de jugar una tarde a ser los valientes héroes que darían muerte al
dragón poniendo de este modo fin a la -según ellos- incompleta gesta de San
Jorge.
Todo esto a Marta más bien le interesaba
muy poco por no decir lo más mínimo. Iba con ellos porque tenía que estar toda la tarde en compañía de su hermano
que debía
cuidar de ella y porque éste la
llevaba de la mano y no la soltaba. De otra forma no habría ido nunca con ellos
por varias razones. En primer lugar porque este tipo de aventuras no le divertían
lo más mínimo y porque le importaba un pito lo que pasara con el dragón. En
segundo lugar porque ella prefería jugar con sus muñecas y con sus amigas que
para fastidiarla hoy se habían ido con sus papás y no volverían hasta la noche.
Y en tercer lugar porque ella era una niña pequeña y no estaba bien que jugara
con esos niños amigos de su hermano Jaime que eran mayores que ella. También
porque odiaba tener que subir por la montaña pinchándose las piernas sin cesar
en las aliagas. Y además, sin querer, había hecho un roto en el vestido que
llevaba puesto y mamá por la noche le
iba a reñir por no tener cuidado con el vestido que había estrenado el domingo
de Ramos, día en el que papá, mamá, Jaime y ella habían ido juntos a misa para
bendecir el ramo, y por la tarde a la Procesión, y ella aquel día se había sentido
muy feliz con su traje nuevo, recién estrenado. Y además, se lo había cosido
mamá.
Sin embargo, ahora, cuando había
llegado el momento de la verdad, todos estos sucesos previos no eran más que
tonterías, lo importante comenzaba a partir de entonces. Pedro, el más decidido
de todos, empezaba a entrar en la cueva porque iba, precisamente, a ser él quien dirigiría toda la aventura: él la había
planeado y todos confiaban más en él que en sí mismos. Era el cabecilla de la
pandilla desde hacía mucho tiempo. Detrás iba Jaime seguido de Marta y de los otros dos amigos. En la mente de
todos la misma idea les daba vueltas: "Como salga el hijo del dragón que
mató San Jorge con su lanza vamos a necesitar de los servicios del Santo para
que nos defienda" Y a uno de ellos, seguro que fue Luis que iba el último
y era el más bromista del grupo, se le ocurrió comentarla en voz alta. A la niña
no le hizo ni pizca de gracia. La verdad es que a los demás tampoco mucha.
Al principio fue fácil: la
entrada era lo suficientemente alta como para permitir que todos pudieran
entrar sin tener que agacharse. Después la cosa se complicó un poco aunque no
en demasía. Bastaba con ir un poco encogido para no pegarse con la cabeza en el
techo. Una vez andado el primer corredor encontraron como una habitación bastante
grande comparada con la entrada y el tramo previo que habían recorrido. En una
de las paredes se veía un ventanal bastante amplio. La corriente de aire allí
originada apagó la vela y los cinco se dirigieron apresuradamente, en la penumbra,
hacia dicha abertura. Desde ese sitio se podía contemplar de forma majestuosa todo el pueblo; las personas que paseaban por
la calle parecían hormiguitas vistas desde allí arriba. Más al fondo se veía el
mar que nunca acababa y los acantilados que daban paso a una pequeña cala con su
playa de arena. El mar estaba majestuoso, reposado, acariciando las rocas de la
costa y con un estrecho sendero de espuma que retrocedía constantemente hacia
dentro de sí mismo en la arena. Y muy al fondo, allá a lo lejos, el horizonte.
A Marta le pareció que allí el
cielo y el mar se juntaban, pues no había diferencia entre ambos. Pero esta
idea no le duró mucho. De pronto notó algo raro y frío en los pies y se echó a
llorar.
- Marta ¿qué te pasa ahora?
Marta seguía llorando. Todos se
preguntaban lo mismo: ¿por qué llorará ahora? Jaime pensaba que no debía
haberla traído porque es demasiado pequeña. Mientras Marta se calmó un poco y exclamó
medio llorosa:
- Es que me estoy mojando los pies. ¡Aquí hay agua!
Y efectivamente Marta había
metido los pies en un charco de agua que había. Ahora no sólo llevaría a casa
el vestido roto y las piernas llenas de arañazos sino que además la reñirían por
haber mojado y ensuciado los zapatos. No, decididamente, ella no debía volver a
jugar con los amigos de su hermano. Ellos son niños y los niños son muy brutos
cuando se divierten.
Ya habían visto todo lo que se
podía ver por aquella ventana abierta en la roca. Ahora debían seguir
explorando la cueva hasta dar con el dragón. Para ello era necesario encender
de nuevo la vela. Se apartaron un poco de la corriente de aire y puestos en círculo
se dispusieron a encenderla. De pronto Pedro exclamó:
-
¡Mirad! allí, al fondo.
Todos miraron con algo de temor. Dos
pequeños ojos les estaban observando. Eran redondos y brillantes. Con toda
seguridad debían pertenecer a alguna ave nocturna refugiada allí para dormir y las
voces de nuestros amigos la habían despertado. Todos quedaron como parados.
Solo Marta reaccionó al tiempo que histérica exclamaba:
- ¡Es el dragón! ¡Es el dragó que nos está mirando para comernos!
Tiraron todo lo que llevaban en
las manos y salieron corriendo, estampida, golpeándose la cabeza en el techo
del túnel, pero sin detenerse ninguno a
mirar hacia atrás para ver si el hijo del dragón que mató con su lanza San Jorge
les seguía o no. Marta, por suerte, fue más que llevada de la mano, arrastrada materialmente
por su hermano en la impetuosa carrera hasta llegar lejos de la cueva. Una vez
parados se dieron cuenta de que llevaban las ropas sucias y algo rotas. También
casi todos se habían herido en alguna parte, en especial la niña.
Pero no importaba. No habían podido
acabar la incompleta gesta de San Jorge pero al menos habían visto al dragón
que éste dejó vivo porque en aquel entonces era pequeño y le dio lástima al
Santo. Y eso era muy importante. Podrían llegar al pueblo y contar a los demás
niños toda su hazaña. Y sin embargo no lo harán nunca porque todos han prometido
no hacerlo jamás para que cuando sean mayores poder venir a matarlo entonces. Y
las promesas se deben cumplir. A partir de aquel momento éste será su secreto
compartido nada más por ellos y los secretos secretos son y deben callarse para
siempre.
lunes, 30 de marzo de 2015
CONVERSACIONES CON...
- Buenos días, me voy a presentar porque si no
el inútil que tengo frente a mí seguro que se abstiene de hacerlo. Verás, soy
un personaje totalmente nuevo producto de la mente de mi creador, precisamente
este señor que tengo frente a mí por decirlo
de algún modo aunque no tengo claro ni dónde está realmente él y dónde yo. Hace
apenas unos instantes no era nadie, no existía ni tenía intención de hacerlo y,
mira por dónde, ahora soy un ser "normal" por decirlo de algún modo.
Nuevo, eso sí porque acaban de idearme. Es exactamente en estas líneas donde yo
nazco para el mundo. Me llamo... La verdad es que no sé cómo me llamo, aún no
tengo nombre. Mi autor aún no me lo ha
asignado, no me ha bautizado con ninguno, pero esperemos que no tarde mucho en hacerlo,
porque es un poco lento el chico, y así
ustedes podrán considerarme como un amigo más con un nombre y con unos apellidos,
aunque estos últimos la verdad es que me importan muy poco, y podrán, así
mismo, llamarme de alguna forma y no
simplemente con "eh, tú". Esperen un momento, voy a pedirle a mi
autor, a mi padre literario, que me bautice de alguna forma. Que me nomine,
vamos.
- Aguarda, ten un poco de paciencia, no corras tanto que es malo precipitarse. Cierto
que eres un nuevo producto de mi imaginación. Pero por ahora sólo eres eso: un boceto, una imagen borrosa
que quizás al final no me decide a dibujar y delimitar un poco más. Puede
acontecer que te asigne unos rasgos característicos
que te definan y
también
podría ser que te deje así, tal como estás ahora: difuso, borroso, más grande,
más amplio, más majestuoso, con más posibilidades, mezclado, confundido con el
horizonte infinito e impreciso del papel. Sabes, ya lo tengo decidido: te voy a
dejar como un ser especial, particular, único e irrepetible. Resultará más
interesante así, no te quepa la menor duda. Vas a ser algo nuevo: mi sombra, mi
otro yo, mi hijo adoptivo deseado, mi hijo bien amado, mi otra alma, mi otro espíritu,
mi conciencia: todo junto en una misma cosa. En otras palabras: vas a ser yo
mismo, mi sosia. Y como comprenderás, por lo tanto, sin nombre. Me resulta
imposible ponértelo. No tienes nombre, no van a poder llamarte como a cualquier
otro. En eso se vas a distinguir precisamente, Vas a ser un ser pero sin
nombre, innombrado.
- Comprendo. Tú lo que quieres es una cosa abstracta,
heterogénea, difusa, que haga y diga todo aquello que tú no te atreves a decir.
Todos los hombres sois unos cobardes. Sois incapaces de decir lo que
verdaderamente pensáis. Y tú esperas, eso está claro, sea yo quien diga lo que tú piensas. Quieres valerte de mí
porque en el fondo tienes miedo a decir la verdad. Tú lo piensas, lo elaboras, y
yo lo digo y de este modo si alguien se las tiene que cargar lógicamente seré
yo quien se las cargue, seré yo el responsable y quien cargará con el muerto y
tú te saldrás de rositas ¿no?
- No podías decirlo más claro ni más exacto,
tal vez más alto, eso sí, pero es lo que pretendo de ti. Pero en tu
razonamiento has cometido algunos errores burdos, consecuencia de tu falta de
experiencia, acabas de nacer como aquel dice y es normal que los cometas, te
falta aún mundo. Mira, miedo, lo que se dice miedo a decir la verdad la verdad
es que no tengo. Y sabes por qué, sencillo, porque ésta no existe, y deberías saberlo
muy bien y si no es así ves aprendiéndolo. Todo es verdad y mentira a la vez,
de forma simultánea. ¿Me comprendes? Claro que me entiendes, al fin y al cabo
tú y yo somos la misma persona.
- Espera, espera, no corras tanto y matiza un
poco más, porque yo no estoy totalmente de acuerdo contigo. Dices que somos la
misma persona y sin embargo tú estás ahí, al otro lado del papel, libre, identificado,
con un nombre, con el folio, con mi historia, en tus manos, con mi cárcel ante
ti. Y yo, en cambio, estoy aquí sin poder salir aunque quiera. Tú me tienes
encerrado, has limitado mi existencia y puedes disponer sin ningún impedimento
ni cortapisa de mí según se te antoje. Puedes poner en mis labios palabras que
yo jamás diría y me tendré que callar. Incluso puedes matarme con toda
impunidad, mejor dicho, puestos a puntualizar puntualicemos, puedes eliminarme
cuando quieras. Y nadie te objetará nada: cometerás un crimen y éste quedará
impune. Como verás tú yo no somos lo mismo, por mucho que lo pretendas, es
imposible. Nuestras condiciones desde el inicio son completamente distintas.
Todo para ti y nada para mí. Eres un egoísta. Y si algo sale mal, pues nada, ni siquiera has de justificarte y
decir lo siento, me eliminas y se acabó lo que se daba. Ya está.
- No te precipites, espera, olvida tu fantasía,
no hagas cábalas aún que es todavía pronto. Yo te he encerrado, tal como dices.
Yo te he traído a un mundo, a mi mundo, hecho por mi especial, para que te
muevas libremente en él. Tú estás aquí porque yo necesito tener un amigo de
verdad, tengo varios, pero tú vas a ser el predilecto, el singular, el especial. Tú y yo vamos a tener
largas charlas, vas a ser mi compañía.
- Eso sí: tu compañía, tu amigo predilecto, tu
amigo fiel, tu perrito faldero que va a buscar la pelota cuando se la lanzas
lejos, que levanta las patitas de delante y saluda. Así ya se puede. Lo que
pretendes, lo que quieres es tener un amigo configurado por ti, un amigo al que
puedas manipular según tu comodidad. Buscar un amigo que piense y diga en cada
momento y situación lo que quieres que diga. No, Con esas condiciones yo no
acepto. Sabes lo que te digo, que me largo.
- ¡Quieto ahí! Tú no te vas a ninguna parte,
qué te has creído.
- ¿Acaso me lo vas a impedir tú?
- Pues mira por dónde sí. Yo soy tu creador.
- Ya salió con eso. Ya dudaba de que no lo
fueras a decir. Pensaba que estabas tardando demasiado, pero no, es lo tuyo,
ponerlo sobre la mesa. Ante los problemas, zás, las cosas bien claritas y el
chocolate bien espeso, por si acaso.
- Tú eres una marioneta, un muñeco en mis manos
que yo muevo. Y si te he traído no es precisamente para que te vayas a bote
pronto, sin que hayas dado el juego esperado. Lo quieras o no, tú te quedas.
-Así
que no me dejas marchar. Me haces nacer. Y me restringes enseguida. Dices que
eres, que somos tú y yo la misma persona. Y resulta que a la mínima se te ve el
plumero, eres un tirano, y yo no lo soy. Confirmas lo que yo que decía: te has
hecho un amigo para manejar y manipular, para que haga lo que tú no te atreves
a hacer. Bonito creador.
- Anda, cállate y no digas más tonterías. Si
te escucho y te las consiento es porque eres tú.
- No, ni hablar. Ahora me toca hablar a mí. Y
ya que no me voy vas a tener que oír todo lo que tengo que decir te guste o no,
asqueroso egoísta.
- ¡He dicho que te calles! y te callas porque
así lo quiero yo.
- Eso, así me gusta ¡Déspota! Pero no, majo, ni
hablar. Voy a decirte todo lo que no quieres
oír porque te da miedo, te aterra, como a todos los hombres, la verdad. Soy tu
conciencia ¿no? Pues bien, mira por dónde, tu conciencia va a hablarte. Tú eres
mi padre, me has traído a este mundo y vas a tener que cargar con las consecuencias
de tu impremeditada osadía. Ya sé que estás deseando eliminarme, deshacerte de mí,
romper el papel y empezar de nuevo, destruirme, así yo nunca habré existido. Todo
habrá sido un sueño impertinente, fugaz, que se habrá ido como tantos otros a
la papelera. Pero no, no puedes. Yo te detengo, yo sueño pesadilla, te impido
hacerlo. Y sabes por qué. ¿No? Sí, lo sabes de sobras, porque como muy bien has
dicho antes, somos un mismo ser. Soy una realidad impalpable en ti. Y como tal te impido el hacerlo. Fácilmente me has hecho nacer, casi de modo
irreflexivo, mas destruirme te va a resultar bastante más costoso porque al
irme yo te vendrías tu también conmigo, al menos una parte muy importante de
ti. Y tú no quieres desaparecer así. Mátame ahora si es que puedes. ¡Venga,
hombre, hazlo! Te dejo. ¡Rompe el papel!, venga, ¡rómpelo! ¿Qué pasa? ¿Qué
fuerza extraña te impide el hacerlo? ¡Venga! estoy esperando tu decisión... No,
no eres capaz, no lo haces porque eres demasiado egoísta, como todos los seres
humanos. No te importaría eliminarme pero estás comprendiendo demasiado bien
que si desaparezco yo también desapareces tú como autor. Y tú quieres vivir. En
el fondo tu existencia es asquerosa, repugnante, llena de traiciones e
inmundicias, como la de cualquier persona. Eres un hombre y eso no puedes, por
más que quieras, evitarlo.
- ¿Has hablado bastante, no?
- Sí, he terminado por el momento.
- Y eso
es todo lo que tenías que decirme, eso es lo que yo no quería oír. Pues te has
equivocado de todas todas. No he encontrado en tu verborrea ninguna verdad inconfesable
hasta ahora.
- No, aún me quedan muchas cosas más para decirte,
para echarte en cara, pero tenemos tiempo de sobras ¿no te parece?
- ¿Entonces, me das permiso para poder exponer
yo mi verdad?
- Pues sí. Venga, hombre. Quiero oír lo que
eres capaz de decir. Quiero conocer hasta dónde llega tu hipocresía. Y por
favor: no me salgas por peteneras sentimentales que no me vas a enternecer.
- Te voy a decir únicamente lo que pienso de
todo esto. Eres un ser ficticio, una ilusión, una sombra de una imagen que yo
he inventado. Y por lo tanto no voy a eliminarte. Sería una tontería destruir
la obra antes de verla terminada, sin llegar a testar sus posibilidades cerrándote
lo que puedes llegar a ser. No, no seas necio, puedes estar tranquilo. No tengo
ganas de eliminarte. Eres lo que yo quiero que seas. Sí podría ser un tirano y
ejercer mi poder sobre ti. Tú hablar por mi mano. Y es verdad que puedo hacerte
decir lo que yo quiera. Pero como habrás podido observar hasta ahora, no lo he
hecho en ningún momento. Te he dejado hablar libremente, sin impedimentos. Y
has expresado tu ira contra mí porque no me admites. Quieres ser uno solo en ti
mismo. No compartir tu esencia con nadie. Y eso está fuera de mis posibilidades.
No es que no quiera, es, sencillamente, que
no puedo. Te tendrás que conformar con ser uno en mí y nada más. Yo te
dejaré obrar como lo desees, como te lo
he venido permitiendo hasta ahora. Como puedes ver, no ejerzo ningún poder
sobre ti. Te doy libertad, mi libertad. Claro que es limitada. Pero es que tu
límite es mi límite. Estamos en igualdad
de condiciones. Bueno, en igualdad no. Yo estoy aun peor que tú porque mi vida
es real, no está dentro de un papel como la tuya. Tú vives en un mundo acondicionado,
en un mundo que yo te preparo a cada instante para que lo goces, para que lo
disfrutes con plenitud. En cambio yo...
- Espera, que ya entiendo lo que quieres decir.
O sea: yo tengo una serie de ventajas que tú no tienes. No soy real, pero
existo y esta condición misma me hace inmune a toda enfermedad, dolor físico, mental,
etc. No puedo padecer porque no tengo cuerpo, y tampoco puede gozar de él. Soy
todo espíritu. Una elevación máxima del hombre. Un más allá de éste. Estoy por
encima de todos ellos. Pensándolo bien, también esta situación tiene sus
inconvenientes: no es bueno estar ni demasiado alto ni demasiado bajo. No puedo
actuar por encima. Todo mi dolor es espiritual. Realmente estoy por debajo de
mi creador, Estamos en el mismo sitio que al principio: todo para él y nada
para mí. Yo soy movido, no actuó con libre albedrio, pero mi creador también es
movido a su vez. Yo estoy libre de esa película que es la vida. Cinta que fue
filmada en un instante, fuera del espacio y del tiempo, y que ahora nada más
está siendo proyectada en esas dos dimensiones que son el espacio y el tiempo y
que no puede detenerse. Yo estoy
sometido a unas páginas, a la mente de quien me crea y esta mente está sometida
a esa película exacta, intachable, que no puede ser manipulada y que inexorablemente
tiene un final trágico, un fin triste y
doloroso que yo jamás tendré.
- Empiezas a entrar en razón. Vas bien por
este camino, sigue, sigue, que mis palabras no te detengan.
- No, yo no sigo, eres tú quien sigue. Recuerda
que eres tú quien escribe y quien pone las palabras y los pensamientos en mi
boca. Yo nada digo porque no sé decir nada. No puedo hablar. Soy mudo porque no
existo. Eres tú quien me hace existir por momentos y quien habla y dice las cosas.
Me utilizas para esto y yo como esclavo fiel y sumiso, de tu mano, me amoldo a
estas circunstancias y sigo mi camino, el que tú me trazas. El camino que tú
pones en mis pies. Eres tú quien entra en razón, así que sigue, sigue y no te
detengas.
- Lo siento, pero he de detenerme. Me canso de
escribir. Ahora, además, no tengo en mi cabeza nada para escribir. No se me
ocurre nada nuevo. Hemos llegado a un camino sin salida, sin continuación. Está
vallado y no se puede seguir. No termino, te doy vacaciones por unos días hasta
que tengamos mayor claridad y entonces volveremos a encontrarnos para proseguir
por otros senderos que no sean tan pesados. Creo que por ahora es bastante aburrido
todo esto. Me dan ganas de romper lo escrito, pero te destruiría y me he
propuesto no hacerlo. Nos hemos salido de la tónica general. Volvemos a lo escrito
hace mucho tiempo y a esas directrices no quiero volver. Prefiero ir bajo la
nueva forma. Me comprendes ¿verdad?
- Sí, pero yo no digo nada. Ve diciendo lo que
quieras. ¿Qué quieres plegar? bueno, pues pleguemos.
- Pleguemos entonces.
-
¡Oye! espera, espera un momento. Dices que no quieres volver a escribir como lo
hacías hace algún tiempo atrás. Y esto ¿por qué entonces?
-
La razón es obvia. Hace tres años escribía más pesadamente, con largos párrafos,
con muchas comas y casi sin puntos; de
lectura más difícil y farragosa. Me costaba incluso entenderme a mí mismo. Los
temas que trataba eran más directos, más "filosóficos“ si tu quieres sin
llegar a nada, y no había en ellos nada que pudiese asemejarse a la literatura. Mis expresiones eran burdas y facilonas,
carentes la mayoría de las veces de un sentido. Ciertamente que era más
verdadero, más directo, sin remilgos ni circunvalaciones, más pensadas las
cosas que ahora y sin embargo, creo que me gusta más este estilo de decir las
mismas cosas valiéndome de pequeñas tramas, de pequeñas gestas, historias algo
burlescas, algo absurdas que muchas veces no dicen nada porque no llego a explicar
bien lo que quiero expresar y dar a entender con ellas.
-
Sí, y dentro de su absurdidad tus temas, por lo general, la técnica que has
marcado hasta ahora, son posibles y muchas veces incluso podrías hacerlos más
amplios, entonces ¿por qué no lo son? Pierdes temas y recursos, posibilidades,
los haces muy reducidos, en pocas páginas sintetizas, a modo de esquema, lo que
podría ser sin lugar a dudas mucho más extenso, teniendo trama suficiente, en
la mayoría de las ocasiones, para una novela completa.
-
Mira. Es sencillo: no pretendo en ningún momento hacer novela, al menos por
ahora. Cuando escribo vienen a mi mente infinidad de ideas vagas, como tú.
Éstas fluctúan, fluyen vertiginosamente; y al escribir más lento que ellas, éstas
escapan de mi recuerdo. Si llegara a hacer mis escritos más largos me convertiría
en un escritor monótono. Es muy difícil
expresar lo que pensamos, en ocasiones no hay palabras suficientes en nuestra
dicción para decir las cosas tal como son y tal como las pensamos. Están bien así:
cortos, sencillos, sin grandes pretensiones ni florituras, sin aforismos de
especia alguna. Y de este modo al menos yo les veo un pequeño encanto mientras
los escribo, en su efímera brevedad, que
de otro modo no tendrían. Son como los pétalos de una flor acariciados entre
los dedos de la mano. Sabes que enseguida, ajados marchitarán, pero mientras
tienen su belleza.
Ya
sabes que para escribir necesito momentos de inspiración y cuando estos llegan
todo es posible. Incluso muchas veces el tema toma un cariz completamente distinto
al pensado en un principio. Una vez iniciado el caminar por un camino has de seguirlo
aunque no quieras, aunque te duela, aunque no sea el en principio elegido. Se
van haciendo los relatos, mis pequeñas historias a medida que los escribo, a
medida que quedan para siempre en un folio que deja de estar en blanco. Muchas
veces sin hilazón alguna, tal como vienen a mi mente sin que yo pueda
rebelarme, son ellas mismas quienes se relatan y se cuentan y yo me limito a
transcribirlas sin más. Son así y así yo lo constato. En general son monólogos conmigo mismo, al menos eso asemejan
aunque en realidad están muy distantes de mi persona y de mi idea: es lo que
menos me cuesta de escribir. Cierras los ojos y dejas que fluyan como si fuera un gas que intenta abarcarlo todo y no
puede, que pretende expandirse en espacio limitado. Me hubiese gustado muchas
veces escribir historias con personajes, con diálogos, con grandes sucesos. Con acontecimientos importantes, pero mira, lo siento, salen así: nada más monólogos y narraciones con un solo personaje
que lo inunda y lo ensucia todo.
- No obstante,
ahora, esta vez, estás haciendo un diálogo. Somos tú y yo, es decir, somos
dos.
- ¿Estás seguro? Me has repetido varias veces
antes que yo hablaba por ti, que es mi mano quien escribe, que las ideas son
todas mías, no tuyas, ¿es un diálogo?
No, es un monólogo, entre yo y yo.
- Egoísta, acaparador. A veces te haces odioso.
-
No. No existe ningún egoísmo por mi parte. La realidad es ésta: estamos entre
los dos haciendo nada más un monólogo. Tú eres un artificio que he creado y que
aquí utilizo como personaje. Pero hablo yo en ti, es mi mente la que piensa y
la que recita tus palabras. En ningún momento se puede considerar como un
diálogo a dos. Fíjate que incluso el tema es una mera copia: tú eres un reflejo
de Augusto Pérez, con una sola excepción: que tú eres más pretencioso que él. Tú
no te has conformado con hablar conmigo únicamente al final, cuando la vida se
acaba. Tú has querido y has exigido, estás siempre presente a mi lado, para vigilarme,
para evitar que llegue mi decisión suprema.
-Eres
tú quien lo dice, no yo.
Oye,
otra pregunta: por qué tus personajes son siempre seres que están chiflados, todos
mis hermanos están locos de atar. Tus situaciones además de absurdas, son raras,
incoherentes, faltas de realidad. Parecen más sueños que realidades. Siempre se
mueven en una atmosfera extraña, ficticia, diáfana, caótica, incomprensible.
- Siempre me ha gustado hacerlo así. Mis
protagonistas están un poco idos. Eso me gusta. También yo estoy un poco loco.
Así me resulta más sencillo hacerlo. Intento, en todo momento, reflejar el carácter
y la vivencia del personaje, en este tipo de situaciones. En ocasiones no lo
consigo, pero te aseguro de que siempre lo intento. Coincidirás conmigo que
este mundo, en esta vida que nos ha tocado vivir, todos estamos un poco locos,
nadie estás totalmente cuerdo, al menos se tiene el suficiente grado de locura
y de inconsciencia como para salir cada día a la calle y enfrentarse con lo
cotidiano, con el día a día de la vida que nos toca vivir. Es por eso que
escribo bajo la influencia de la "locura", para dar de este modo mayor realidad al suceso. Todo cuanto acontece
en el mundo está bajo este maleficio: el mundo está loco y con él todos sus
habitantes. La locura se impone y nos domina. Me gusta escribir cosas insólitas,
sacadas de la vida cotidiana. Pero en vez de escribirlas tal como en realidad
son yo les doy un pequeño giro y las escribo, las veo, en lo que yo
llamo:"bajo la luz de sodio". Es la luz de sodio, Es bajo la luz de sodio
donde se ven las cosas vagas y ambiguas, tal como son. Con ella todo es penumbra
y en esta atmosfera poco iluminada todo se confunde y se arregla, sólo hay las sombras
del recuerdo para reflejar. Sombras que viven en un sueño permanente en la
imaginación. Sueño porque la vida es un sueño real, por desgracia. Los acontecimientos
suceden porque se mueven y se desarrollan en la absurda luz de sodio. Es el
punto intermedio entre la verdad y lo falso, entre la vida y la muerte, entre
lo vivido y lo soñado. Es donde todo sucede y nosotros lo olvidamos para recordarlo
después y creer que ha sucedido ahora realmente, cuando en verdad no es más que
un simple reflejo en luz de sodio del pasado absurdo del mundo.
Siempre
nos queda por saber si esto ha sucedido o no, si ha sido cierto o no, porque
todo es posible, al menos sobre el papel. El papel se convierte en un espejo
que desfigura la realidad para que ésta no sea tan cruel, tan horrible, tan
provocadoramente real, ya que la verdad asusta, da miedo y, sin embargo, bajo
esta penumbra de sodio es más sencillo, más fácil, afrontarla cara a cara.
- Bueno, y a mí por qué coño me explicas ahora
todo esto. Tú hablas y piensas las cosas, entonces, ¿por qué has querido escribir
este rollazo aquí si no viene al caso? Deja, voy a contestar yo por ti: soy yo
quien ahora quiere, quien va a usurpar tu persona, tu voz y tu mano para poner
yo aquí lo que sé que ibas a decir.
Lo
he hecho -ibas a responderme- porque necesitaba hacerlo. No es para aclarar mi
posicionamiento a nadie, sólo quiero encontrar
una explicación consecuente para conmigo mismo. Intento encontrar un motivo válido
para escribir, un principio que me justifique. Intento aclarar un poco mi
mente, sólo por eso lo he hecho, por nada más. ¿Es esto lo que ibas a contestar, no? Calla, voy a
seguir yo por ti, no contestes, no digas absolutamente nada. Sí, has acertado, porque
lo he escrito yo y no tú. Ya sabía que ibas a decir esto, pero por eso te
he dejado contestar, para darte la oportunidad de que te impusieras nuevamente
sobre mí, pero yo mismo te he quitado esa posibilidad, te la he negado diciendo
yo las cosas por ti, no dejándote hablar, siendo yo quien dice las cosas que realmente
piensas. Hemos jugado un poco a intentar cambiar nuestras personalidades: yo
soy tú y tú eres yo.
- Pues ahora nos vamos a dejar de juegos y
vamos a volver cada uno a nuestro lugar.
- Sabes, estoy pensando en algo divertido. Podríamos
hacerlo entre los dos, yo te ayudaría un poco. No me irás a negar este pequeño
capricho. Lo haremos ¿verdad? Venga, dime que sí, que lo vamos a hacer ¿eh? De
acuerdo, sí, va, vamos a hacerlo. No nos costará mucho y si sale mal, pues lo
rompemos y ya está, como si no lo hubiésemos hecho nunca. Como cuando escribes
algo que realmente no te satisface, se rompe y a la papelera.
- Y de qué se trata. Primero me lo explicas y
después ya veremos.
- Hombre, así no tiene gracia, te vas a oponer.
- Si no sé de qué se trata el juego, claro que
me opongo. Antes me tienes que decir lo que quieres que hagamos y después ya se
verá,
- Es
que verás...pensaba yo que... como te gusta escribir podríamos hacer entre los
dos una historia de esas que tú escribes.
- Así, por las buenas ¿no? Decimos que vamos a
hacerla y ¡hala!: hecha, como si cayese
desde arriba ya completa, acabada.
- Pues hombre, me ha pasado una idea por la
cabeza y podríamos desarrollarla juntos. Más o menos ya la tengo esbozada: es
muy corta y sencilla.
- Venga, explícamela un poco y después si es
posible la pasaremos al papel.
- De acuerdo, pero voy a ser yo quien la
explique y hable y tú te limitarás a escribir lo que yo diga y nada más. Y si no
estás conforme lo dejamos y ya está.
- En fin, si tú lo quieres así, de acuerdo. Como
soy yo quien te ha inventado a ti, también soy yo quien inventa la narración.
No tengo nada que objetarte.
-
Mira, si empiezas así, ni hablar, no hay historia; se acabó, olvídalo y ya está.
Egoísta, acaparador.
- No, si yo no decía nada. Hablaba conmigo
mismo; estaba pensando en voz alta, nada más. Lo hago muchas veces, incluso ahora
al escribir todo esto, Bueno, empezamos el cuento ¿de acuerdo?
- Pues verás, he pensado que nuestro
protagonista va a ser un chico joven, de unos veinte años de edad, alto, jovial,
bien parecido, con barba, moreno, hijo de un magnate de la industria catalana.
Le gusta la música. Los grupos modernos ingleses y americanos, habla constantemente
de Dylan y de la Baez. También le gustan las chicas, en fin, como a muchos. Lleva
el pelo muy largo. Estudia filosofía y letras. Segundo o tercer curso, y quiere
hacer luego sociología. Tiene un flamante coche deportivo, un Porche 911 S algo por el estilo, con el que suele ligar
mucho. Y además se dice comunista, cuando no hippy, revolucionario. Ha leído a Marx,
a Lenin, y el Libro Rojo de Mao. Al menos así lo manifiesta, y siempre farda de
haber leído el Manifiesto Comunista. Pero lo cierto es que una vez empezó con
el Nuevo Testamento y no lo acabó porque aquella doctrina le pareció mala,
demasiado avanzada y comunista, repugnante, utópica. Y a Mao, Marx y a Lenin sólo
los conoce de nombre, en verdad no los
ha leído nunca, quizás alguna vez intentó comenzarlos, pero no los entendía, le
producían horribles dolores de cabeza. Demasiadas páginas como para perder en
tiempo. En fin, lo que es hablar habla mucho de todo, nunca para. Una vez
incluso fumó marihuana y todo, pero pasó muy mal rato. No sabe nada, pero habla
y parece que quisiera comerse al mundo. Quiere cambiar a la sociedad porque
dice que está corrompida. Habla de la burguesía y siempre se refiere a ellos con
la expresión de "cerdos burgueses", "capitalistas asquerosos"
"colaboradores del Dictador" y cosas así. Todo esto le da asco, le
repugna pero cuando necesita algo siempre acude a papá y mamá. Siempre vestido
a la última moda. Compra muchos discos y libros que ni lee ni escucha nunca, pero
los compra, lo importante es tenerlos, por si acaso, porque son imprescindibles
y hay que tenerlos. Es el prototipo inconformista sumergido, bañado, siervo, amante
ocioso, de la sociedad de consumo. A todas horas repite que no se entiende con sus
padres, que quiere ser libre, que estos están "camp“, pasados de moda, que
no le entienden, que pertenecen a otro mundo, distinto al suyo, falso, hipócrita,
deshumanizado. Quiere destruir a la burguesía porque explotan a los pobres
trabajadores proletarios. Qué malos son ¿verdad? Entiendes qué tipo es el que
yo quiero decir ¿no?
- Sí, resumiendo, que se trata de un niñito "progre".
- Sí, eso, un niño pijo progre, muy progre, demasiado progre que se
divierte jugando a ser niño progre. Como ya hemos dicho antes, estudia filosofía
y letras en la universidad, Y tiene problemas existencialistas. Ha leído a
Sartre, Camus, Marcuse, Proust, algo de Beckett y a otra mucha gente por
obligación y que si bien le han inquietado le han causado mucho mal. Se había
convertido en un chico un poco raro, poco alegre, pensativo y taciturno: daba
la sensación de que era un intelectual, un filósofo, un pensador, un sabio. Aunque
lo cierto es....en fin, ya se sabe. No tiene la inteligencia suficiente. Lleva
varios años con el mismo curso y no consigue pasar de ahí.
- Continúo
yo. Quería conocerse a sí mismo, quería saber cómo era. Si existía o no; por
qué existía; por qué existimos todos; y para qué estamos aquí. Qué es la existencia,
qué es la esencia, el mundo, la vida, el alma. Deseaba de verdad introducirse
dentro de el mismo, dentro de su mente y conocerse a fondo, poderse dominar, poder
controlar sus emociones, sus reacciones. lncluso practicaba yoga para poder lograrlo.
Había leído no sé dónde algo sobre todo eso. Él siempre intentaba lo mismo, introducirse
dentro de sí mismo. Quería hallar la forma de hacerlo posible. Si conseguía
entrar dentro de sí, dentro de su mente podría fácilmente conocerse a fondo y
entonces, a partir de ahí, podría dominarse perfectamente.
Siempre
pensaba lo mismo: yo soy yo y mis circunstancias y éstas me condicionan, si yo consigo
dominarlas podré influir y condicionar mi voluntad, mi yo. Y controlando a
ambos, mi yo y mi no yo en yo seré feliz, sabré quién soy y para que estoy y
soy. He de conocer más mis circunstancias y dominarlas, doblegarlas a mi
voluntad, conocerme a mí mismo, conocer a mi ego y a mi superego y esto sólo
será posible si consigo introducirme dentro de mí mismo, dentro de mi persona.
- Ahora me toca continuar a mí. Todos los días
los pasaba pensando en lo mismo, mas no lograba avanzar, no pasaba de ahí. Sin
embargo un día sucedió lo inevitable y glorioso para él, Lo consiguió. Descubrió
que sí era posible introducirse dentro de sí mismo. Poseía en su cuerpo un
agujero lo suficientemente grande como para introducirse por él y llegar hasta
su cerebro.
Le
costó mucho esfuerzo pero al fin lo lograría, llegaría a ser feliz, podría
controlarse y conocerse y no pensaba desaprovechar la ocasión que se le
brindaba. Introdujo sus pies por su boca sumamente dilatada y empezó a avanzar
para llegar a su mente, para introducirse completamente dentro de sí. Y lo logró.
Sólo hubo un inconveniente; al efectuar su intento sus vísceras y todo cuanto
había debajo de su piel salió fuera, cayó al suelo una parte y la otra quedó esparcida,
pegada en la pared que quedó manchada de sangre y vísceras. Le había ocurrido
lo insalvable, lo imprevisible, lo mismo que a tantos otros que lo habían
intentado. Al querer introducirse dentro de sí mismo, y al lograrlo, él mismo
se había dado la vuelta, como quien gira y pone del revés, con el forro hacia
fuera, como pasa con un guante. Y esto es todo.
- En fin, aquí está y aquí se queda, tal
como está.
- Oye, este personaje tiene algo de ti ¿verdad?
En el fondo, sin las apariencias externas, eres tú.
- Todos mis personajes tienen algo de mí, algo
que nos identifica, que nos hace
comunes, hasta tú los tienes. Y cuando
no es personal sí tienes la referencia de alguien de tu entorno. Pero prefiero
no seguir hablando de esto. Sabes, estoy pensando en algo que te va a gustar. Te
acuerdas de esas vacaciones que te había prometido hace rato. Pues te las voy a
dar. No te elimino, te dejo seguir viviendo libre para que conozcas más cosas,
para que descubras hechos interesantes y así algún día poder explicarlos y escribirlos
mano a mano en otras páginas muy semejantes
a éstas. Sólo te voy a decir algo más que deseas saber. Este personaje es como
yo era, como todos somos cuando despertamos de la inocencia. Ahora comprenderás
muchas cosas que habían quedado oscuras. De momento nada más, simplemente adiós.
- Adiós. Hasta la próxima oportunidad de
hablar aquí y gracias por habérmela concedido. Y en especial por permitirme seguir
viviendo y conservando mi vida, porque conociéndote... Así que como había dicho
antes, y no quiero entretenerte más, adiós.
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