ANDRÉS MARCO

domingo, 5 de octubre de 2014

DADME DE BEBER

Dadme de beber, dadme  agua  de esta fuente
que sacie mi sed de recuerdos de la infancia,
dadme de beber para que anule mi añoranza
de  niño chico que corre y juega  en esta plaza
dadme agua y más  agua para superar el instante
de un momento soñado de forma permanente
que quiero recuperar a los que fueron mi gente,
dadme de beber, dadme agua de esta mi fuente
dadme su agua  para que no olvide mi ascendiente.  
Dadme de beber  agua y dejadme  que os  cuente
que  anhelo volver a jugar aquí al bote en la noche
con Ramón, José María, Salvador, Pepe, Israel,
Juan Luis, con mis hermanos José María y Miguel
y encender otra bola y correr y correr al trote
y jugar a futbol todos con Prudencio de portero
y  charlar después de la cena con el tío Moreno
pasear entre las paradas  festivas  de "Los Ángeles"
y elegir en la de "El diablo" nada más un juguete
Dadme de beber  agua y dejadme  que os  cuente
que quiero beber agua, toda el agua de esta fuente
y  volver a ser niño jugando  en la Plaza de la Fuente.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Recapitulación núm. 9

Recapitulación núm. 9



Lo que sigue quizás a muchos les parezca extraño e imposible, estoy seguro de que  la mayoría de la gente creerá que todo es producto de la imaginación enfermiza de su autor, y harán bien. Es que nos suele ocurrir a todos cuando que sucede o que nos explican como sucedido no puede ser asimilado por nuestras mentes normales. Y ante esta falta de comprensión y de asimilación reaccionamos convenciéndonos de que no ha ocurrido. Mas no, no es ficticio. Es real, y yo voy a trascribirlo tal como sucedió y tal como sucede todos los días, porque aún hoy continúa y continuará por mucho tiempo. Yo estaba allí, bueno, he estado siempre allí y tengo ojos para ver, por lo tanto soy testigo y puedo dar fe de ello. Son muchas las personas que los deberían ver a diario, pero ellos sólo miran, pero como les sucede a muchos no ven. Pero nada más soy yo quien ve al mirarlo todo. Sí; soy yo el único no ciego entre todos ellos. No es que yo quiera decir que tengo, que poseo,  dones especiales sobre los demás. No, nada de eso. Lo  que sucede es que yo tengo el valor suficiente para enfrentarme con la realidad de cada día y por eso soy el único que veo las cosas tal como son, a diferencia de muchos otros que las ven y las asimilan tal como los otros quieren que las vean y comprendan.
Entré en el despacho del director general. Él me había mandado llamar y yo inmediatamente acudí, como se debe hacer siempre, a su llamada. Las urgencias de los jefes no pueden ni deben hacerse esperar, siempre ha sido así y siempre lo será, al menos mientras haya jefes. Yo llevaba varios años trabajando en esta importantísima industria, desde que finalicé mis estudios. Mi primer y  hasta hoy mi trabajo, el que me permite ingresar un salario mensual para poder comer. Había visto varias veces al director general - propietario único de toda la empresa por no decir de todo su imperio - pero nunca había tenido la ocasión de verlo tan de cerca y mucho menos de hablar con él. Era la primera vez que fijándose en mí y en mi trabajo, supongo que debió ser así, me hacía llamar y yo estaba obligado a acudir velozmente a su requerimiento.
Se trataba de un hombre alto y bien parecido, de unos cuarenta y algo de años, pero que parecía mucho más joven: todos los grandes hombres de empresa aparentan tener
menos edad de la que en verdad tienen. Claro, disponen de tiempo y de recursos para poder ir al gimnasio,  a sesiones de masaje y  relajarse cuando el cuerpo así se les pide. Estaba sentado al otro lado de su mesa, precisamente donde le correspondía estar, por algo es el amo de todo: omnipotente, radiando autoridad, majestuoso, desbordando  felicidad: era lo natural. Cerca estaba sentada su secretaria en otra mesa con una máquina de escribir que emitía unos compases tan monocordes que enseguida te olvidabas de ellos: eran rutinarios, acompañando al ambiente.  Ella, la secretaria, era alta, esbelta, joven, guapa, morena, muy bien formada, modelada por unas manos maestras: toda ella era una escultura capaz de hacer perder la cabeza al hombre mejor dispuesto.
Aguardé un momento de pie delante de la mesa. Él me miró y con un gesto simple  de su cabeza me ofreció una silla para que me sentara. Me senté y aguardé callado a que él comenzara a hablar. Y fue él quien empezó. Me dijo que la empresa hasta ahora estaba orgullosa de mi trabajo y de mi entrega total a pesar de lo gris de mi puesto y que había decidido él recompensarme por ello. Habían puesto toda su confianza en mí y yo había sabido  responder siempre satisfactoriamente, de una forma inmejorable en una persona tan joven como yo. Por tanto, había llegado el momento de que accediera, dados mis méritos, a  un cargo de mayor responsabilidad con el consiguiente y lógico aumento de categoría dentro del escalafón jerárquico de la empresa y como consecuencia de todo ello, con un significativo aumento de mis honorarios. Me rogó que aguardara unos minutos porque la carpeta en la que estaban todas las normas y todos los expedientes de los que debía encargarme a partir de ahora con mi nuevo cargo no había aún llegado y deseaba entregármela él personalmente. No iba a tardar mucho, ya que hacía bastante tiempo que estaban preparando mi ascenso, con lo que estaba todo dispuesto desde hacía días. Ni siquiera me preguntó si aceptaba o no el nuevo cargo. Estaba claro que era impensable que pudiera rechazarlo. Creo que no me gusto absolutamente nada su forma de actuar. Al menos por cortesía debía haberme preguntado si lo aceptaba  o no. Claro que para él era lógico que lo aceptase: trabajaba en su empresa, él me pagaba y por consiguiente podía disponer libremente de mis horas laborales. Y además,  yo lo aceptaba de muy buen grado: siempre había soñado con este momento y ahora era ya una realidad tangible.  ¿Quién iba a ser tan tonto de rechazar semejante oferta?
Así que esperé allí sentado a que mi carpeta llegara. La secretaria mientras había continuado con su trabajo sin distraerse en ningún momento y ahora seguía con él: no cabía duda de que era muy eficaz. Yo con el rabillo del ojo la observaba diciéndome "Mira que era hermosa". Por mi cabeza pasaron deseos inconfesables de lo se podría hacer con ella. Me gustó mucho la mujer, me resultaba imposible dejar de contemplarla arrebolado. Incluso una vez ella levantó la cabeza y me miró sonriendo, con algo de ironía y, según intuí yo, no exento  de deseo. Seguro que ella pensaba en aquel momento lo mismo que yo. Yo tampoco estoy nada mal, sé que muchas mujeres me desean. Me gustó su sonrisa. Mientras, el director general siguió revisando los papeles que tenía delante suyo y yo permanecía allí, como un tonto, inmóvil mirando a la secretaria. Las ideas me rondaban por la cabeza, muy buenas ideas, ella era siempre la protagonista de mis imágenes fantasiosas. Cada vez sentía más interés por ella.
No sé cómo  fue, pero el caso es que el director general cambió de semblante ante mis ojos. Se había quitado el traje. Estaba desnudo, allí delante mío y de su secretaria. Su rostro era cadavérico, maléfico, no humano, fuera de la realidad, por descabellada que esta pueda llegar ser, de la calle. Creo que la secretaria no se inmutó lo más mínimo: debía estar muy acostumbrada a ello. Pero, a mi entender,  no estaba nada bien que se desnudara y permaneciera así en su despacho. puede ser que con ella tuviera una familiaridad e intimidad que le autorizaba a comportarse así pero no conmigo, era la primera vez que accedía su despacho y nada ni nadie le  autorizaba a comportarse de este modo tan irrespetuoso para conmigo. Su piel no era normal: era de un color marrón negruzco, agrietada por todas partes; lleno de tumores y heridas que supuraban un humor amarillento y viscoso, de  muy mal olor, nauseabundo y repugnante. De otras heridas, especialmente de su cara, manos y brazos manaba  pus mezclado con sangre. No resultaba nada divertido todo lo que estaba viendo, me causaba horror, pero seguía yo allí, sentado frente a él, contemplando de reojo las posibles reacciones de la secretaria que proseguía con su tarea como si nada sucediese, y yo sin entender por qué no reaccionaba tampoco yo, con los ojos puestos vagando  de una fijeza en mi jefe al soslayo en la mujer que nos acompañaba.
Aprecié de pronto que no sólo tenía tumores con pus sino que hasta llagas llenas de unos gusanos blanquecinos que se le comían la carne. Era espantoso. Pero el director general permanecía inmutable, como si nada le sucediera. Quise hacérselo notar y desistí de ello cuando él me miró extrañado y no dijo nada. Allá él con su podredumbre. Yo me encontraba molesto ante tal espectáculo, qué duda cabe, pero decidí continuar en mi sitio aguardando  la llegada de la carpeta que me iba a brindar la oportunidad de un ascenso a un puesto de mayor responsabilidad y relevancia dentro de la empresa y un mejorado sueldo, que buena falta me hacía. Él  actuaba como si yo no estuviese allí delante. Las heridas supurantes debían producirle mucho dolor pues, de cuando en cuando, se acercaba los brazos y las manos a la cara y pasaba la lengua por ellas. Por momentos le quedaban limpias de pus pero enseguida volvían a estar sucias y él volvía a lamerlas para limpiarlas. Creo que incluso una vez le quedaron en la lengua varios de aquellos gusanos blancos que habitaban en sus tumores. Mas él seguía con sus cosas y se lamía como si no hubiese nadie allí con él. Su secretaria no pareció alarmarse demasiado: lo miraba, me miraba y me sonreía constantemente. Yo no podía resistirlo más, así que decidí levantarme y marcharme del despacho: por mí que se fuera al carajo. Aquello era un monstruo lleno de pus y humor supurante, amarillento y viscoso, con fuerte e intenso olor a podrido. Todas las heridas supurando, rebosantes  de gusanos.
Entonces sucedió algo que me obligó a permanecer allí, de nuevo sentado, esperando
la llegada de la cartera, viendo, mientras, lo que sucedía.  La secretaria se olvidó de su trabajo, lo dejó de todo, se puso de pie y como aquel que apenas hace  nada se quitó la
falda y la blusa y quedó también desnuda mostrándome sus hermosas piernas y sus redondeados y bien formados pechos. Era una delicia contemplarla así.  Se acercó hasta el  director general y se sentó sobre sus rodillas. Él empezó a acariciarla y a besarla en la boca  y ella denotaba placer y felicidad: estaba contenta de sentirse acariciada y deseada nada menos que por el director general. Me pareció que no estaba nada bien que lo hicieran precisamente delante mío: era una falta de delicadeza y de tacto imperdonable, además sabiendo que yo también la deseaba pero por lo visto poco o nada les importaba mi presencia.
El director general iba sacando alfileres de una caja que tenía encima de la mesa y poco a poco, con sumo cuidado, los iba clavando en los hermosos y apetecibles senos de la secretaria. Ella parecía estar gozando mucho con aquella operación tan delicada que le estaba practicando nuestro amado director general. Dentro del goce, ella iba sacando con las uñas gusanos de sus repugnantes tumores y se los iba comiendo poco a poco, con suma delicadeza. No sé qué extraño placer debía encontrar en todo esto. Mientras, sus pechos se iban llenando de alfileres y más alfileres y cuando ya hubieron bastantes, él posó sus manos sobre ellos, como intentando rodear los senos, y empezó a apretarlos suavemente con un ligero vaivén para que el placer fuese más exquisito. Ella sacaba espuma por la boca. Sus labios parecían hechos de nieve. Cuando él se cansó de hacer esta operación, cogió uno de los pechos con la mano y acercando la boca, introdujo  el pezón en ella y comenzó a absorber y a absorber como un niño pequeño: ella se reía y gozaba sin cesar, daba la impresión que el deleite de ella era superior, en mucho, al de él  y, entre risas, seguía atrapando con las uñas a aquellos gusanos para inmediatamente después comérselos. Era repugnante, pero yo no podía moverme de mi silla sin hacer ruido. Quería irme, levantarme y marcharme, pero algo me obligaba a permanecer  sentado esperando la carpeta y mi ascenso.
Mientras, el director general y su secretaria habían dejado su sitio y se habían trasladado hasta el sofá que está situado en un rincón del despacho, destinado, al parecer, para estas ocasiones que debían ser muy frecuentes, por no decir casi diarias. Ella estaba echada sobre el sofá y  él de rodillas en el suelo, continuaba clavando alfileres entre las piernas de la  mujer, contorneando y perfilando el contorno de  su sexo.  Él se entretenía jugando con los rizados y ensortijados pelos públicos de ella. Parecía que ella gozaba cada vez más y más. Le iban saliendo unos pequeños hilillos de sangre, mas eso no les importaba: también tenía los pechos ensangrentados e hinchados, pero tampoco importaba demasiado. Una vez se cansaron, él repitió el mismo movimiento que había realizado con anterioridad en los senos y ella gozaba lo indecible. Después le fue arrancando los alfileres uno a uno, entreteniéndose en raspar con ellos en la piel del sexo de ella, estirando su bello, con furor, de la abundante mata de la joven, juntando los finos regueros de sangre que manaban. Una vez los hubo arrancado todos, se incorporó y ambos se entregaron a hacer el amor, a copular delante mío, en mi presencia. Sí, se pusieron a hacer el coito como dos fieras en el sofá. Estuvieron mucho rato amándose mientras yo les miraba deseando ser yo quien ocupara el puesto del director general. Sí, en aquellos momentos anhelé  ser yo quien copulara con la secretaria. A ambos, por la boca, les salía una  espuma blanquecina que al besarse desaparecía para volver a reaparecer poco después. Cuando ya no pudieron más o cuando se cansaron, que todo es posible, se incorporaron cesando del coito y ella buscó  su ropa, se vistió y volvió a su trabajo. Me miró sonriente y con cara de satisfecha y me sonrió. Enseguida llegó la tan ansiada carpeta que yo aguardaba.
El director general, ya vestido,  me tendió la carpeta para que yo la cogiera, pero no reaccioné a su oferta y permanecí absorto, como ido, fuera de mí. Él me miró y nuevamente me la ofreció diciéndome: "¿le sucede algo?, hombre, no ponga esa cara que no es para tanto". Yo no tengo claro si se refería a lo que acababa de presenciar o a mi nombramiento. Él esperaba que yo cogiera la carpeta y me marchara a mi nuevo despacho que seguramente me estaría esperando. Pero  yo continuaba mirando a su secretaria. Justo sobre sus pechos, la blusa estaba manchada de sangre. El aspecto del director general con su traje azul marino era majestuoso. Por unos instantes no reaccioné, sin embargo al oír nuevamente su voz, le contesté involuntariamente: "No gracias, no quiero el ascenso. Le ruego acepte mi dimisión. Hoy mismo abandonaré la empresa. No deseo continuar trabajando en esta casa". El director general puso una cara rara, como de suma extrañeza  mientras me preguntaba: "Por qué, por qué nos abandona usted ahora que tiene un buen trabajo?". Yo me levanté y abandoné su despacho. Sobre los senos de la secretaria la blusa seguía manchada de sangre. Allí no había sucedido nada; estoy seguro de que nadie lo habrá visto antes,  a pesar de estar presente en aquel despacho incluso en el momento del coito. Pero yo los vi y sé que contra el director general no se puede hacer nada. Por eso aquel mismo día abandoné mi puesto y mi codiciado ascenso. No deseo volver a trabajar para el director general de la empresa más  importante del país. Algún día alguien comprenderá los motivos de
mi decisión cuando estando sentado en el despacho del jefe, en la misma silla que un día estuve yo, vea lo que a menudo debe allí suceder, y que yo vi, y entonces presentará también su dimisión.






jueves, 28 de agosto de 2014

NO DIGAS "LO SIENTO"

No digas " lo siento"
ni que fue un sueño
si el árbol cimbrea al viento
arraiga fuerte al  suelo
yo no me doblego
la libertad no tiene dueño
el destino es "sí, puedo"
yo soy lo que yo quiero.
Si crece rama a rama
importa lo que alcanza
de su tronco el grosor
no hay logro sin sudor
así la dicha es plena
si de contenido se llena
sólo así la vida vale la pena
si no nada más se sueña.

martes, 15 de julio de 2014

Mi yo y los otros


Mi yo y los otros



Yo soy una persona bastante normal, completamente corriente. Soy uno de esos que en cualquier lugar puede pasar plenamente desapercibido, nadie se va a fijar en él a no ser que haga algo extraordinario para llamar la atención. Tengo un nombre desde que vine a este mundo por última vez y que interesa más bien poco. Lo importante es que yo tengo mi yo y otros yo como otros también tienen, como cualquiera, pero que no han llegado a conocer este hecho como yo lo conozco.
La pura verdad  es que yo tengo mi yo con mis defectos y mis virtudes; todos tenemos nuestros defectos y nuestras virtudes, no es ninguna cosa especial. Yo nací en un pueblo rodeado de montañas, un pueblo como otro cualquiera de todo ese inmenso conjunto de pueblos rodeados de montañas y mis primeros pasos fueron transcurriendo allí sin penas ni glorias. Una infancia como otra cualquiera: bebé, nene, adolescente, adulto. En fin, las distintas etapas que todos recorremos para hacernos hombres. Por aquel entonces mi yo no estaba demasiado definido. A mi otro yo esto no le preocupaba  demasiado, era lo normal y no tenía por qué inquietarse y no
se inquietó hasta quedar más menos definido y  mi otro yo ya estaba contento con el yo que ya era mayor, que ya había alcanzado la mayoría para poder ir solo y que él había visto formarse desde un principio y que, la verdad, era para congratularse. Era tal como siempre todos mis otros yo habían deseado que fuese y tal como lo habían modelado, sin duda una fiel reproducción de ellos. Lo habían visto nacer y crecer, era un producto de su voluntad y esfuerzo colectivo sin descanso para conseguirlo.
Mi yo desde muy temprana edad siempre gustó por formarse a sí mismo y no regateó ningún tipo de  esfuerzo. Quiso ser frío, pensativo, calculador y poco a poco lo iba logrando, En un principio era emotivo pero  un día se dio cuenta de que las emociones alteraban el riego sanguíneo y le hacían actuar precipitadamente y muchas veces después se arrepentía de haber actuado así. Poco a poco consiguió controlar sus emociones y fue siendo cada vez más frío y más pensativo, más secundario. La mente es infinita y todos los pensamientos se pueden almacenar en ella, caben de sobras porque ésta  nunca se llena.  Con el tiempo se convirtió en  un yo flemático: eso es cosa buena.
Sin embargo mi otro yo siempre ha sido muy diferente.  Desde sus primeras  épocas gustó  de la emoción y del riesgo y se dejó siempre llevar por éstas con lo que se indispuso con mi yo más racional. El uno era pesimista y algo triste por naturaleza, demasiado meditativo y el otro es alegre, optimista, chistoso, amante de la buena vida y al que no le agrada tener que pensar. Cree que el pensar desmesuradamente y sin control conduce irremediablemente a la locura y en cierta medida tiene toda la razón. Siempre ha sido un pionero, un yo demasiado avanzado y fuera de la época en que le he tocado vivir, Nunca está a gusto. En eso se parece a mi yo que siempre cree que todas las cosas hechas podían haber estado mejor, que  busca constantemente la superación, la elevación hacia el superhombre, hacia el superego. Esto a mi otro yo le tiene sin cuidado pero nunca se siente a gusto del todo, quizás tenga la culpa la enemistad que siempre ha existido entre mi yo y mi otro yo, es una lucha en la que nunca vence ninguno de los dos. Ellos disfrutan así y son felices a su manera y me hacen ser feliz a mí que en definitiva es lo que importa.
Mas todo no queda en esa simple lucha sino que transciende más allá porque existe una competencia muy interesante entre ambos. Esto hace que mi tercer yo, el más viejo, el más antiguo, el primero, el eterno, el jefe de todos mis yo, con sus ideas pasadas de moda no vea con buenos ojos estas luchas internas entre mis yo. Yo he intentado muchas veces dentro de lo posible convencerlo de que es bueno que combatan entre sí porque esto les ayuda a superarse contantemente pero al Patriarca de mis yo no le gusta y  dice que todos los yo son hermanos y no debe haber dentro de uno mismo estas luchas fratricidas que no conducen nunca a nada. Y puede que tenga razón este yo.  Este yo es el de sucesivas etapas en que yo he ido naciendo y muriendo, es la esencia que jamás muere, que jamás deja de existir, lo más profundo y  permanente,  el que ha durado siempre. Ha sido y es mi yo en las sucesivas etapas en que yo he ido naciendo y muriendo, es la esencia que nunca muere, que nunca deja de existir,  lo más profundo y permanente que habita en mí,  pero es muy carca, cree que todavía estamos en planos de incidencia, de proyección, etapas vividas anteriores en el tiempo. Es algo que no llego a entender demasiado bien: si precisamente es él el que se proyecta, el que necesita volver a vivir por qué no se acostumbra nunca a la nada. Entonces por qué tampoco se habitúa cada vez a la época en la que le toca vivir. No recuerda nunca demasiadas cosas, dice que pensar le fatiga mucho porque ya es muy viejo: ha vivido demasiadas corporizaciones y para él la experiencia cuenta más que nada,  más que todos los conocimientos actuales juntos alcanzados por otras vías. Puede que tenga razón. Esto le acarrea siempre muchos sinsabores y desdichas. Son las eternas controversias a las que nunca se amolda. Es viejo y los jóvenes deberían respetarle, dice él,  porque la ancianidad es un fiel reflejo de toda una historia vivida en todas la incidencias del tiempo sobre el espacio. No entiende las costumbres de los jóvenes de ahora, le cuesta,  siempre le ha costado mucho,  ha sido un problema eterno en él el adaptarse a su medio ambiente.

Me quedan muchos otros yo que ahora no quiero sacar a relucir uno por uno porque para mí todos juntos forman un todo y no he llegado nunca a separarlos en unidades sujeto, son uno coherente, inseparable, formado por un sinfín de proyecciones de mi personalidad. También tengo otros yo que no han existido nunca, son mis posibilidades imposibles, lo que nunca seré, lo que jamás haré. Estos interesan más bien poco porque son pero no están y no llegarán nunca a estar, como he dicho antes. Son las negaciones imposibles, por eso son así. No me enfadado jamás  por que esto sea así: ellos tampoco lo han hecho y si lo han hecho alguna vez no me lo han comunicado jamás, quizás crean que así es mejor cuando deberían estar molestos por esta negación,  pero no lo están, no les han concedido nunca una oportunidad para manifestar su opinión. En fin,  yo,  mi persona es así con sus  pros y sus contras, una ola en una tempestad y nada más. Me conformo con lo que tengo y con lo que soy y doy siempre gracias a todos  mis yo por ello. Gracias.

sábado, 12 de julio de 2014

Gente encantadora

Gente encantadora


Está sobre una cama excesivamente pequeña, demasiado estrecha y arrinconada junto a una de las paredes. Paredes altas, lisas, blancas, con toda seguridad muy gruesas. Él duerme. Lleva mucho rato durmiendo, hace demasiado que duerme. No se podría precisar el tiempo que permanece así. Sin embargo, ahora está despertando. Abre los ojos, sin apenas moverse y dirige la mirada hacia arriba. El techo está muy lejano, inalcanzable con la vista casi. Nada más percibe una lámpara que ilumina muy débilmente. Siente frío, se estremece. Permanece inmóvil, hace en la habitación, y también fuera, demasiado frío y su cuerpo lo nota.
¿Dónde estoy? Yo no había estado nunca aquí, pero me gusta; hace frío, pero no importa, estoy bien así. Deja que me sitúe, déjame ver: yo estoy aquí, eso es seguro y evidente. Qué raro, no hay ninguna puerta. Esto yo no lo conozco. Cómo es que he entrado aquí si no hay ninguna puerta; qué extraño. Y, es más,  yo no me recuerdo de haber venido por mi propia voluntad hasta aquí. Este lugar me resulta del todo extraño y desconocido. Yo estaba en la barra de un bar; sí, eso es, la barra del bar. Sí, y había una mujer muy guapa, estaba allí, en una mesa, sola, y yo también. La miré por unos momentos y ella me sonrió. Cogí decidido  mi cerveza y me acerqué a ella. No perdía nada con intentarlo. Le dije algo y me senté a su lado. No recuerdo cómo era, pero eso sí, de una rara belleza, una belleza de esas que sobresalen de entre todas en cualquier lugar y que te obliga siempre a recabar tu mirada en ella; bebimos y hablamos mucho, también reímos felices. Debí emborracharme; sí, eso tuvo que ser: me emborraché y ahora estoy todavía borracho, por eso no sé dónde coño estoy. Todo esto es producto de mi borrachera. Vaya una curda que debí coger anoche en su compañía. Qué impresión le debí causar; embriagarme con ella, soy un loco, un fresco; mira que coger una trompa así de esa manera tan tonta, qué pensaría de mí: que soy un borrachuzo, un alcohólico, seguro que lo pensó.
Lo único que me molesta es esa luz, es demasiado intensa, brilla demasiado. Me duele la cabeza, todo me da vueltas: es la resaca. Nunca me había emborrachado, pero ella me ayudó a hacerlo. Me emborraché de su belleza y ella consintió en que  lo hiciera, me dejo embriagar, era demasiado hermosa, apetecible para pasar una agradable noche con ella  dejándose llevar por los instintos más básicos. Se parecía a mi madre cuando ésta era joven y yo era pequeño: me sentaba en sus rodillas y me jugaba: me hacía saltar y me explicaba cuentos para que me durmiera. Pero yo no quería dormirme. Me gustaban sus cuentos, me gustaba  que me jugara. Yo me asía a su cuello y la apretaba contra mí. Después venía papá y me estrechaba entre sus brazos y me apretaba contra su cara para que me durmiese, y yo le decía: “papá que me pinchas" y él me pinchaba todavía más con su baba de todo el día. Y yo quería, deseaba que llegara la noche y que papá me pinchara con su barba  y con su bigote. Me gustaba que me pinchara. Y al final sin dame casi cuenta me quedaba dormido en sus brazos. Por eso seguramente  me acerqué a ella, porque me inspiró confianza y ternura; me recordó a mi madre por unos momentos, me hizo retrotraerme a mi niñez. Recordé el día de Reyes: a mí me habían traído muchos juguetes: varias pistolas, una pelota, varios puzles, caramelos y muchas cosas más. Salí a la calle con mis pistolas. A Salvador sólo le habían dejado una rueda con un palo y un caballo pintado en la madera. Sus padres eran muy pobres, por eso los Reyes le habían traído es rueda que se dirigía con un enclenque palo de madera. No era justo. Y él se sentía más feliz que yo con su rueda. Mi pistola me gustaba pero me habían traído muchas cosas más.
Esa lámpara que produce dolor de cabeza, casi no ilumina y hace unos momentos no se podía soportar su brillo. Debe de estar estropeada. Hace aquí dentro  un calor inmenso, insoportable, estoy sudando, me entran ganas de vomitar: es la borrachera y sus consecuencias. Por qué me dejé llevar, por qué me embriagué si antes nunca lo había hecho. A mí no me gusta beber y ella me obligó a  tomar demasiado. Por momentos me está dejando de gustar, es mala, me hizo beber mucho para embriagarme.
El techo se mueve, se está moviendo, está bajando y me ¡aplastará! Por qué la luz será tan intensa. Baja y baja.. está muy cerca.. me va a aplastar y entonces despertaré de esta pesadilla consecuencia de la excesiva  bebida. No va a acabar nunca... se ha ido vertiginosamente  hacia arriba, no ha llegado a aplastarme. Nunca había tenido pesadillas así. ¿Son así las resacas? He de despertarme, he de dejar de soñar. Sí, eso haré, me  despertaré y entonces me daré una ducha muy fría para despejarme; eso, y me beberé  un café muy cargado y sin azúcar; eso me dejará como nuevo y volveré a la realidad. No sé, pero me parece que este colchón es muy duro; no es el mío. No, no lo es, seguro que no lo es. Pero se está cómodo a pesar de todo; sí, se está cómodo, muy cómodo. Es extraño. Esta habitación tan rara: cuadrada, pequeña, con ese techo tan alto que parece que nunca terminan las paredes; y esa torturadora lámpara. Y sin puertas; eso, sin puerta. Es lo más extraño de todo. Lo que no entiendo es cómo he llegado yo aquí si no hay puerta. Menos mal que todo es un sueño, una pesadilla producto de la cogorza, de la bebida que me ha hecho mal porque yo no acostumbro a beber y cuando tomo algo enseguida se me sube a la cabeza y me trastorna como ahora lo ha hecho.
Cerró los ojos y quiso seguir durmiendo. Y  lo consiguió por unos instantes  o tal vez por unas horas, o por varios días seguido; no se podría precisar bien. La tranquilidad había
vuelto a reinar y a ser la única soberana en la pequeña estancia cuadrada de techo muy alto. Tan alto que parecía que no estuviera allí sino en el infinito, más allá del horizonte de aquellas cuatro paredes. Apenas había luz; la penumbra inundaba la estancia pero de pronto comenzaron a encenderse luces muy potentes por todos los lados. Seguía durmiendo, estaba tan cansado que aquellas luces no le habían inmutado lo más mínimo. Un pequeño ruido hizo estremecer a la habitación y una lluvia de agua muy fría cayó sobre él. Se despertó sobresaltado y sin apenas darse cuenta estaba de pie; solo, como perdido en su aturdimiento. Sólo entonces se dio cuenta de la inmensidad de la habitación, sólo entonces de dio cuenta de su soledad, de la soledad que lo llenaba todo y que le llenaba también a él. La lluvia cesó y se percató de que estaba de
en medio de la sala. Miró hacia arriba y nada vio  la inmensidad de la luz le cegaba. Quiso taparse los ojos con las manos y le faltaron las fuerzas necesarias. No cabía la menor duda ya: aquello no era ninguna pesadilla. Alguien le había emborrachado y llevado después allí con algún fin premeditado. No se atrevía a pensar ni a creer nada de cuanto le acontecía.
Bienvenido a ésta su casa -dijo una voz que le pareció que provenía del más allá-  Ahora caigo -pensó él- estoy muerto y  esto es el juicio final. Tome posesión -siguió la voz- de la estancia como si fuese suya, acomódese y no se preocupe por nada de todo aquello  que pueda ver u oír. Y recuerde que siempre le estaremos observando. No sabía yo que después de muerto había que pasar por aquí, de haberlo sabido con anterioridad habría venido mejor preparado. En fin, que sea lo que tenga que ser.
En todo aquel día no volvió a oír ni ver nada. La luz de la lámpara se serenó y no le causó más dolor de cabeza. Tenía ocasión de recordar, en estas circunstancias, muchas cosas de su vida, debía estar preparado: lo que había hecho a lo largo de su vida, lo bueno y lo malo y lo que había dejado de hacer, todo era preciso recordarlo por si un acaso. Hubiese podido repasar toda su existencia como si ésta fuese un libro abierto sus manos, pero al final  no lo hizo. Prefirió echarse sobre la cama y descansar, olvidarse de todo y no pensar en nada, dejar su mente en blanco, como si no la tuviera, si es que esto es posible. Esperaba algún suceso importante, algo que le sacase de aquella monotonía, pero no sucedió  nada.
El despertar del nuevo día le sacó de aquella odiosa tranquilidad, de aquel amodorramiento que a nada conducía. Empezó a oír cosas y vio lo que nunca habría llegado a imaginar. Luces de colores que cambiaban constantemente de tonalidad y de sitio. Se oían ruidos extraños, eran como zumbidos muy intensos que le martilleaban constantemente los oídos. "Buenos días, ¿ha descansado usted bien? Recuerde que siempre le estamos observando". Los zumbidos y los colores continuaban sin cesar. Era un murmullo, un clamor de mucha gente que se acercaba, mejor dicho: que estaba allí con  él? "Piense y recuerde que usted es una persona. Repita conmigo: soy una persona, soy una persona, soy una persona". El susurro se acrecentaba por momentos. "Repita: soy una persona, una asquerosa persona. Repita: soy detestable, soy una persona asquerosa. Recuérdelo bien, no lo olvide, ¡repítalo! ¡repítalo!: no sirvo para nada, soy un inútil. ¡Recuérdelo!. Soy una asquerosa persona inútil que no sirve para nada. Debo desaparecer porque soy un ser repugnante, ¡no lo olvide!: no sirvo para nada. Debo desaparecer porque soy sumamente repugnante, ¡no lo olvide! ¡recuérdelo!: repugnante, una persona repugnante".
Aquella máquina parlante estuvo así mucho tiempo. ¡Recuerde!, ¡no lo olvide!, ¡repítalo!. Él llegó al límite de sus fuerzas y cayó al suelo sin sentido mas la voz, los mensajes, las órdenes, todo continuó como si él no estuviese allí. A la mañana siguiente apareció tendido sobre la cama. Alguien se había molestado en levantarlo y ponerlo allí. Recordó todo lo que había sucedido el día anterior y lloró. ¿Por qué estaba él allí?¿Por qué le sucedía precisamente a él? ¿Qué pretendían hacerle con aquella tortura? Estaba seguro de que todo iba a proseguir de igual forma, que no iban a dejarle descansar ni siquiera un momento. No los conocía de nada, no sabía quiénes podían ser. Sin embargo intuía, comenzaba a percatarse de que no pararían con él, que no le quedaba ya futuro  y que estaba pagando por algo que él desconocía y que no había hecho, que era una víctima equivocada.  No, no estaba muerto ni aquello  era el juicio final, pero sí el último peldaño para llegar hasta éste. No saldría vivo, estaba seguro de ello, era lo único de lo que se podía estar seguro.
No se había dado cuenta aún pero encontró de súbito extraño que de pronto no hubiese luz, a penas una miserable penumbra. Sin saber cómo, de pronto empezó a ver sombras, a intuirlas más bien, que pretendían cogerle. Sombras que se mofaban de él.
Eran siluetas que se movían en la penumbra. Se reían, reían muy fuerte. No eran risas, más bien parecían carcajadas de locos. Loco es lo que intentaban y querían que él acabase siendo. "Recuerde que estamos siempre observándole. Estamos aquí con usted, por qué no intenta atraparnos. Sí, venga, inténtelo. Cójame. Recuerde que debe cogerme. Sí, usted que es un sapo asqueroso y que  yo he de aplastarlo. Usted no me ve. Bien hecho. Ha sabido librarse de mi primer ataque, pero esté prevenido, muévase sin cesar para que no le chafe, aunque puede ocurrir que sea usted quien choque conmigo y entonces sea usted quien se ha metido debajo de mi pie. No. No está en buen sitio, ahí puedo con usted sin que se dé cuenta de nada. Muévase. No, así no. A saltos,  como los sapos, recuerde que es un sapo. Cuidado, estoy detrás de usted. Sapo, voy a aplastarte. Eso, muévete, defiéndete. Eres un asqueroso sapo que debe morir". Era lo primero sensato que oía en mucho tiempo y por un momento pensó en ello: debe morir, lo demás ya no importa,  un sapo repugnante. Un sapo, un sapo, todas las personas somos sapos pestilentes que deben ser aplastados, somos una plaga que ha
de ser extinguida. ¡Recuérdelo!, ¡piénselo bien!, ¡recuerde!: un sapo.
"¡ Salte, más alto!, ¡Salte! Saltito a saltito, como los sapos, ¡más rápido, más rápido!,     ¡voy a caer sobre usted...muévase...muévase como lo que es, como un sapo". Nuevamente perdió el sentido y cayó al suelo, sin embargo  esta vez nadie se ocupó de recogerle y ponerle sobre la cama. Quedó en el suelo, solo y abandonado, inconsciente. Cuando despertó todo lo demás había desaparecido. Hasta la cama había sido retirada. Eran únicamente él y la sala. Aquella sala rectangular de paredes y techo muy altos.
Este lavado de cerebro prosiguió por muchos días, quizás duró incluso meses o años. Siempre era lo mismo: aquella voz odiosa que se reía y que le hacía recordar cosas. Era una persona, un hombre asqueroso como lo es un sapo que debía desaparecer. Toda  la humanidad debí ser exterminada. Otras veces no era nada; no era nadie, no existía y sí existía; le confundían continuamente. Le habían hecho creer demasiadas cosas que jamás había llegado él a imaginar. Las luces, las sombras, los dos trenes veloces que siempre chocaban en su cabeza. Era horrible el sólo pensarlo. Pero aquello no era ningún sueño. Era una realidad palpable. Algo que no iba a acabar nunca.
Sintió una mano que le tocaba. Despertó y se encontró tendido sobre un banco en un jardín público. La mano era de un niño  que había osado interrumpir su sueño para preguntarle qué hora era: no lo sabía, su reloj se paró hace demasiado tiempo. Era una mañana diferente, nueva para él: la habitación se había esfumado, la luz tenue había sido absorbida por los rayos solares, no habían más tormentos, al menos por ahora. De nuevo, según presagiaba, era libre y estaba solo. Reconoció el lugar, había estado muchas veces en el mismo, por tanto cómo no iba a reconocerlos. Eran los jardines del Capitolio de Washington. No acertaba a saber si era feliz o no. Qué importaba ahora: la sangre volvía a correr por sus Venas y todo volvía a ser normal. Se incorporó, se puso en pie y se dirigió hacia el edificio central: el Capitolio, llegó hasta el monumento dedicado a Lincoln y buscó una lápida que hay en la pared. La leyó muy detenidamente  asintiendo a todo cuanto allí ponía. Repasó la Constitución del  país más grande y poderoso del mundo. Leyó los derechos de todos los ciudadanos norteamericanos, hizo un leve movimiento con los hombros, como aquél que no entiende nada y se marchó. En el camino, en un banco le aguardaba aquella mujer que le recordaba a su madre. Ella se incorporó. No se dijeron nada. Se asieron  de la mano y marcharon juntos. Se perdieron entre la multitud de la gran urbe. Él no recordaba nada de cuanto le había  acontecido. Era un hombre nuevo: acababa de nacer y ella estaba a su lado.




Los billetes de 1000

Los billetes de 1000


Eran las cinco de la tarde cuando nos encontrábamos reunidos en la sala de conferencias que el hotel Hilton nos había prestado para la ocasión. Yo también había recibido unos días antes una Carta de Mr. Freedman en la que se me convocaba “allí y
a esa hora para tratar una  cuestión de vital importancia que a todos nos atañía". En
la sala no éramos más de veinte personas seleccionadas especialmente para ello. Entre todos debíamos debatir y  encontrar una solución viable para salvar a nuestros conciudadanos de la grave ola maléfica que les acechaba sin saberlo ellos.
Yo expuse mi teoría: distribuyamos por toda la ciudad un sistema de trampas mortíferas que sin duda purificarán el ambiente enrarecido que en estos momentos reina. Todo resulta muy sencillo. Se colocan en diversos puntos de la ciudad billetes de mil. Estos estarán controlados por unas células fotoeléctricas sensibles  de seguridad que al ser interrumpidas accionarán el disparador de una ametralladora camuflada que apuntará hacia el billete y que disparará ráfagas. Todo aquel individuo que pretenda apoderarse del billete ajeno, morirá irremisiblemente, víctima de los disparos. También se colocarán en el suelo minas personales de contacto y sobre ellas los susodichos billetes de mil: al intentar alguien apoderarse de ellos, la codicia es irrefrenable, éstas harán explosión, produciendo el mismo efecto que en el caso anterior: la eliminación del sujeto.
Esta solución fue aceptada unánimemente y sin apenas objeciones por todos los asistentes. Y así  se decidió llevar a la práctica mi teoría. Se distribuyeron toda una red de billetes de mil preparados por las calles de la ciudad. Colaboraron en la colocación de la misma personajes muy importantes e influyentes como Arthur Föhl, Simón Pérez de Hita y Raimundo Bronner. Al día siguiente la prensa empezó a hablar de personas que habían resultado muertas al encontrarse en el suelo  billetes de mil e intentar apoderarse de ellos.  Advertía a los ciudadanos de la peligrosidad  de estas trampas criminales colocadas por algún maniático social o por algún  demente que disfrutaba viendo morir a personas inocentes. La policía había iniciado sus pesquisas e indagaciones para tratar de encontrar a los responsables de tamaño acto fuera de todo sentido. Al mismo tiempo que comenzaba una dilatada operación para desactivar estos criminales artilugios. Rogaba que quien se encontrara con un billete en el suelo que por nada del mundo tratara de hacerse con el mismo y que lo comunicara de inmediato a las autoridades. Pero nada importaba, la acción estaba desencadenada y con todo seguridad todo aquel que encontrara un billete de 1000 en el suelo ante la duda de si era un arma letal o simplemente estaba caído dudaría y, poniendo más cuidado, eso sí, trataría de hacerse con el mismo cayendo abatido de una ráfaga de disparos o bien saldría volando por las aires.  Paul Balembert me había dado a conocer su intención de continuar con esta operación de limpieza hasta alcanzar nuestro objetivo. Si la policía nos elimina los billetes antes de que cumplan su cometido -me había dicho- nosotros pondremos más, disponemos de remanente sobrado para ello. Debemos hacer que les resulte a imposible eliminarlos todos.
Esta idea era fabulosa. Así la habían calificado mis compañeros de misión. Debo aclarar que se  me había ocurrido un día leyendo un libro que había encontrado en un rincón de una biblioteca pública. Me pareció que la propuesta  era muy buena y decidí estudiarla, perfeccionarla y adaptarla para tan sensato propósito. En un principio me pareció algo descabellada, pero poco a poco fue tomando forma y la creí  factible. No era descabellada y su puesta en práctica relativamente sencilla. Ahora demostraba que era capaz de dar los codiciados frutos. En principio estaba resultando muy eficaz: en tres días iban muertas treinta y ocho personas que habían intentado apoderarse de esos billetes que no eran suyos pese a las advertencias de las autoridades. La verdad: no estaba nada mal mi sistema.
Simon Pérez de Hita me llamó aquella noche par teléfono para darme cuenta de su sensacional idea de establecer una red semejante en su país. Así Caracas quedaría limpia de toda la inmundicia humana. Además,  Caracas es una ciudad que se presta para ello: las condiciones de sus habitantes son inmejorables para que caigan como ratones en sus trampas. Sólo hay que colocar los billetes y esperar que alguna mano se acerque a ellos para cogerlos activando así, con esta acción tan sencilla, la máquina que actúa y el fin es inminente: se elimina a otro ciudadano osado. También, entre otras cosas, me recomendó que leyera la Rebelión de las Masas, de Ortega y Gasset. Me dijo que esta obra tenía mucha relación con lo que estábamos haciendo y que a su vez explicaba los motivos esenciales de nuestra política y de nuestra ideología: los hombres que quedarán serán los más cobardes, aquellos  que no se habrán atrevido a coger el billete por miedo a la posibilidad  muerte, aquellos que jamás se arriesgarían por nada y, de es te modo, quedará  una raza especial y nueva de hombres que habrán resistido la tentación del dinero porque éste poco les importa. Estos después podrán fácilmente eliminar a los más miserables que aún serían capaces de moverse por dinero ni intuyeran que no hay riesgo. Implantando mi sistema en todas las ciudades y pueblos del mundo, éste quedará para siempre purificado, limpio de la contaminación humana. Yo me sentía muy feliz con todo cuanto acontecía. Serían bastantes las personas que dudarían con hacerse o no con el billete, pero la situación que les planteábamos resultaba excesivamente tentadora, incluso existía la posibilidad de que aquel billete fuera realmente perdido y no tuviera cerca de sí ninguna trampa. Al final, ante la tentación,  sucumbirían  arriesgándose y cogiendo el billete... Los que quedarían al final serían mentes selectas, preparadas, especiales, para proseguir con la historia, con nuestra historia, con la historia del mundo que no debe acabar nunca.
Aquella noche me sentí por primera vez inmensamente dichoso. No tenía sueño y pude leer el Discurso sobre los orígenes y fundamentos de la desigualdad entre los hombres, de J.J. Rousseau. Qué duda cabe de que este autor tiene razón al señalar que todos somos desiguales desde nuestro nacimiento, en nuestra sociedad. Pero ya no tendremos por qué seguir preocupándonos. A partir de ahora todos seremos iguales. Y esa igualdad es, qué duda cabe, una garantía de seguridad. Mi arma nos igualará a todos los que sobrevivamos a esta experiencia. Mi contribución a la mejora de la humanidad será considerada por las generaciones venideras como la más beneficiosa para la humanidad creada por el hombre. Qué dude cabe de ello. No hay mayor felicidad para mí que pasar a formar parte de la historia como un personaje inmortal, querido  y alabado por todos. Yo moriré algún día, pero el recuerdo de mi obra perdurará para siempre.
A la mañana siguiente nos volvimos a reunir en la sala de conferencias del hotel Hilton para revisar y ver la marcha de nuestro plan hasta el momento. Funcionaba de maravilla: era simplemente perfecto. Contábamos con el apoyo incondicional de gran número de intelectuales que estaban con nosotros. Nuevamente me sentí el hombre más feliz de la tierra. Ni la policía, ni los Servicios de inteligencia, ni nadie ni nada podría hacer nada en contra de nuestro plan,  abortarlo era imposible. Su concepción era inmejorable: como pocas, y sólo estas pocas perduran. John Preston tomó la palabra y nos soltó un gran y cabal discurso explicando las bellezas esenciales de nuestro trabajo. Era natural que fuese él quien hablase de ello: le correspondía por ser
él el presidente de la organización para la salvación del mundo. Habíamos empezado con la idea de salvar a nuestra gran ciudad e íbamos a acabar con la remisión de los pecados de todo el orbe. Después comimos todos juntos en el mismo hotel Hilton y a continuación fuimos a un cine de estreno, lo mundano y banal en ocasiones también resulta necesario para descargar la mente. El día terminó con una gran fiesta en casa de los Montpierre, artífices y financieros de nuestra apocalíptica  misión. Gracias a ellos todo ha sido posible. Algún día les será recompensado.
Ahora nuestro sistema continúa obrando maravillas. Se ha implantado en la mayoría de las poblaciones del mundo y su genialidad es tal que dentro de poco habremos conseguido el fin pretendido. No  será necesario ninguna tipo de control de natalidad, ni ninguna bomba atómica, seremos tan pocos los seleccionados por la naturaleza que no hará falta ninguna medida restrictiva. Seremos hombres libres que tendremos a nuestro servicio toda la tecnología existente. No podemos desear más. Será la nueva era de los superhombres. Y yo seré el único que ha hecho posible esta realidad tan cercana. La máquina continúa trabajando sin  cesar y va limpiando todas las asperezas, toda la suciedad, todas las inmundicias del mundo: increible, mas es cierto: la redención está ya muy cerca.




domingo, 22 de junio de 2014

EL SOL ILUMINA SIEMPRE

El sol ilumina siempre todas partes
aunque tú sólo veas ahora sombras
que cuando sin temor las abandonas
te sorprende lo que  tienes delante.
Sol, nubes, tormentas son normales,
no siempre elegimos con acierto
difícil es discernir entre varios males
y más dejar que se los lleve el viento.
El futuro siempre resulta que es incierto
pero es lo que nos aguarda al momento
y tú, en el pavor, a  las sombras te aferras
y olvidas que si  es tuyo,  ¿a qué esperas?