ANDRÉS MARCO

domingo, 27 de abril de 2014

MÁS ALLÁ

MÁS ALLÁ



Recuerdo que desde siempre, desde que era muy  pequeño, he sentido un especial interés por el problema del tiempo. Era algo que no podía evitar: me atraía irresistiblemente. Por qué nos hacemos viejos, por qué unos nacen y otros mueren. Por qué, por qué.
Era una pregunta que no conseguía eliminar de mi mente por más que lo intentara. La respuesta sencilla de "es ley de vida" que siempre me aducían cuando preguntaba a los que se supone sabían algo sobre el tema, no me bastaba.  Por qué, por qué. No sería mejor y mucho más bonito que no muriese nadie, que siempre, a partir de un cierto momento de desarrollo, permaneciéramos igual, o que al menos al llegar a una cierta edad se detuviese nuestro continuado envejecimiento.  Mas entonces no podría nacer nadie  y tampoco habría nacido tampoco yo. Si unos nacen es porque otros mueren. Yo al nacer, de algún modo, obligué, sin querer, sin proponérmelo, sin que pudiera hacer nada en contra, a otro ser humano  a morir porque yo debía ocupar su lugar en el mundo. Era algo que yo no llegaba a comprender demasiado bien. Pero seguía intrigándome: por qué nos tenemos que hacer viejos. Por qué para que yo viva otro ha de morir antes y yo tendré que marcharme, morirme, para que otro venga a ocupar mi sitio.
Cuando cumplí los quince años este problema seguía dándome vueltas en la cabeza, como pájaro que revolotea sin ser capaz de encontrar su nido: por qué, por qué. Un día vino a mí lo que se dice una idea feliz: "está bien que todos mueran- me dije. Sin embargo yo he de encontrar la forma de no morir. He de intentar ser "inmortal". Y a partir de entonces comencé a estudiar los libros que trataban sobre el tema de la esencia y la existencia. En un principio me preocupé por los filósofos de la antigua Grecia: Sócrates, Platón, Aristóteles, Heráclito, Parménides, Demócrito, etc. Todos ellos me fueron de gran ayuda. Después proseguí con los filósofos posteriores que podían serme útiles o al menos irradiarme un poco de luz entre tantas tinieblas (Liebnizt, Spinosa, Hegel, etc.) hasta llegar a los existencialistas. Lo cierto es, y he de confesarlo públicamente, que si bien me sirvieron de algo, no llegaron a resolverme gran cosa. La oscuridad seguía patente y nada presagiaba que pudiera vislumbrar al menos un leve atisbo de luz. Y fue entonces - cuando más o menos había cumplido los veinte años- cuando decidí buscar en  libros más antiguos y más profundos, y sobre todo más heterodoxos, especialmente orientales que tratasen sobre la milenaria filosofía hindú, sobre prácticas y religiones antiguas que en su día proliferaron en esas latitudes y que aún hoy perduran aunque sólo sea como privilegio de unos pocos que han renunciado al camino de la falsedad de lo que vemos y que persiguen adentrarse en el mundo de la luz. Bueno, así mismo también buceé, con gran ímpetu, en todos aquellos  libros prohibidos relegados en las viejas estanterías de las viejas bibliotecas, de donde no salen nunca.
Así fue como al final cayó en mis manos el famoso y fabuloso "Necronomicon" del loco Abdul Alhazred, publicado en Simancas en 1665 en su versión latina. Fue el libro que, tal como yo esperaba de él, me abrió definitivamente las puertas del misterio que yo perseguía desde hacía tanto tiempo.
Mi cometido era difícil mas yo estaba dispuesto a llevarlo a cabo fuera como fuera. Se trataba de conseguir parar el tiempo en mi vida mediante una fuerte concentración mental. Debía conseguir parar mi reloj vital mediante mi fuerza psíquica y así lograría detener mi tiempo. Detener mi tiempo, deteniendo el medidor del mismo. Si no hay medida no pasa, no avanza, no cuenta. Debía abstraerme totalmente del mundo que me rodeaba y ensimismarme más y más en la voluntad de detener mi tiempo. Yo sabía que me iba a costar mucho, tal vez demasiado, incluso existía la posibilidad de no lograrlo y fenecer en el intento, quedar fuera del espacio tiempo para siempre, pero necesitaba conseguirlo.
Poco a poco, después de mucho tiempo desperdiciado en intentos fallidos, logré parar un rato mi reloj mediante el esfuerzo de control de mi voluntad. Esto ya era algo, significaba  que estaba, con toda seguridad, en el camino correcto. Podía hacerlo y debía proseguir por ahí: yo conocía ya bien la teoría de la relatividad. Sabía que no había tres dimensiones, sino que el universo, el todo absoluto, está lleno de infinitas dimensiones relativas todas ellas, preñado de infinitas posibilidades. Todos nos movemos de forma cotidiana en nuestras vidas en cuatro dimensiones, de las que controlamos bien tres. Yo estaba obligado a dominar como mínimo cuatro de las cinco posibles que tenemos a nuestro abasto: largo, ancho; alto, tiempo e inconsciente. Después de varios años de prácticas la cuarta dimensión no me era difícil de controlar. Conseguí detener mi tiempo, mas esto no es suficiente. Era necesario detenerlo totalmente y a la vez poder dominar mi inconsciente para no quedarme parado. El problema ahora no consistía en parar mi tiempo, sino en superarlo, pasar por encima de él y esto sólo me era posible dominando la quinta dimensión. Estaba claro, las cinco dimensiones no son más un todo que nosotros fraccionamos para poder comprenderlas pero que en realidad, si pretendemos llegar más lejos, es preciso abarcarlas en su conjunto, tratarlas como si nada más se tratase de una con cinco componentes que no es posible aislar. Debía recordar libremente y dominar todos los recuerdos acumulados a lo largo de todas mis vivencias anteriores y presentes, de todo lo vivido y de todo lo soñado, de todo cuanto se había almacenado en mi mente y que yo desconocía, porque todo eso constituía  la clave que daría solución a mi problema.
Había transcurrido ya mucho tiempo, por aquel entonces yo había cumplido treinta y ocho años, y ya empezaba a dudar de los posibles resultados satisfactorios. Pero debía continuar a pesar de las dudas Después de todo el esfuerzo dedicado y gastado para llegar hasta ahí desistir hubiese supuesto echar todo por la borda y aceptar el fracaso como algo inherente a la pretensión de la vida eterna. No, no podía, ni debía, renunciar ahora.  Había que  intentarlo. Si lo conseguía sería inmortal. Nada menos que inmortal para siempre.
Fue a esta edad cuando me di cuenta de que no era posible mi empresa: yo quería detener, eliminar totalmente una coordenada, una dimensión del Todo Absoluto, y esto era imposible, no podía hacerse. Si bien siempre corrieron rumores de que otras personas habían arribado con éxito a mi pretendida meta cabía la duda de que fuese realmente cierto. Yo, supongo que como ellos, no perseguía eliminarla completamente, sino tan sólo borrarla de mi existencia. Yo buscaba convertirme en esencia, desprenderme de mi cuerpo y seguir habitando en el mundo real y esto daba la impresión, llegados a mi punto de travesía, que no era posible. Alcanzase el grado de concentración mental que alcanzase no lograría jamás la abstracción total y no podría, por tanto,  eliminar nunca dicha coordenada.
Tres años más tarde, una vez desengañado y cuando ya iba a abandonar me percaté de que si no era posible eliminar el tiempo, sí al menos podía hacer una traslación de mi vida a través de esta dimensión. Volver a nacer y a partir de mi nuevo nacimiento, con mi nueva vivencia, buscar la solución por otros caminos. Conociendo los errores cometidos a lo largo de mi intenso y escabroso estudio, debidamente comentados y anotados, y  dejados cerca para poder consultarlos y seguirlos, volver a empezar sin cometer los mismos fallos y seguir y seguir hasta dar con la solución final. Entonces alcanzaría la deseada inmortalidad. Reconozco que no me resultó difícil hacer esa traslación a través del tiempo. Sería una insensatez por mi parte explicar cómo lo hice. Lo único cierto es que lo logré, que regresé, a través del pasado, a nacer.
Desde pequeño siempre tuve especial interés por el problema del tiempo. Por qué unos nacen y otros mueren. Por qué, por qué. Me propuse un día intentar ser inmortal y empecé a estudiar los libros que podían orientarme sobre el problema....
El resto ya es conocido. Al llegar a los cuarenta y un años conseguí proyectar mi persona a través del tiempo para volver a nacer repetir mi experimento sin cometer los errores anteriores. Y por desgracia repetí inevitablemente el mismo ciclo. La verdad es que no sé cuánto tiempo llevo así porque siempre estoy jugando con él: al intentar y conseguir con éxito, desde la primera vez, mi traslación en esta coordenada volvía a nacer de nuevo, pero habiendo olvidado todo lo trabajado en mis vidas anteriores, incluso sin poder disponer de las anotaciones tomadas, de modo que lo único  que iba a hacer  al llegar al mismo punto era empezar nuevamente y repetir una vida, un ciclo, un cúmulo de errores, que no iba a cambiar absolutamente en nada de la anterior. Volvía a nacer cada vez, y vivía  desde muy pequeño con la misma obsesión y lo cierto es que vivo cometiendo  los mismos errores hasta llegar al mismo final de siempre: mi traslación con nuevo nacimiento  para recomenzar mi estudio sobre la inmortalidad. Y así mi vida y mi experimento se repite y repite cada cuarenta y un años.
Ahora sólo pienso en detener, sea como sea, estas fases cíclicas, y poder salir de la rueda para  morir como cualquier otro ser humano. Pero, según entiendo,  ya es demasiado tarde. Yo puse en movimiento el sistema y éste no se detendrá nunca. Sé que no llegaré a ser inmortal, al menos como yo lo pretendía porque hasta el momento  nazco cada vez para volver a nacer y nacer sin poder morir. Lo he logrado en cierto modo, pero esta inmortalidad no es la que yo pretendía.







miércoles, 9 de abril de 2014

EL ASCENSOR



Yo   resido en  Barcelona desde hace bastantes años en la calle... Bueno, será mejor no decir dónde, ocultar cualquier referencia que pueda conducir a su localización exacta, porque sino mucha gente se va a dedicar a venir hasta aquí para comprobar la veracidad de este relato, y no quiero que me molesten con  sus tontas preguntas, y no digamos nada si están llenas de malicia, que es lo que más gusta a la gente morbosa, y menos que hagan perder su tiempo a la portera. Como iba diciendo, yo vivo en una calle  cualquiera de Barcelona, sin identificar, en el sexto piso, primera puerta, de un edificio de diez plantas y con dos ascensores de color azul metálico. Lo que más me gusta del edificio es el hecho de que haya un estanco justo al lado de la puerta de la calle, una panadería y un supermercado muy cerca, y sobre todo los dos ascensores. Yo disfruto lo inimaginable con el ascensor. Es para mí algo maravilloso que nunca he llegado a entender demasiado bien. Llegas, abres la puerta, entras, la cierras, aprietas el botón que indica el  seis y ...¡zas!, el ascensor te lleva hasta la puerta del sexto piso. Y así te evitas el tener que subir por las escaleras, que resulta a la larga muchísimo más pesado y, sobre todo, cansino.  Eso del ascensor es algo extraordinario. Ahora he cogido por norma -para admirar más y mejor esta cosa tan perfecta- cogerlo y subir hasta el décimo piso y después -como estos ascensores sólo sirven para subir y no se puede bajar en ellos- cojo y bajo por la escalera hasta mi piso. No es que a mí me guste bajar por la escalera, pero me aguanto, porque subir hasta el décimo piso en el ascensor as algo singular.
Un día que fui a coger el ascensor que utilizo siempre, porque yo siempre cojo el mismo  -el que está más al fondo del pasillo- y al apretar el botón número diez, me encontré con la sorpresa de que el ascensor no se movía. La verdad es que no me hizo ni pizca de gracia que no subiera. Al momento llegó la portera -la señora Rosa- y me explicó con sumo detalle  la causa de éste suceso tan raro: el ascensor estaba averiado  y por eso no marchaba. Y también me sugirió, es más, me propuso  que podía subir a mi piso en el otro ascensor que sí que funcionaba porque no estaba estropeado. Subí en el otro ascensor, pero no me gustó nada: no era lo mismo, éste no era el mío. Mas no me preocupé demasiado porque pensé que no tardarían mucho en repararlo.
Pasaron varios días en los que yo no tenía otro remedio más que utilizar el otro ascensor, pero nada más hasta mi piso, no hasta el décimo como solía hacer con anterioridad con el mío habitual. Entonces fue cuando la señora Rosa me dijo que no arreglarían por el momento  el averiado porque con uno funcionando ya era suficiente para todo el edificio, y como el otro iba bien. Así que fue transcurriendo el tiempo y yo un día me  decidí a investigar sobre quién había podido ser  el causante de la avería del ascensor que siempre yo había utilizado hasta entonces,  el culpable involuntario del trastorno que mi vida había sufrido como consecuencia lógica de tal suceso. La gente del edificio, y en especial doña Rosa, la portera, coincidían en hacer responsable a doña Leonor, vieja viuda que vive en el ático, que está un poco ida, vamos que tiene sus manías, y que siempre utiliza el ascensor para bajar hasta la portería porque ella dice que se cansa bajando por las escaleras. Y posiblemente tengan todos razón, ya que el ascensor sólo sirve para subir y no para bajar porque  se trata de un modelo bastante viejo. Así que todo inducía a sospechar que la responsable era doña Leonor. Pero yo personalmente llegué a la convicción de que los causantes de que el ascensor no funcionase eran los hijos de los Sánchez  -que viven encima mío- y que tienen la fea costumbre de jugar con los ascensores y oprimir varios botones a  vez y como el ascensor no puede ir a varios pisos a la vez  decidió no ir a ninguno hasta que alguien aclarase sus ideas y sus obligaciones, y se estropeó.
Como el tiempo pasaba y el ascensor seguía sin ser reparado y además yo soy soltero, cogí un día y sin decir nada a nadie instalé dentro del averiado las cosas para mí más necesarias e imprescindibles: una silla, un pequeña mesa, una cocina de gas butano, un bidón de agua, un colchón  y poco más. Y a partir de ese momento me establecí allí. Para qué hacer vida en el piso si a mí lo que me gustaba es el ascensor, que ahora lo he acondicionado para que me resulte más cómodo y además está en la planta baja y no hay que subir escaleras ni utilizar el otro para llegar hasta él, como sucede con mi piso. Yo esperaba que mis vecinos fueran a protestar, pero no dijeron nada nunca, así que el ascensor se convirtió en mi guarida, en mi nido. Y sólo subía al otro ascensor para acceder r a mi piso cuando se me hacía necesaria e imprescindible  alguna cosa que no podía tener a mano.
Un día la señora Rosa me sugirió que como ella era viuda y que como su hijo estaba casado y residía en Alemania, que para no estar tan incómodo en el ascensor que fuera a dormir a su casa, a la portería, con ella, y que me trataría como a un hijo. Sí, pero como yo conozco bien a estas mujeres, que todavía no son del todo viejas, que siguen mirando, y en ocasiones devorando, a cuanto joven se les pone a tiro, le dije que se buscara a otro para saciar sus apetitos, que yo no necesitaba de ella.
A pesar de mi contundente negativa no pasaba momento en el que la portera no siguiese insistiéndome con su propuesta para que me fuese a su casa a dormir con ella. No protestó nadie por mi manifiesta apropiación indebida del ascensor. Todos decían: "si él  es feliz así, pues que siga  ahí dentro". Pasaron varios meses hasta que los niños de los Sánchez estropearon el otro ascensor. Hecho que demostró que mi tesis era la correcta y que la pobre  doña Leonor quedaba descartada como causante de la avería del mío. Por la noche la señora Rosa me dijo que quitase todas mis cosas del ascensor  porque iban a venir a la mañana  siguiente unos mecánicos para arreglar ambos ascensores. Y, muy a mi pesar,  así lo hice.

Haciendo caso de sus consejos evité que estos sacaran por la fuerza todo cuanto había yo depositado dentro. Me llevó bastante tiempo subir todo por la escalera hasta mi piso, pues con el tiempo eran muchas las cosas que allí había yo ido acumulando. Una vez arreglados ambos ascensores volví a coger cada día mi ascensor para subir hasta el décimo piso y después bajar con él hasta el sexto. Si doña Leonor lo hacía, por qué no iba a hacerlo yo también. La señora Rosa siguió con su empeño de que me fuese con ella, y al final se salió con la suya. Ahora duermo con ella en la portería, y me trata muy bien, además no he de subir nunca a mi piso. Yo le hago de marido y ella todas las noches me deja subir y bajar con mi ascensor cuantas veces quiero. Y nadie protesta ni dice nada, como vivo con la portera. Incluso ahora estoy mejor y gano más dinero, pues he alquilado mi piso a un inquilino que me paga un buen dinero. No necesitándolo, para qué tenerlo deshabitado. Así, de esta esta forma tan sencilla, ahora soy feliz, únicamente encuentro a faltar los días en que yo vivía en mi ascensor y me negaba a las peticiones de Rosa. Claro que,  una vez arreglado el ascensor, la mejor solución era ésta y así tengo mi ascensor y lo utilizo cuantas veces quiero sin que la portera me regañe por ello, como hace con los niños de los Sánchez. Debo confesar que son muchas las veces que me dedico a apretar todos los botones a la vez para ver si así logro estropearlo. De conseguirlo viviríamos Rosa y yo dentro del mismo. Sé que a elIa no le importaría si de ese modo me tiene a su lado. Pero no se estropea por ahora. Yo no cejo en mi propósito y confío que alguna vez me saldré con la mía y entonces volveré a ser completamente feliz.

martes, 8 de abril de 2014

EL PASO DEL ECUADOR

EL PASO DEL ECUADOR



Queridos todos:
Hoy me toca a mí escribiros. Debería hacerlo otro, pero no quiere, así que lo hago yo. No es que me disguste el hacerlo, por eso lo hago. Si no, no os escribiría. Mas como os iba diciendo antes, escribo yo porque el que debía hacerlo no quiere escribiros, así que escribo yo. Bueno, pues os escribo yo, como os iba diciendo. Y es que las circunstancias en que lo hago son muy importantes para mí, para mis amigos y para todos. Sí. No cabe duda de que es muy importante para todo el mundo. Os lo garantizo: la situación que se nos abre como un mundo lleno de posibilidades todas ellas optables y deliciosas, lo exige, y por lo tanto yo os lo digo. Es mi deber, porque como os iba diciendo, aun a costa de repetirme -si es que queréis estimarlo así, el caso me lo pide y me impone proceder de este modo, no tengo otra salida- pero es que el motivo es de una importancia máxima.
Esta es mi última noche aquí, mañana con el alba todo ese mundo que se nos ofrece abierto con  su enorme y magnánima fuerza, será explorado y manejado a nuestro libre albedrío. Ahora que os explico todos mis motivos que me inducen y me obligan a escribiros, comprenderéis y podréis apreciar en toda su amplitud y majestuosa belleza unánime que las circunstancias no son para menos. Sí, mañana con el amanecer comenzará nuestro paso del Ecuador. No os voy a decir qué significa esto porque sería insultaros en vuestra propia cara; todos lo sabéis de sobras. Una inmensa alegría colma mi alma tranquila. Toda posible turbación desaparece de mi espíritu en estos momentos. Me comprendéis perfectamente, no lo pongo en duda, sería una ofensa imperdonable y ello os induciría a imponerme el castigo que creáis oportuno. Me someteré plácidamente a él. Es más, lo gozaré y me deleitaré en su cumplimiento. Las circunstancias me inducen a ello, pueden más que yo. Mi alma reposa ahora y, en esta tranquilidad casi perfecta, dejo que todo fluya   con total libertad y se sumerja, se zambulla aparatosamente, en el tenebroso mar que todo lo cubre. Es lo mejor.
Os iba diciendo que mañana iniciaremos nuestro paso del Ecuador. Es el momento de la vida que todos esperamos y deseamos para deshojar esas posibilidades inmensas que el majestuoso padre mundo nos ofrece y otorga como juez severo que nos impone su cumplimiento. Y nosotros acatamos obedientes y sumisos su sentencia: ¡pasaremos el Ecuador!.Muy a pesar mío, bajo mi nivel para hablaros ahora de las superficialidades inmundas de nuestro cometido. Hubiésemos deseado pasar verdadera y físicamente el Ecuador, sin embargo, nuestras posibilidades económicas nos lo impiden. Mas congratulaos, queridos todos, conmigo porque algo fantasmagórico e increíble nos otorga sus favores para que podamos cruzar materialmente el Ecuador. Es una pura y simple aplicación matemática: el mundo se ofrece a desplazar por unos días nada más, ¡fijaos bien!: sólo por unos días su estructura superficial y, mediante una traslación, desplaza su centro y por tanto su línea ecuatorial de tal forma que se sitúe muy cerca de donde nosotros estamos ahora. Por tanto nos será y nos es muy fácil atravesar el punto crítico, el paralelo del Ecuador. No necesitaríamos movernos de donde estamos para realizar nuestra osadía. El simple estaticismo nos permitiría cumplir con nuestro propósito dado que no vamos a ser nosotros quienes crucemos el paralelo, sino que va
a ser él mismo, ¡sí, el gran Ecuador!, ¡el fabuloso y excitante Ecuador! quien nos cruce a nosotros. Se va a colocar en tal situación que para llegar a ésta pasará por encima de nuestras cabezas y de nuestras mentes, para que así la realidad sea cierta y verdadera. Dejará de ser una cosa ficticia para que bajo la luz de sodio  -luz que bajo sus rayos todo es posible- pase a ser cierta y real, y por tanto pueda ser escrita en los anales de la historia como tal. Ése es el cometido que yo os pido que cumpláis exactamente tal como yo os lo escribo y explico. Algún día la historia y el propio Ecuador os recompensará, mis queridos todos, el haber traspasado a la inmortalidad tan insólito suceso.
El otro, el responsable que debía escribiros, esto no hubiese podido explicároslo de forma tan explícita con tanto rigor y detalle  como yo os lo he hecho. Por este motivo es que he querido escribiros yo. Y lo estoy haciendo de muy buen grado, como siempre lo hago, ya que, como bien sabéis,  es una cosa muy natural en mí. No pretendo ensalzarme por ello, nada más lejos de mis propósitos, sólo deseo que aceptéis mi humilde congratulación y lo celebréis, por tanto, conmigo, ya que es en estos momentos cuando yo y mis amigos necesitamos más que participéis, y, verdaderamente, lo deseamos, de este placer inmenso que inunda nuestras almas y nuestros espíritus. Las circunstancias no son para menos, ya que son estas circunstancias - y el suceso en sí mismo-  las que actúan por si solas y nos colman de gracias y dones a todos nosotros en estos momentos.
Desearía explicaos  muchas cosas más, hablaros de ese milagro que la naturaleza misma se encarga de cumplir y de hacer efectivo como es esa mutación temporal del Ecuador para que nosotros podamos estar por breves instantes -  muy cortos en las coordenadas del tiempo, pero inmensos para nuestra nítida y cristalina alma-  podamos cumplir con nuestra obligación. Sí, el Ecuador cambia de domicilio para que nosotros podamos compartir con él su albergue. Es algo ocasionalmente maravilloso, y ante tan majestuosa manifestación de grandeza y de pureza yo no puedo materialmente expresar todo aquello que colma y llena mi espíritu. Por eso no os lo transcribo ahora. En otra oportunidad, más adelante,  en que mi persona esté más sosegada  lo haré, y entonces sabréis la verdad de todo cuanto será y acontecerá, con majestuosa explosión de júbilo en los cielos y de las ánimas que moran  en las tinieblas, en breves horas. Por eso acabo ya esta epístola. No es mi deseo importunaos por más tiempo. Sólo deseaba que compartierais con nosotros nuestra alegría y nuestra emoción, ya que el suceso es tan importante y magnífico que nos obliga a ello.
¡Ah!, se me olvidaba: todos estamos bien. Papá dice que no alquiléis este año la planta baja de nuestra casa porque pasaremos todos juntos el verano ahí con vosotros.
Muchos besos y abrazos de éste que mucho os quiere y que no os olvida


Andrés

domingo, 6 de abril de 2014

30 DE FEBRERO

30 DE FEBRERO


Al Tribunal Supremo del Pueblo, único con poder para hacer justicia:
Como mi situación no es demasiado conocida, dado el secretismo  en que ha sido llevado mi proceso, está claro que todos aquellos que se sienten involucrados, excepto yo, han hecho cuanto estaba en sus manos y mucho más para silenciar mi caso, voy a explicarlo brevemente. Me encuentro desde hace dos años en una celda del penal de Ocaña, aguardando que llegue  la hora suprema, el fin último que me redima y que, a su vez, solucione el conflicto: ni más ni menos que mi muerte.
Fui condenado por los tribunales a esta pena. Hace cosa de un año recurrí al Tribunal Supremo de Justicia, mas éste ratificó, como era de esperar, la sentencia:"morirá fusilado". Hoy, esta noche, es la última para mí: mañana todo se habrá acabado. No tengo un mañana, qué le vamos a hacer, y, si soy sincero, lo acepto, tal vez eso sea lo mejor que puede ocurrirme. Así que no crean que éste relato pretenda  una nueva apelación; no, estoy resuelto a morir por algo que supongo habré hecho y que yo al día de hoy  desconozco. Ne pido  tampoco clemencia, ésa  no es mi intención. Se me juzgó por un delito muy importante según consta en el sumario hasta hoy secreto, mas nunca se mencionó cuál era éste, yo al menos no lo conozco ni nadie me lo ha comunicado. Alguna vez oí al fiscal referirse a la fecha de mi nacimiento, y creo entender que mi delito está ahí: en esa fecha tan importante para mí y tan insignificante para todos los demás.
Verán. Yo nací en un pueblo de provincias un dos de marzo. Mi padre a la mañana  siguiente fue al Ayuntamiento para empadronarme y rgistrarme como nato. El secretario al inscribirme en el libro de registro  confundió la fecha por lo visto. Y puso: "Miguel Álvarez Ruiz, nacido el treinta de febrero de 1947 a las cinco horas de la mañana; hijo de José y de JuIia...". Según mi padre esta confusión se debió a una errata
en el calendario que había allí,  en la pared de la oficina, La página correspondiente a este mes constaba de treinta días y el secretario sin darse cuenta se equivocó. Yo he celebrado siempre mi cumpleaños el día dos de marzo, ya que no tenía noticia del error.
Al presentarme para hacer el servicio  militar el oficial de reclutamiento, viendo el libro de familia, me comentó: "Con que con bromitas, ¡eh!. Así que usted nació el día treinta de febrero. Pues mire por dónde esto le va a costar caro". Y no dijo nada más. Al cabo de una semana vinieron dos policías a buscarme a casa; llevaban una orden de detención contra mí. Yo, como no había hecho nunca nada malo, les acompañé a la Comisaría muy tranquilo. Bueno, he de decir que por ésta época yo ya residía en Barcelona. Me encerraron en una celda y por la noche me dieron una paliza que me dejó bastante mal por algunos días. La paliza no me extrañó, todo el mundo sabía que iba con la detención, nadie se libraba de ella hubiese hecho lo que hubiese hecho, era consustancial  al paso por las celdas del calabozo, nadie se libraba de la misma. A los ocho meses de estar detenido  vino un día  un abogado a verme y me dijo, entre otras cosas, que no me preocupara, que él me sacaría de la cárcel costase lo que costase, no podían retenerme más tiempo, dado que el expediente en contra mía estaba en blanco. No tenía nada que temer: yo no había cometido ningún delito, no se me acusaba de nada. Me informó que dentro de veinte días se vería  mi caso en los tribunales y que no tuviese miedo: todo se debía a un error fácilmente entendible y, en consecuencia, subsanable, nada más era necesario cumplir el trámite previo de pasar ante un tribunal para ponerme en libertad. Él  esperaba que todo sería cuestión de puro trámite una vez aclarado el error cometido.
El juicio comenzó a las once de la mañana. Por lo visto nadie perteneciente al estamento de la justicia le gusta madrugar. Entró el juez en la sala, nos pusimos todos de pie y después de los trámites ordinarios de procedimiento, pura parafernalia de puesta en escena sobrante y fuera, para mi entender, de lugar se inició la sesión. Comenzó el fiscal diciendo que se me acusaba da haber nacido el día treinta de febrero da mil novecientos cuarenta y siete y que por lo tanto yo no existía, que era un impostor, dado que este día nunca existió y yo no pude nacer en él. Se le acusa de no existir, de ser un usurpador de la persona humana, y dirigiéndose a mi añadió: "Usted es un insulto al mundo, usted debe morir y desaparecer porque usted nunca ha nacido". Mi abogado quiso protestar, alegar que aquello era a todas luces una aberración, una infamia, que el fiscal  desvariaba, que se había vuelto loco, y muchas cosas más. Pero la verdad es que debo señalar que jamás le dejaron decirlo, le impidieron abrir la boca, no pudo quejarse ni argüir nada, el juez le limitó a señalarle con el dedo y amenazarlo de desacato si decía algo en mi defensa. Y  éste fue todo mi juicio. Cuando terminó de decir esas absurdas palabras el fiscal, sin más pruebas que el libro de familia de mis padres, y silenciada mi defensa, el juez ordenó que me pusiera en pie y a continuación y sin que mediara más preámbulo, dictó sentencia: "Miguel Álvarez Ruiz, usted es culpable de no haber nacido nunca y de no existir, y por eso debe desaparecer. Yo, en ejercicio de las potestades que me han sido concedidas, le condeno a morir  ante un pelotón de fusilamiento. Mientras llega su hora deberá permanecer confinado en la prisión de Ocaña".
¿Qué delito he cometido? No lo sé. ¿Soy culpable de algo? Tampoco lo sé, ni me importa ya. Inmediatamente después de haberse dictado sentencia, fui conducido hasta aquí. Mientras, mi abogado preparó la apelación al Tribunal Supremo. Nos costó
medio año llegar hasta este y el veredicto fue el mismo: se ratificaba mi culpabilidad pero no mi muerte porque  cumpliendo la sentencia lo reduciríamos a lo que ya es: la nada. Si fuese una persona, ratificaríamos la condena a muerte. Posiblemente al final lo hagamos - continuaba el veredicto a nuestra apelación- pero por el momento debemos estudiar el caso mucho más a fondo, dado que el "ente" en cuestión parece ser que no existe ni ha existido nunca. Y no se puede eliminar, ejecutar a una persona que no es persona, ni ha nacido, y que simplemente es "la nada".
Mi ejecución debe cumplirse  mañana por la mañana a las nueve horas, pero no sé si se efectuará; falta la decisión del tribunal Supremo de Justicia. Se me acusa de no haber nacido. No lo comprendo, no llego a entenderlo. Si se me acusa es porque existo, sino no podrían acusarme de nada. Y mucho menos atribuirme delito alguno. Soy un ser abstracto que nunca fue ni será: nací el treinta de febrero, y éste día no figura en el calendario, no se corresponde, no pertenece a la sucesión del tiempo, luego yo no puedo tener tiempo. Y sin embargo tengo dimensión, espacio, ocupo un lugar. Soy una realidad y en consecuencia existo. Ya no entiendo nada de nada. Yo nací aunque fuera en un día que nunca fue. A mi eso no me importa lo más mínimo: nací y voy a morir. Ya todo me tiene sin cuidado, qué  puede importarme lo que decidan  sea la decisión que sean,   al menos me van a dejar por fin tranquilo y ya no hará falta demostrar nada sobre mi nacimiento, todo quedará resuelto así para siempre, les resolverá  su dilema. Mi muerte va a ser suficiente. Moriré resignado y tranquilo: será la solución de mi problema. Mañana es el día señalado, unos instantes y después la nada, la gloria, el infinito.
También existe la posibilidad de que el Supremo dicte una resolución más justa y me liberen de esta pesadilla atroz. Pero no creo que lo hagan. Lo más factible es que se aplace "sine die" el momento de mi ejecución. No he nacido nunca, luego no existo, luego no pueden fusilarme; matarme sería demostrar mi existencia y ellos son lo suficientemente listos para comprender esto: mi muerte supone mi autoafirmación, y la contradicción de los tribunales. Y me dejarían para siempre aquí, fuera, alejado del mundo, y yo esto no podría resistirlo, me mataría o me moriría de dolor. Pensándolo bien, es mejor que me fusilen y demuestren así mi realidad. La hora ya está más cercana, dentro de poco vendrán a buscarme y me fusilarán; no podrán detener mi ejecución. Me siento más alegre que nunca: el Supremo no ha dicho nada; no ha vuelto a pronunciarse, si hubiese decidido algo que cambiara mi situación  lo habría comunicado antes, así que voy a morir, no van a poder impedirlo. He de terminar esta carta para que si alguien la encuentra pueda dar testimonio de mi vida y de mi proceso. Para  que el mundo se entere de las cosas que pasan es necesario que esto ocurra y que yo hoy, dentro de un rato, muera. No me arrepiento ahora de nada de cuanto he hecho, todo ha estado siempre bien, incluso el haber nacido el treinta de febrero como ellos dicen, porque voy a desaparecer para siempre. Con el tiempo se demostrará mi existencia y que mi muerte fue necesaria para demostrarlo al mundo, simplemente esta aberración jurídica quedará patente en los anales de la justicia. Es mi muerte, mi muerte, sólo la mía, la muerte, mi muerte lo que ahora importa....


                                                                                                              Miguel Álvarez Ruiz.



NOTA: Esta carta fue encontrada mucho tiempo después en su celda por uno de los carceleros que me la dio a mí para que yo la hiciera pública. He de añadir que la sentencia no se cumplió nunca y que Miguel Álvarez Ruiz quedó relegado y olvidado en su celda esperando esa muerte tan deseada por él y que nunca llegaba. Una mañana lo encontraron tendido en el suelo de la celda rodeado de un gran  charco de sangre. Se había cortado las venas con un hierro que consiguió en un descuido de sus guardianes,
y había muerto al fin desangrado. Demostró de este modo  su realidad y su existencia. Había nacido y había, en consecuencia, muerto. No se hizo pública  nunca la  noticia de tal suceso. Se hizo desaparecer su cadáver   y se borró su  nombre de todas las listas y documentos en donde antaño figurara. Se eliminó cualquier rastro o recuerdo de él: nunca existió a partir de entonces para nadie. Al menos eso he podido constatar al intentar indagar sobre  esta persona. Nunca existió  y sin embargo aquí está y queda su testimonio.

(El  tenedor de la carta dejada por Miguel Álvarez escondida  en algún lugar de su celda).

ACONTECIÓ AÑOS HA

ACONTECIÓ AÑOS HA


Esta historia no corresponde, en el tiempo, al presente más inmediato sino que se situó en el futuro lejano aún, mas no por eso distanciado de nuestro siglo. Con ello quiero decir que aunque ocurrió muchos años después, es relatada ahora con gran veracidad y exactitud, como si hubiese ocurrido hace muy poco tiempo.  
Esto me sucedió a mí personalmente hace demasiado tiempo y ahora lo cuento desde mi más allá, desde el otro mundo, en el que ya nada importante sucede. Y deseo que sea tomado no como un relato cualquiera sin más transcendencia que los sucesos que narra, sino como algo que aconteció, como iba diciendo, hace muchos años, para ejemplo del mundo. Y no es que yo considere que en la vida no hay ejemplos a imitar, pero es, no sé cómo explicarlo bien,  según mi óptica  de vital importancia.
Estábamos por aquel entonces, cuando los hombres éramos capaces de hacer cosas que vosotros no entenderíais nunca en el siglo XXII: más o menos al comienzo de esta centuria, aunque el año no lo recuerdo demasiado bien, mi memoria ha perdido mucho desde entonces, han pasado demasiadas cosas y ya no me siento con capacidad para retener cuanto me ha acontecido. Ya no estoy seguro de ello, incluso a veces desvarío un poco. El hecho es que el universo había evolucionado mucho, a demasiada velocidad, mucho más de lo que vuestras inteligencias medianamente pequeñas y atrofiadas puedan llegar a imaginar. Ahora la población se había reducido a una sola raza. Para qué más si así ya estaba bien. No es que no hubiere gente de lo más variopinta, pero al final habíamos aceptado que todos los seres humanos éramos la misma raza con sus variantes, pero todos de la raza humana.
No se distinguía entre blancos o negros, ni entre religiones o creencias y mucho menos en todos los  bulos de esa especie que antes imperaron y que vosotros padecéis. Todos pertenecíamos a la misma catalogación- lo he dicho bien ¿no?-: éramos la raza de los "súper-hombres" o si queréis de los post-hombres,  una especie supra humana jamás conocida hasta entonces: todo inteligencia, lo demás resultaba superfluo, agobiante, inútil, carente de sentido, por eso nos habíamos desprendido de todo aquello que nos sobraba.
Recuerdo que al finalizar el S.XX se había desarrollado inmensamente la ciencia: hubo grandes descubrimientos tecnológicos y la humanidad sufrió sucesivas mutaciones que condujeron a los habitantes de la tierra a una situación ilimitada de poder, pero en demasía caótica, para ser exactos. Llegó a desarrollarse enormemente la educación gratuita: desapareció el analfabetismo y todos conocían todo en todos los campos del saberla "utopía" de pocos era ya una realidad para casi todos. El cambio se había dado y se abría para todos algo llamado eternidad.
También evolucionaron notablemente las formas sociales y políticas. Hubo una auténtica revolución en la infraestructura del mundo. Con la entrada del nuevo siglo, todas las formas existentes convergieron hacia una nueva y única estructura perfecta, donde la libertad existió siempre porque se amó como no se había amado  nunca. Las formas políticas de represión -los estados nacionales- desaparecieron, cesó la dominación y sometimiento de unas clases sociales por otras. Todos eran iguales. Se llegó a una fórmula supranacional de gobierno de coexistencia pacífica, una forma basada únicamente en una administración mundial central. El ser un político se convirtió en una profesión como otra cualquiera. La jornada laboral se redujo a tres horas diarias -no eran necesarias más-, es decir, doce horas semanales gracias a los grandes  adelantos tecnológicos. Se trabajaba simplemente para entretenerse un poco y descansar del agotamiento provocado por las excesivas horas de ocio. Se vivía en grandes conglomerados arquitectónicos. Las viviendas estaban aisladas térmicamente. Predominaban los muros de material plástico traslucido. El confort había adquirido cotas sin precedentes. El problema de la contaminación -que tanto llegó a inquietar con anterioridad- se resolvió definitivamente. Abundaban los jardines públicos , y en todas las casas había una gran terraza -era obligatoria y necesaria- con flores  y toda clase de plantas.
La superestructura mundial y sus adelantos contribuyeron sin duda a todo esto. Se encontraron nuevas materias energéticas: la energía nuclear proliferó, la energía solar, el sodal estelar, el súper celamio alfa,etc. También quedó zanjado el problema de la alimentación gracias a los recursos marítimos disponibles y a la obtención de abonos y de fertilizantes y la manipulación transgénica que nos permitieron obtener varias y abundantes cosechas anuales. Esa carrera espacial que comenzasteis hace muchos años con la llegada del primer hombre a la luna siguió gracias al estrecho colaboracionismo existente entre las grandes potencias en aquel entonces, y se conquistaron todos los planetas de nuestro sistema y los limítrofes con posibilidades. Todo el universo es hoy conocido por los superhombres que lo habitamos: humanoides y no humanoides. Las distancias han que dado reducidas gracias a los transportes colectivos rápidos y los viajes interplanetarios están al alcance de cualquier persona. Es muy corriente ver en las bases de partida de los autobuses celestes, grupos de emigrantes que buscan encontrar en otro planeta la completa felicidad que no acaban de conseguir en el que están. La explotación de gran parte del universo facilita enormemente la consecución de esta utopía que es nuestro mundo.
Desaparecieron las necesidades hace muchos años y se llegó al estado de la superabundancia que hoy reina. Y que ya se ha terminado. Todo cuanto era ya no es, es parte del pasado que no volverá. Y por desgracia mía y de todos el futuro también se ha acabado, se ha hecho inalcanzable. Sólo hay presente y éste dura muy poco, demasiado poco, apenas nada, como un destello de luz que ya se apagó.
Hoy, en estos precisos instantes cuando nada importa, soy yo el último superviviente que queda de este universo que un día alguien decidió forjar. Y he querido que mi final, mi extinción, llegue precisamente sobre el querido suelo ancestral de mi madre patria: la Tierra. La explosión demográfica se incrementó indefinidamente: no había problemas de espacio ni de recursos alimenticios, la demoeconomía los solucionaba todo. Los nuevos seres que nacían en los otros planetas se fueron adaptando a su medio ambiente. Todos los organismos llegaron a poder prescindir del oxígeno y a respirar otros gases que sustituyeron a este agente como carburante de su  metabolismo. Nos limitamos simplemente a sustituir el anticuado, y cercano a su agotamiento, oxígeno por otros elementos también respirables y que desempeñaban el mismo cometido.
Mas llegó el inevitable momento en el que todas las materias primas empezaron a escasear. La población agotó todos  los recursos energéticos del universo. Incluso la energía solar resultó ser ya insuficiente para mover las pesadas y gigantescas industrias. Y estas dejaron de producir por falta de materias primas y de la base motriz. Los recursos de gases respirables y de líquidos se han agotado, la agricultura de subsistencia ha desaparecido, no se puede exigir a un campo tanto de tierra como de agua -éste último ha desaparecido recientemente- que produzca si la industria ha dejado de suministrar abonos porque no los produce, la manipulación transgénica se ha quedado sin materia prima y además falta una atmósfera en cuyo seno puedan crecer las plantas. Los alimentos se han consumido en su totalidad: ya no queda nada. Los cerebros artificiales  fueron incapaces de darnos una solución viable: faltaba la energía necesaria para ponerlos en funcionamiento. Ya no queda absolutamente nada. Todo ha desaparecido. Bueno, sólo quedo yo: soy el último en desaparecer por efectos del azar, soy la última cosa viva que queda en el universo, pero ye sé que mi final está muy cerca, ahí, a la vuelta de la esquina: todos han muerto, no queda nadie. Tengo hambre y no puedo comer, tengo sed, y no queda nada que pueda satisfacer mis necesidades vitales. Un sudor frío recorre mi cuerpo y mi lengua intenta hacerse con él para refrescar mi reseca  boca. No tengo miedo a pesar de todo. Aún me queda algo de tiempo antes de que se acabe el poco aire respirable que me resta. Ahora que todo toca a su fin ya es tarde para hacer reflexiones -no es correcto lamentarse- sobre lo que no se debería haber hecho y sobre lo que hubiese sido necesario para evitar esta autodestrucción. Pero como digo, ya es demasiado tarde. Mi tiempo se agota, siento que me falta el aire. Me cuesta respirar, estoy demasiado fatigado. Nunca pensé en terminar mi existencia así. Pero dejemos de pensar para no gastar tanto aire, mejor será abandonarse y esperar tranquilamente a la extinción del último ser, del último aliento de vida. Es el fin del universo, el fin de todo cuanto existió, el tan anunciado fin del mundo. Pero hay un error: faltan las trompetas, las fanfarrias gloriosas: no triunfa el Creador. No hay ni vencedor ni vencidos, es un justo empate. Es la propia vida quien se ha sentenciado a este ocaso y es ella misma su propio verdugo. Somos nosotros quienes lo hemos querido así. Quisiera añadir muchas cosas más pero me es totalmente imposible, no puedo ni apenas respirar ya. Me estoy.. mur.. el fin.

Todo ha pasado. Lo que tenía que acontecer ha acontecido. Todo cuanto fue ya no es ni será. Estamos en el nuevo y antiguo mundo del no estar, el de los muertos. Aquí sólo se es y para siempre -¡por suerte!-. Y ahora tenemos lo que antes tanto nos faltó: una visión clara del conjunto de nuestro futuro, la verdadera  razón del mundo de las ideas: el verdadero saber. El conocimiento perfecto que nos domina y que nos absorbe por completo. Debería deciros muchas más cosas sobre vuestro futuro para que evitéis lo irremediable: el caos. No obstante, creo que es mejor que no os diga nada. Vuestro desarme, vuestros  buenos propósitos de paz no van a servir, no han valido de nada. La destrucción llegará igualmente. Somos una plaga de langostas demasiado voraces que se debe extinguir: todo lo que tocamos lo comemos, lo fagocitamos sin prever el mañana más próximo. Siempre creímos que el fin estaba muy lejano aún, sin apenas darnos cuenta que nos aguardaba a la vuelta de la esquina. Y vino sin avisar, cuando menos lo esperábamos. Nada más  os digo, y con esto acabo: "Estad preparados y aguardad la destrucción eterna porque está muy próxima, quizás demasiado y no la véis, porque no conocéis ni el día ni la hora".



miércoles, 2 de abril de 2014

POR QUÉ TIENES MIEDO

Por qué tienes miedo
a que te hagan daño,
si no asumes el riesgo
vivirás siempre el engaño,
jamás realizarás tus sueños,
todo esfuerzo será en  vano.
Sólo del futuro se es dueño
si  sabes que la vida es juego:
momentos dulces y amargos,
éxitos y demasiados fracasos
pero  has de tener muy claro
que de tu vida tú eres el amo.

lunes, 31 de marzo de 2014

EL SÁTIRO DE LAS lOh l5'



EL SÁTIRO DE LAS lOh l5'



Era un hombre más bien alto y grueso. Yo diría de unos 96 Kg de peso y 1,92 m de alto. Tenía el pelo  negro  muy liso, y el color de su piel era morena. Había nacido en un pueblo de provincias un dieciocho de febrero a las cuatro horas de la tarde. Bueno, faltaban ocho minutos para esa hora. De pequeño fue siempre un niño normal. Sus compañeros de escuela decían, a veces, que era un poco  rarillo, una ninfita según sus compañeros de juegos. Después creció y se hizo tal como es ahora. Resultó ser muy estudioso y esto le valió ir a la ciudad con una de esas becas, una de las tantas que los maestros de los pueblos solicitan para sus alumnos más aventajados. El hecho es que obtuvo la beca y marchó a los once años a la ciudad  para labrarse un porvenir, para convertirse en un hombre de provecho. Durante ese periodo demostró ser muy inteligente y sacó muy buenas calificaciones. Mostró una afición muy especial por la literatura y por el arte, pero no perseveró en ello por falta de medios económicos, posibles que se decía en su época. Acabados sus estudios regresó de nuevo al pueblo y de allí marchó a la "mili“ en donde consiguió llegar a cabo 1ª. Al terminar ésta es cuando tomó la sublime decisión, la acción sin vuelta atrás  que iba a marcar toda su vida hasta el final de su vida, es decir, hasta ahora.
Como en el pueblo no tenía porvenir decidió emigrar a Barcelona para abrirse un camino que le supusiera una garantía de cara al futuro más inmediato y también a medio y largo plazo. La verdad es que lo intentó todo pero la realidad  pudo más que él y no logró nada. Y finalmente terminó por aceptar un empleo sencillo que al menos le permitiera mantenerse y no pasar excesivas necesidades. Trabajaba como camarero en uno de los tantos bares de la Plaza Real de la Ciudad Condal. Al principio se hospedó en una pensión sita en la calle Princesa, cercana, relativamente, al lugar de su trabajo. Después, al cabo de diez años de muchas estrecheces y privaciones, consiguió ahorrar lo suficiente para comprarse un piso nuevo en el Paseo Valldaura, donde vivió hasta prácticamente ahora, hasta hace muy poco.
Aunque proposiciones y ocasiones no le faltaron, permaneció siempre soltero. No quiso casarse y nadie recuerda haberle visto acompañado de una mujer. No es que las odiase, pero tampoco le atraían, más bien resultó ser un poco tímido y pacato. Las toleraba, simplemente, mientras no se inmiscuyeran  en su vida. Tenía alma de poeta y siempre soñaba, adoraba, rendía culto a mujer irreal, ficticia, ideal; a una mujer arquetípica que le llenara sus vacíos y cubriera sus necesidades, que fuese su fiel compañera y que compartiera con él sus inquietudes e intereses. Pero por desgracia, ésta, María Torres Arranz- así la llamaba él siempre- un día falleció y él no la volvió, en buena lógica, a ver. Mas no por ello dejó de amarla siempre. Fue su único y gran amor. También adoraba las flores, el campo; le gustaba hacer pequeñas excursiones, cuando el trabajo se lo permitía, por la montaña del Tibidabo. En una palabra: se sentía identificado con la naturaleza, con la belleza, con lo puro y verdadero, con lo sencillo.
Era un ser rebuscado, introvertido, pusilánime, reservado y sobre todo exquisito. No se relacionaba con ninguno de sus vecinos. No tenía ningún amigo. No es que no los necesitase, pero no encontraba nadie con quien empatizar, con quien compartir sus sueños, sus quimeras, sus intereses, sus opiniones, sus gustos y sus  angustias.  Se limita a compartir justamente  lo imprescindible. Con sus compañeros del bar de la Plaza Real comentaba lo estrictamente necesario pero ninguno de ellos jamás llegó a saber cómo era o qué pensaba. Hacía su trabajo, ayudaba  a los compañeros, asumía en muchas ocasiones responsabilidades que tal vez no le correspondían, en su trato diario resultaba incluso afable pero nada más, de ahí ni pasaba ni dejaba  que otros dieran el paso. Le gustaba también pasear por las calles de la urbe por la noche, lobo solitario, cuando todos duermen y nadie se fija en él, cuando nadie le iba a molestar, cuando se respira la tranquilidad y el sosiego de una ciudad dormida si huyes de las zonas noctámbulas de la ciudad, cuando las sombras de la noche te permite estar fuera de las farolas. Él siempre iba absorto en sí mismo, como si nada le perturbase, como si tan sólo sus pensamientos le acompañaran y no precisase de nada más.  Sí había algo que un día sintió que necesitaba. Amante del canto de los pájaros desde pequeño, un día adquirió en una da las paradas de Las Ramblas de las Flores un canario cuyo canto hacía días que le había admirado. Un canario amarillo dentro de una jaula tal vez demasiado grande para un ejemplar nada más pero es que él deseaba que dispusiera de todo el espacio posible para evitar que pudiese sentirse enjaulado, aunque lo estuviera; en el fondo todos somos como canarios dentro de unas jaulas con un espacio limitado que sólo se puede ensanchar si nosotros somos capaces de hacerlo pagando, en ocasiones, un precio tal vez excesivamente elevado. Y así este animalito se convirtió en su fiel compañero, en su único amigo una vez muerta ella, si amada ideal.  Le puso de  nombre "Chorito" y pasaba horas hablando con él mientras se deleitaba con su trinos. Tal vez lo mimaba demasiado, le cambiaba el agua todos los días y le llenaba la jaula de comida y de artilugios de entretenimiento para que se sintiera como en casa. Todo hasta que una mañana lo encontró cadáver en el suelo de la jaula. Se limitó a echarlo en el cubo de basura mientras unas lágrimas recorrías sus mejillas.
Así era la vida cotidiana de este hombre sencillo que, en apariencia, no se preocupaba por nada ni por nadie. Que sólo reclamaba que lo dejasen vivir en paz en su espacio, que no lo molestaran más de lo imprescindible. Él no se metía con nadie, él dejaba hacer a cada quien lo que buenamente quisiese y eso mismo es a lo que  él aspiraba. Un una noche, haciendo lo que a él siempre le gustaba hacer: caminar despacio por el Paseo Marítimo, muy próximo al agua del mar, dejando que las olas llegaran apacibles y sosegadas para acariciar con ternura a veces, con furia otras, la arena de la playa mientras se dejaba embriagar por el rumor del oleaje, se le ocurrió la genial idea que desgraciadamente al final le costaría su placentera existencia. Un momento de locura, uno de esos instantes en los que no se piensa y se deja actuar libremente al instinto. La tentación que se le presentó de súbito, sin buscarla y que él no pudo evitarla. Descendió por las escaleras hasta la playa, cogió entre sus dedos unos granos de arena y con suma delicadeza lo posó en su pañuelo y lo guardó en el bolsillo interior de la chaqueta y regresó al paseo nocturno habitual.
Aquella noche la sonrisa volvió  a verse reflejada en sus mejillas .Las farolas del Paseo Marítimo fueron fieles y calladas  testigos y podrían dar razón de ello si se les habilitase el habla. Su felicidad y alegría eran tan grandes que cuando se dio cuenta estaba dentro de su casa. Buscó un tarro de cristal limpio y cuando lo encontró depositó  dentro su preciado tesoro. De valor incalculable para él, capaz de apreciarlo como tal, claro que ínfimo y sin valía alguna para el resto de los mortales. Aquella noche durmió de un tirón, suceso últimamente poco corriente en él.
El día siguiente a esto era un lunes y por lo tanto, su día libre. Se levantó tarde, remolón como hacía años que no se dejaba llevar en la cama, se vistió y sin desayunar se fue a pasar el rato en el "Laberinto de Horta", donde podría estar solo sin que nadie ni nada ajeno a sí mismo le inquietase. Al regresar a casa aprovechó para pasar por el mercado y comprar algunas alimentos  que necesitaba.
Comió como los otros días y después se sentó en una butaca para ver la televisión y poder fumar su pipa de después de comer. Era un soñador empedernido y le gustaba imaginar lo que él habría hecho, cómo se habría relacionado y enamorado de una, de ser de otra forma con cualquiera de las hermosísimas chicas que pasan por la Plaza Real. En el fondo era un romántico. Un hombre de esos de los que quedan pocos, afirmarían algunas voces capacitadas para ello. Amaba la paz, la convivencia social, la tranquilidad, la armonía del apetecido sosiego. Decía que todos somos en el fondo hermanos, libres, llenos de  incalculables y ocultas posibilidades humanas que aún no hemos descubierto pero que están en nosotros, simplemente nos falta la voluntad de desarrollarlas.  Aunque él jamás hizo nada para demostrarlas. Y no obstante este hecho, nada le impedía mar por sobre todas las cosas la libertad. Se creía, se sentía, se sabía libre . En el fondo era un idealista sin límite. Nunca había tenido nada y ahora poseía un tesoro que nadie le podría quitar porque le pertenecía en exclusividad: sus granitos de arena en su tarro de cristal. Aquella tarde estuvo en casa, soñando, ensimismado en su pensamiento, feliz en su intimidad, admirando su codiciado tesoro. Por la noche volvió a dormir bien. En una palabra: volvía a ser feliz. Era el ser más  dichoso que pudiese existir sobre la faz de la tierra.
El día siguiente, martes, fue normal para él: su trabajo y poco más. Sin embargo, para el resto de los humanos fue muy raro. Se notaba, se respiraba, en el ambiente que estaba pasando algo. Se había movilizado toda la máquina del Estado para averiguar el motivo que perturbaba no sólo la vida de la población española y sino de toda la población mundial. Todo había cambiado, todo había mutado de comportamiento, todo estaba trastocado, nada era igual. La gente se comportaba de una forma que no era la habitual. La gente estaba rara, desquiciada, preocupada sin saber por qué, como si estuviese aguardando a que aconteciera algo inusual. Se respiraba en el ambiente, incluso los animales se comportaban de otra forma, mostraban una inquietud que nadie era capaz de identificar y mucho menos de formular. La economía mundial se estaba paralizando, la Bolsa había dejado de cotizar, los transportes a cada minuto que pasaba se ralentizaban más y más. En suma, un caos imprevisto y sin una justificación  previsible. Nada anterior podía indicar que esto iba a suceder. Lo claro era que se había roto el equilibrio de las fuerzas que mantienen en perfecta y estable armonía a las distintas sociedades,  países y poblaciones. Loa granos de arena cumplían una función concreta ocupando su posición de equilibrio estable en la playa y al ser sustraídos de allí se había roto, desarticulado toda la red que mantiene el equilibrio social, la dinámica económica mundial, la paz y las guerras en su justa medida, nada volvería a ser como había sido hasta ahora. Se hacía necesario poner remedio lo más pronto posible , sin pérdida de tiempo. Había que restablecer, recuperar como fuese, el equilibro tan penosa y costosamente logrado, demasiada sangre había corrido desde tiempo inmemorial para conseguirlo y ahora no se podía destruir ni alterar así como así por la acción descontrolada de un insensato no identificado aún.
Después de una semana las altas esferas del país y de la ONU habían detectado y ya conocían la causa de tal perturbación  y, en consecuencia,  se ordenó que se buscara la normalidad a cualquier precio, el regreso a los cauces establecidos de los que jamás se debería haber salido. Había que volver a poner los granos de arena cuando fuesen encontrados en su lugar para volver al equilibrio. Las brigadas político-sociales y las organizaciones de espionaje  más competentes empezaron las averiguaciones y pesquisas. Había que encontrar  al causante de todo aquello. Se había convertido en un grave problema político y social y era preciso resolverlo de inmediato. Era una cuestión  que atañía a todos porque estaba en juego el futuro de la humanidad.
Las indagaciones duraron dos meses y al final encontraron al responsable. Fue detenido Ramón Fernández de Rodas una mañana a primeras horas en su propio domicilio del Paseo de Valldaura y conducido en un coche especial  sin ningún tipo de identificación, para evitar males mayores,  a la comisaría de policía sita en Vía Layetana.
En estos dos meses sucedieron muchas cosas, no todas buenas,  en Barcelona. Y el pueblo barcelonés todo lo malo lo atribuyó a ese personaje fatídico, maléfico, a ese criminal que era el causante de todo. Se había llegado a atribuirle asesinatos, robos, hechos morbosos propios de locos, siempre que no encontraban a un culpable. Y la resolución de los casos resultaba sencilla: el sátiro estaba detrás de todo cuanto ocurría por lo tanto no era necesario investigar nada más, dando con él todo quedaría resuelto. La prensa contribuyó también lo suyo bautizándolo desde el inicio  con el apodo de "El Sátiro", el sádico morboso. Incluso las familias respetables no dejaban salir de noche a sus hijas para que no fuesen violadas por el sátiro. Y todos los días la prensa dedicaba sus primeras páginas a hablar de la situación en que se encontraba el mundo, el país y la ciudad, y para alabar la actuación perfecta y sincronizada de la policía que aún no resolvía nada. Al final, en grandes rótulos se anunciaba al público que el sátiro había sido detenido hacía algunos días y que estaba a disposición de las autoridades competentes, en comisaría ara proceder a lo que la ley dictaminase para este caso tan excepcional. La gente estaba eufórica, salida de sí. Al fin la normalidad volvería. Y ahora había que castigar al asesino, al  criminal, al responsable de aquellos actos tan  horribles, tan execrables, crímenes contra la humanidad.

Desde primeras horas de aquella mañana una masa inmensa de gente comenzó a concentrarse ante la comisaría de Vía Layetana. Todos deseaban lo mismo: reclamaban el preso. Se produjo lo inevitable. La turba invadió el edificio y se apoderó del reo. La policía no pudo hacer nada en contra, o no quiso. Dejar la justicia en manos del pueblo exaltado les resolvía demasiados problemas acelerando, además, su solución. La muchedumbre condujo al preso por la calle Condal y por Puerta del Ángel hasta la Plaza Cataluña, donde se pensaba hacer justicia, linchándolo. Todos gritaban y vociferaban atrocidades. Y en medio de todos  ellos el responsable, el hombre que no sabía nada de cuanto acontecía. Tampoco es que le interesase demasiado. Daba lo mismo. Llegó magullado, torturado, arrastrado, hecho ya una piltrafa desde las dependencias policiales. No parecía el mismo que días antes pasease por el Laberinto de Horta. La suerte estaba echada. Alguien sacó un cuchillo y, junto con los golpes de las porras que le propinaban los policías, segó su yugular acabando  con la vida de aquel ser miserable. Después la masa se disolvió. Y allí, en el suelo, en el centro de la plaza, quedó el cuerpo maltrecho, junto a los cadáveres de algunas palomas atropelladas y aplastadas por la muchedumbre, de aquel sátiro. Fue a las 10h l5’de la fría mañana del 25 de diciembre de 1972. Y la ciudad de Barcelona nunca olvidará, después de volver a su normalidad aquella hora gloriosa en la que se hizo justicia, dando muerte  a aquel deleznable sujeto que la prensa había nombrado como "el sátiro de las 10h 15' ".