ANDRÉS MARCO

jueves, 28 de julio de 2011

EL CÍRCULO

 El círculo no es nada más que eso: un círculo. Su tamaño depende de  cómo se quiera: mirar: para unos  parece demasiado grande, para  otros todo lo contrario: pequeño, tal vez incluso demasiado diminuto, siempre hay determinadas personas que siempre tienen algo que objetar a todas estas cosas: nunca estarán de acuerdo. Mas no nos vamos a pelear por eso. El círculo es y está ahí y no hay nada más a añadir en lo que respecta a esta cuestión. Cualquier persona aunque lo quiera y busque por doquier no puede pertenecer al círculo. En este aspecto sí que es estrecho y restringido. Pero también quiero decir, ahora y antes de proseguir, para evitar confusiones y comentarios fútiles, que somos muchos los miembros que pertenecemos al mismo; lo que significa que es grande, amplio y numeroso. Es decir, que existe una enorme ambigüedad en todo lo referente  al mismo. En especial si nos dedicamos, que lo vamos a hacer, a indagar sobre sus orígenes. Lo cierto es que data de  tiempos inmemoriales. Es ancestral por antonomasia. Su fundación se pierde en los orígenes más remotos de la protohistoria: cualquier investigación en este sentido resultará siempre vana. Y no es que no queden vestigios, y hasta documentos litógrafos, de aquellos tiempos hablando del círculo. Los hay, pero pertenecen al círculo y nadie que no pertenezca al círculo puede llegar hasta ellos.. La prohibición es muy dura y estricta en este sentido. Hay quienes han intentado investigar por cuenta y riesgo propio al respecto, pero por suerte para el círculo hay una ingente cantidad de tierra sobre ellos que siempre impide que puedan proseguir con sus pesquisas, ustedes ya me entienden.. Sin embargo, todos los miembros del círculo, en especial los que somos más antiguos, lo sabemos todo sobre el mismo. Es nuestra obligación, pues no se pertenece al círculo sin haber cursado antes un cierto período de iniciación en el que se estudian muchas cosas referentes al mismo, y no sólo sobre su origen y fundadores, sino todo, incluso aquello que luego queda vedado para el neófito: los ritos y prácticas mágicas que un día se abogó, y se logró, desterrar , aunque no se han olvidado, por lo cruento de las mismas.
Son muchos los que se preguntan el por qué del árbol, el círculo dorado a modo de sol, la campana y la serpiente en nuestros emblemas, así como el por qué de nuestro rito de las doncellas, que no voy a desvelar ahora, dado que nos pertenece por completo y tengo prohibido desentrañar. Entiéndanme: no es que no desee hacerlo o que no quiera, nada más lejos de mi voluntad, pero las normas sobre este punto soy muy concisas y duras. Podría hacerlo, pero como miembro del círculo me niego a hacerlo dado que podría poner en peligro la continuidad del mismo. Y no es que yo sea radical del todo al respecto, quizás no sucedería nada y el círculo seguiría su camino sin trabas de ninguna índole. Pero , tal vez, sólo tal vez, supondría un riesgo inútil que no estoy dispuesto a correr aunque, de querer, sé que podríamos exponernos al mismo sin ninguna reticencia ni miedo. No creo que haya nadie hoy capaz de hacer tambalear sus cimientos, ni tan siquiera hacer una pequeña mella, nuestra cohesión siempre ha sido demasiado consistente, no en vano llevamos tantos y tantos siglos existiendo sin sufrir apenas percances. Haberlos, los ha  habido, y algunos de  ellos nos han obligado a replantearnos nuestra misión y el modo de llevarla a cabo.  Esto en el fondo ha sido bueno y nos ha ido muy bien, pues así el círculo ha ido  evolucionando y  se ha adaptado a nuevos modos y nuevas épocas y puede que aquí estribe la razón de su  larga longevidad inmaculada. Mas no hablemos más este tema tan escabroso y, también hay que reconocerlo aunque me duela, peligroso. Es preferible que me expanda en  otros aspectos más sutiles y fundamentales que también competen y atañen al círculo. Así por ejemplo, y por citar algo de pasada nada más, voy a hacer hincapié en la periodicidad de nuestras reuniones.
 En primer lugar, no puedo indicar la cadencia de nuestras reuniones porque también pesa sobre este particular la prohibición que hace que el círculo sea tan desconocido  para los profanos en el tema  y , así mismo, para todos aquellos que no pertenecen al mismo. De todos modos sí puedo señalar que las fechas de reunión no siguen  un calendario fijo sino un encadenamiento lógico según unas normas que datan de la remota época en que se fundó y que hacen que los espaciamientos sean más o menos largos en función de toda una serie de sucesos y leyes que nos rigen y que me está vedado el revelar. Me limitaré, eso sí puedo hacerlo,  a especificar que antes de que nos reunamos en asamblea todos los miembros, o bien una parte de los hermanos del círculo, es necesario que la campana haya sido colocada en las ramas del árbol seleccionado para esa ocasión, árbol cuya especie y emplazamiento me guardaré muy mucho de aclarar, y que haya transcurrido  el tiempo prudencial antes de que el viento que sopla y las fuerzas cósmicas hagan tañer a la campana llamándonos a asamblea. Nosotros, estemos donde estemos, los  más veteranos y mejor colocados dentro de nuestra inamovible  jerarquía interna, al oír el anuncio de que va a haber una nueva sesión y que somos convocados a la misma, debemos apresurarnos a preparar todas nuestras cosas para poder estar presentes en el día escogido por quien ha sido designado para ello  en el lugar señalado para el cónclave. Iremos llegando poco a poco, cada uno desde un lugar distinto, distante y muchas veces remoto y siguiendo un rito del cual no puedo hablar, nos iremos saludando y dando los parabienes de bienvenida de rigor y seguidamente, tras unos trámites lentos, imprescindibles y laboriosos vamos ocupando nuestros lugares correspondientes según la estricta jerarquía establecida en tiempos inmemoriales, asientos que nos corresponden por derecho propio, unos en la gran mesa, en la gran tabla de los elegidos y otros aparte, cada uno en su sitio, dejando y respetando los vacíos que deberán ir ocupando  los hermanos que faltan cuando estos lleguen, Y cuando la campana vuelva a sonar todos sabremos que el momento de iniciar el verdadero rito ha llegado puntualmente. Hay veces en que se demora un poco y ' nos obliga a aguardar varios días, o semanas, sin que el gran rito pueda llevarse a cabo. Pero esto sucede en contadas ocasiones, simplemente  lo nombro porque alguna vez ha sido así y por tanto no puedo olvidarlo si quiero explicar todo aquello que hace referencia al círculo.
Una vez ha sido llevado a cabo el rito de inicio, el supremo ritual conservado desde los orígenes mismos de nuestra hermandad pasamos a lo que de verdad es trascendente y nos importa y es  causa de que nos hayamos reunido todos juntos una vez más en torno a eso cuyo nombre me está vedado nombrar. Una vez superada esta fase se prosigue con las prácticas que nos rigen a obligan para después de varios días regresar cada uno a su lugar  de procedencia y esperar a que los sones de la campana sagrada, esos sones que sólo los elegidos son capaces de oír, y ya estoy revelando más de lo que me ha sido permitido, vuelva a convocarnos, con la satisfacción de que se ha quemado una nueva etapa, otra más en nuestra casi eterna andadura, y que ha resultado realmente fructífera y elogiable.
  Por más que le  demos vueltas poco podría añadir  ya sobre el círculo, nuestro círculo, pues todo intento de descubrir nuevas cosas y conocimientos que atañan a él está  prohibido y penado por las normas y leyes que nos que nos rigen. Así que debemos conformarnos y esperar a que la campana vuelva a sonar. Y entonces sí,  presto dispondré mis bártulos y correré sigilosamente por caminos y veredas desconocidas que permitan mi anonimato dentro delo posible, a reunirme una vez más con mis hermanos y todos juntos constituiremos en hermandad de  nuevo el círculo, nuestro círculo.

UN ESPACIO VACÍO Y AZUL

No sé por dónde empezar: es la pura verdad. De un tiempo a esta parte me están ocurriendo cosas bastante poco frecuentes y aunque yo intento por todos los medios encontrar una explicación, no soy capaz de dar con ella.  No es que estos sucesos se hayan presentado así, de pronto. No. Me han venido ocurriendo, según dicen, desde siempre. Sólo  que nunca se habían presentado tan acentuadamente como ahora.  Creo que para explicarlo será mejor comenzar desde el principio.
Sobre mi nacimiento apenas puedo hablar. Nada más las referencias que siempre he oído contar. Sé que mi madre tuvo un parto sencillo y nada doloroso, aunque algo agitado. Me adelanté unos días sobre la fecha prevista.  Según dicen, más que un parto, más que el hecho de tenerme mi madre, fui yo el que salí como una exhalación, sin crear ningún problema.  Parece ser que tenía mucha prisa por conocer el nuevo medio en el que iba a desenvolverme por el resto de los días. Tan apresurada fue        mi venida que no dejé a mi madre ni tan siquiera llegar a una clínica. Puedo afirmar incluso que no di tiempo a salir de casa ya que nací en el propio portal de la finca y sin apenas ayuda, únicamente la portera que estaba en aquellos momentos fregando la escalera y no le cupo más remedio que echar una mano y recibirme en las suyas.  En sí esto no tiene nada de excepcional: no es la primera ni la última vez que sucede.  Sin embargo para mí sí que lo es, al menos como punto de partida.
 Dicen, también, que de pequeño jamás di guerra a nadie. Durante mis primeros meses de existencia no me oyeron ni un lloro ni una protesta. Nada. Permanecía las veinticuatro horas del día en mi cuna, sumido en mi propio mundo, sin demostrar nunca ni alegría ni desencanto, ensimismado, según dicen, en quién sabe qué.  El único comentario, en lo referente a mi persona, es que me desarrollaba como cualquier otro niño de mi edad, sólo que daba la sensación de estar ausente siempre. Ya podían esforzarse los mayores en hacer carantoñas delante mío, intentando atraer mi atención, que no servía de nada.  Nadie fue capaz de lograr que yo abandonara mi actitud seguramente defensiva, aunque nunca sabremos de qué tenía yo que guardarme en aquel entonces. Alguien alguna vez osó comentar que más parecía yo un niño de otro mundo que de éste.  Lo cierto es que no demostraba el mínimo interés por cuanto sucedía a mi alrededor.  Desde luego mi actitud chocaba con la prisa que había demostrado por nacer. “Tanta urgencia - decía mi madre - por venir y para nada.  Es como sí no hubiese nacido."
En cuanto a mi infancia parece ser que las cosas se normalizaron bastante.  Apenas hay nada fuera de lo corriente que merezca ser resecado.  Incluso las murmuraciones respecto a mi persona, muchas veces jocosas, cesaron.  Era como cualquier otro niño que aprendía las cosas sin demasiada dificultad aunque he de reconocer que no me atraían lo más mínimo.  Para mí fueron unos años felices que pasaron sin que me diera cuenta de que se iban para siempre.  Es la etapa de mi vida de la que conservo los mejores y más gratos recuerdos. !Los únicos!. Sentado en un pupitre cualquiera de una vieja escuela mientras el maestro nos hace un dictado y yo me distraigo contemplando cómo el sol se oculta tras las montañas o viendo caer los copos de nieve: uno detrás de otro, despacio quedamente, bolas blancas de algodón que al tocar el suelo se convierten en agua, ¿ por qué es así y no de otro modo?.  Pasaba las horas muertas dando patadas a una pelota hasta que se rompía un cristal, yendo a coger nidos al final de la primavera o a comernos las frutas aún verdes en las huertas durante el verano.  Vacaciones de días interminables pasadas siempre en la calle jugando, inventando otra travesura cada vez más audaz, para no aburrirnos mientras iba creciendo sin dar excesiva importancia a aquellas cosas que me ocurrían y que ahora entiendo como una evolución lógica en mi proceso. No me sucedía con frecuencia pero sí alguna que otra vez.  Sí mi memoria no me falla hasta que no cumplí los doce años no se dio ningún caso.  Después si. Venía sin avisar, de pronto y porque sí, cuando menos era de esperar unas veces mientras,.estaba en la escuela, otras jugando. No había una periodicidad fija, una norma.  Entonces me quedaba parado, cortado, ausente y sin poder reaccionar con los ojos fijos en quién sabe dónde, con la boca abierta, totalmente inmóvil, como alelado. Duraba uno o dos minutos, y luego nada. Volvía en mí como si tal cosa, sin que nadie interviniera. Al principio intentaban volverme a la realidad dan dome bofetadas pero como no daba resultado desistieron y me dejaban tranquilo. Únicamente comentaban:" Le ha vuelto a dar otra vez".  Yo, después, lo único que recordaba de estos momentos era un espacio limpio y vacío, todo azul, lleno de cielo.  Nada más.
A partir de mi catorceavo cumpleaños estas paralizaciones mentales, si es que pueden ser llamadas así, fueron más frecuentes, aunque siempre lo mismo-. ese infinito azul que aparecía ante mi y que yo no era capaz de identificar, o por lo menos encontrar en él algún signo concreto de referencia.  Era un espacio abierto, sin diferencias de tonalidad, sin límites: todo él igual a sí mismo.
El tiempo pasaba y cada vez era más frecuente.  Puedo asegurar que una parte importante, cada vez más, de mi existencia transcurría en ese mundo vacío que yo veía y no comprendía.  Ya no eran un minuto o dos, sino horas enteras las qua pasaba sumido en ese suelo tan poco corriente.  También por entonces comenzaron a ocurrirme otras rarezas que agravaron más mí infortunio.  Realmente era algo muy extraño y lógicamente a la gente le dio por murmurar.  Decían que yo no caminaba por el suelo que mis pies no tocaban tierra.  Y lo cierto es que no les faltaba razón. Más que andar me deslizaba sobre una alfombra de aire que impedía que mis zapatos tomaran contacto con la superficie de la calle.  Además, a mí esto no me suponía ningún esfuerzo, incluso sin proponérmelo: iba por entre la gente, normal, como tantos otros, y de pronto notaba que me elevaba al mismo tiempo que experimentaba en mi interior una enorme sensación de felicidad.  Estas gravitaciones llegaron a preocuparme bastante al principio.  No era normal, o por lo menos no era como en los demás: nadie va por ahí dejando de contactar con el suelo sin proponérselo.  Me daba hasta vergüenza salir y ser señalado con el dedo. En especial cuando algún niño pequeño dejado llevar de su sorpresa y falta de malicia comentaba: “Mira, mamá, no toca con los pies en el suelo .!Yo también quiero andar así!”. Entonces me veía obligado a reprimir la ira que me asaltaba de la mejor forma posible confiando que alguna vez llegaría a su fin esta pesadilla. Después lo acepté como algo habitual en mí, aunque finalmente resolví no dejarme ver por entre la gente más que lo imprescindible.
Tuve que acostumbrarme a la fuerza  a vivir en la compañía de mí mismo. No es que estuviera realmente solo: tenía a mi familia. Pero la verdad es que su ayuda apenas me servía de nada. Aceptaban mi presencia y mis rarezas como algo inevitable y molesto, limitándose a no comentar nunca nada al respecto delante mío.  No obstante, lo que ellos pensaban de mí lo supe desde el principio: yo les resultaba molesto, la familia estaba marcada para siempre por mi culpa.  Sí me aguantaban era gracias a que mi madre se mantenía firme en su postura de que un hijo siempre es un hijo, incluso en la peor de las desgracias. Me hubiese gustado poner término a esta tirantez marchándome a otra parte en donde nadie pudiera relacionarme con ellos. Pero esto no era viable. No podía emanciparme de su tutela por falta de medios económicos.  Intenté buscar un empleo que me permitiera una cierta autonomía pero quién ¡ha a darle trabajo a una persona objeto de todo tipo de comentarios muchas veces malintencionados. Yo ya no era un adolescente , y, sin embargo, mi situación personal era exactamente la misma.  Vivir con los míos, dejar que ellos me mantuvieran sin poder evitarlo y confiar en que algún día llegaría la solución, aunque no fuera definitiva era la única alternativa que tenía y la acepté con resignación. Cuando nada más se tiene una, no hay dudas sobre cual tomar, hay la que hay y punto.
Mi proceso evolutivo seguía su curso hasta el punto de desalentar totalmente a todos, incluso a mí.  No se trataba de caminar sobre una especie de alfombra de aire sino que, en mis desplazamientos, ya era capaz de levitarme incluso más de un metro, permaneciendo todo el día, si me lo proponía, de pie, suspendido en el aire y sin apoyarme en ninguna parte.  Al principio era algo espontáneo: sentía la necesidad de elevarme y lo hacía, era algo superior a mí voluntad.  Después, poco a poco, fui adquiriendo práctica y lo lograba cada vez que me venía en gana. !Era tan estimulante!.  Permanecía largos periodos así, en lo alto, contemplando maravillado aquel espacio vacío y azul que tanto me atraía.  Deseaba poder llegar a él, alcanzarlo y poseerlo, que fuera para siempre mío.  La vida corriente me aburría, mientras que en este nuevo mundo todavía desconocido, estaba seguro, todo sería diferente.  Allí no veía nada concreto, sin embargo había algo que me reclamaba con fuerza. Yo pertenecía a ese mundo, era una parte integran te de él y estaba claro que un día regresaría.  Aun desconocía la fecha exacta, pero debía prepararme y ejercitarme para emprender el camino de retorno.  Desde entonces dediqué todo mi tiempo a familiarizarme aún más con estas prácticas, esforzándome al máximo, consciente de que muy pronto oiría la llamada y que a partir de ese momento comenzaría mi verdadera vida y que todo lo anterior no suponía más que un mero y simple tránsito.
Hace días que escucho la llamada.  Paso todo el tiempo contemplando ese infinito azul hasta extasiarme, y siento que debo abandonar a los que hasta el momento han sido los míos y marchar.  Todas las voces me reclaman.  Mi partida es inminente, aunque  lo que me queda de aquí lucha con fuerza y se resiste  a partir.  Lo desconocido siempre asusta.  Sé que no hay nada que me ate a este mundo, soy consciente de ello, pero ¿qué es lo que me aguarda en ese mundo todo azul?. No puedo contestarme, nunca he estado allí. Así que no me decido aún, no veo claro mi destino.  No sé a dónde voy y, como es lógico, supongo, eso me aterra.  Soy consciente de que no debo demorar más mí partida.  Allí me reclaman. Pero es tan difícil tomar una decisión que sea para siempre, resulta tan duro dejar todo lo que se tiene y quiere aquí, aunque no sea propiamente tuyo.
Esta noche no he podido dormir.  La he pasado dando vueltas, preso de una gran agitación presintiendo que el gran día ha llegado.  Me he levantado con el alba e inmediatamente he comenzado mis ejercicios sabiendo que eran los últimos y definitivos. Siento que la llamada es más intensa que nunca y sé que hoy no podré resistirme a ella.  Me duele tener que abandonar tantas cosas, y tan queridas, aquí, en este mundo de los demás que durante estos años me ha permitido desarrollarme como persona y prepararme para este futuro que ahora sé que me aguarda más allá del azul infinito que siempre he tenido presente ante mí y que aún desconozco.  No es que mi preparación hoy haya sido distinta a la de los demás días, es algo rutinario que ejercito como si tal cosa.  Sin embargo, hoy presiento que no va a tener un final, es mi último entrenamiento antes de superar la gran prueba.
Son las ocho de la mañana. Es un día muy claro y soleado.  Para mí nunca lo ha sido tanto.  No sé hasta qué punto mi nerviosismo es capaz de influir en mi apreciación.  Tal vez sea un día como tantos otros, como todos. He realizado mi entrenamiento cotidiano sin problemas. Estoy habituado a esta rutina que vengo practicando desde hace tanto tiempo.  Oigo la llamada y me resisto como puedo a seguirla.  Sé que no podré aguantar así por mucho tiempo. Sé que al final ella vencerá y me iré para siempre a no sé dónde. No cesa su insistencia, puede más su insistencia que mis resistencias.  Estoy resuelto a seguirla.  Es ya mi presente. Sin saber cómo abro la ventana consciente de que el inmenso vacío me aguarda.  Me elevo en el aire y comienzo a caminar hacia mi destino, ese espacio vacío y azul al que a partir de ahora pertenezco.  No me ha resultado nada difícil abandonar tantas cosas queridas para siempre y comenzar a caminar por el aire, siempre hacia arriba, dirigiéndome hacia una meta toda azul, sin límites. Sólo me resta decir adiós porque mi partida es sin retorno.  Ahora sí sé a dónde voy.

















EN EL CREPÚSCULO

Está oscureciendo. Poco a poco la luz solar se va apagando, amortiguando la claridad del ambiente. Los contornos de los muebles se difuminan cada vez un poco más. Me resisto a levantarme y encender la lámpara que tengo justo a mi lado, a mi derecha.  Son estos momentos tan difusos los que más me llenan, los que más me gustan.
Ni es de noche ni es de día.  Es un medias tintas, un claroscuro indefinido que ayuda a meditar, en especial cuando estas solo en casa tras una larga jornada plaga­da de horas de arduo trabajo.  Está anocheciendo, lentamente, sin descanso. Dentro de apenas nada será imposible distinguir algo, apenas podré intuir estos objetos queridos y cotidianos que me rodear, y que, de algún modo, configuran mi existencia dándole un sentido.  Son parte de mi vida.  La decoración de un espacio, en especial interior, es el fiel reflejo del carácter de quien lo habita.
En breve me veré obligado a levantarme para diluir estas sombras, eliminándolas definitivamente con un torrente de luz artificial.  Sin embargo me resisto a tomar la iniciativa.  Prefiero dejar que esa oscuridad también se adueñe de mí, me vaya poseyendo hasta anularme.  Es ella y no yo.  Yo en ella, confundidos. Me dejo llevar en la embriaguez de su caricia con luctuosa languidez, con placer morboso.  Siempre me han atraído sobremanera las situacio­nes apagadas y confusas. Me relajo en el sofá intentando que mi mente no se desvíe de lo esencial: la erótica del anochecer otoñal que llama al calor.  Prácticamente es de noche, los edificios colindantes apenas se distinguen. No son más que unas líneas negras trazadas en el propio ne­gror del espacio. Y mientras dura este relajamiento mío de súbito oigo que alguien abre la puerta de casa.  Sien­to que una corriente de angustia me paraliza por dentro, anulándome; viene de abajo y sube por todos mis huesos hasta llegar a la garganta formando un nudo que me impide respirar.
Vivo solo desde hace bastantes años. Nadie tiene otro ejemplar de la llave del piso.  Y sin embargo ha entrado con toda comodidad. No ha tenido ningún problema al abrir. He oído perfectamente cómo entraba la llave en la cerradura y giraba a sus anchas.  He saltado de mi asiento como ca­tapultado por un resorte desconocido en mí hasta el momento.  Sin pensarlo dos veces he accionado el interruptor de la luz eléctrica.  Y de pronto no sé cómo reaccionar.  Un hombre de estatura media, de aproximadamente mi edad, quizás un poco más viejo, moreno, con barba y unas gafas muy iguales a las mías está frente a mí.  Lo conozco, lo he visto muchas veces y sin embargo no sé dónde. Lo observo con detenimiento mientras él me mide con perplejidad en su rostro.  Los dos nos miramos sin saber qué decir. Ahora nos damos cuenta: es como si me estuviera contem­plando en un espejo.  Mi misma imagen está frente a mí. Quizás un poco más bajo de estatura... No hay duda: es mi doble, como un hermano gemelo que jamás he tenido.
- Perdone, pero esta es mi casa - me dice él sin mediar más palabra.
- No, se equivoca, ésta es mi casa - le replico yo sin alterarme.  Faltaría que ahora me vayan a sacar de mi ho­gar.
- De eso nada.  Puedo enseñarle la Escritura Pública de Propiedad a mi nombre.  Está guardada en ese cajón - y señala efectivamente el mueble y cajón en el que yo guardo todos los documentos y recibos del piso, dentro de una caja metálica para que en caso de incendio fortuito no se pierdan.
- También puedo enseñársela yo.  Y además, está a mi nombre: Andrés Marco - le respondo un poco alterado ya dada su osadía.
- Exacto, a nombre de Andrés Marco, luego es mi casa - me replica algo alterado - Así que haga el favor de abandonar inmediatamente  mi hogar.  No gusta llegar por la noche y encontrar extraños en mi comedor.
- Es que hay un problema: Andrés Marco soy yo.
- ¡No!, se equivoca.  Andrés Marco soy yo, vamos, desde que nací. -Y saco mi cartera para mostrarle mi Carnet de Identidad como aval de que no miento. Al mismo tiempo simultáneamente, él está realizando la misma acción que yo. De pronto nos encontramos ambos con el Carnet de I­dentidad del otro en la mano y sin saber qué decir. Su carnet es exactamente idéntico al mío, una copia perfecta. Incluso el mismo número y la misma  huella dactilar con esa pequeña mancha de tinta negra debido a que la marca del dedo se extiende hacia abajo. Nos miramos ambos sin saber qué decir.                                         
No sé cuánto tiempo ha pasado hasta que uno de nosotros  dos nos decidimos a romper la tirantez del ambiente, puede que haya sido una eternidad. No quién ha sido el que ha comenzado a hablar. A estas alturas no logro establecer una identificación de mi persona.¿ Yo soy yo, o soy el otro, mí doble?.
- Seamos sensatos y tratemos de resolver como personas adultas y civilizadas esta paradoja.
- Bien, de acuerdo.  Ambos somos la misma persona, como una imagen reflejada en un espejo inexistente...
 Nos sentamos a la vez, con los mismos gestos, de­jándonos caer con la misma fuerza.  Nos quedamos mirán­donos a los ojos con una misma perplejidad sin haber a­similado aún nuestro tremendo dilema. ¿ Por dónde comenzar?.
De pronto los dos volvemos nuestra vista hacia la puerta de entrada.  Alguien está girando una llave dentro de la cerradura.  La puerta se abre y ambos nos vemos re­flejados en una tercera persona que se parece a nosotros dos como una gota de agua se asemeja a otra.
Por lo visto ya somos tres Andrés Marco.  El trío nos observamos con detenimiento.  No hay duda. Vamos a repe­tir una situación anacrónica y preñada de comicidad que es mejor evitar como sea.
- Usted se llama Andrés Marco y ésta es su casa, ¿verdad? - decimos los dos a la vez.
- Efectivamente.  Y ahora díganme ¿ qué hacen ustedes en mi casa? .
- Tranquilo, tómatelo con calma - sin saber por qué y sin ponernos de acuerdo hemos decidido tutearnos.  Algo hemos ganado. No deja de ser un avance.
Con calma los dos primeros le vamos explicando al nuevo qué es lo que ocurre mientras nos cuesta aceptar la realidad tal como se nos presenta.  No se trata de que seamos un doble de nosotros mismos.  Conformamos una triada en nosotros mismos.  Y por qué no, voy a decirlo sin complejos: una trinidad.  Tres personas distintas con un solo Andrés Marco ¿ verdadero?.
Ahora sí es cuestión de sentarnos y tomarlo con calma.  No sé hasta qué punto vale la pena que nos pongamos a dialogar y a discutir de nuestro problema.  Creemos que de momento no tiene solución.  Además, ¿ qué nos va­mos a decir?. ¿Nos vamos a relatar uno a uno nuestra propia historia que ya conocemos de antemano porque los tres la hemos vivido simultáneamente?. No, los tres pensamos que es mejor no hacerlo, dejarnos de explicaciones. Somos ahora conscientes de esta realidad mientras fumamos en tres pipas exactamente iguales una picadura de la misma marca y que hemos cargado y encendido de manera idéntica, hasta el punto de que cualquier observador ajeno a nosotros desde su perspectiva no tendría ninguna dificultad en asegurar que nada más era una pipa la que se cargaba y encendía, y en estos momentos está siendo fumada por una única persona, reflejada en sendos espejos enfrentados.
Nos contemplemos con placidez, sin nervios ya, superados los primeros momentos. Yo diría que incluso con ca­riño en nuestras miradas.  No todo el mundo tiene la opor­tunidad de poderse observar por triplicado.  La imagen que uno tiene de sí mismo a través de un espejo es siem­pre sesgada, deformada por el cristal.  No es lo mismo que verte frente a ti mismo de carne y hueso a la vez que sabes que estás también a tu lado.  No sé si me explico. 0 tal vez sea que nadie va a poder entendernos.
Mientras nos relajamos sin decirnos absolutamente nada, porque los tres pensamos exactamente lo mismo y en estas condiciones de total compenetración, dado que somos la misma persona, cualquier palabra sobra, oímos que al­guien desde fuera esta introduciendo una llave en la cerradura de la puerta.  Los tres nos sobresaltamos ins­tintivamente.  Nos miramos a los ojos con perplejidad.  No hay duda.  El sujeto que acaba de entrar y que ahora se encuentra de pie enfrentado a nosotros lleno de azoramiento es también Andrés Marco.  Optamos por hacer que la situación le resulte lo más fácil posible de asimilar mientras percibimos que alguien está abriendo la puerta de la calle con una llave.  Una misma pregunta toma consistencia en nuestra mente sin que de momen­to podamos responderla: ¿ Cuántos Andrés Marco faltan aún por llegar?.

viernes, 15 de julio de 2011

NO PUEDO OLVIDAR MI PASADO

 No puedo ni quiero olvidar mi pasado
ni  renunciar  jamás a mis primeras raíces
cimientos en el juego siempre de aprendices
que son la forja del futuro  anhelado.

Somos y venimos  de donde venimos
en este largo sendero por otros ya hollado
entre unas infinitud de posibles caminos
que avanzamos tanto con brío como cansados.

Muchas veces caigo a tierra y me levanto
otras siento que ando muy equivocado;
aprieto los dientes y en el dolor aguanto
que la vida no es más que eso: rectificar
cuando crees que te has vuelto a equivocar:
dudas que te asaltan, bandazos y mucho que dar
y así, al llegar al final, saber que hay vida a evocar
en ocasiones abatido y otras  desde la altura
aunque la hayas compartido con los demás
porque la vida que has vivido es solamente tuya
y no lo olvides nunca, de nadie, de  nadie más.
La vida es … caminar, caminar y más caminar.

                                     Barcelona a 15 de julio de 2011

martes, 21 de junio de 2011

EL MEJOR RELATO JAMÁS ESCRITO


Dicen que el mejor relato, el único, no se escribirá jamás. Es cierto. Digan lo que digan los críticos literarios es así. Sea cual sea el grado de perfección alcanzado en uno concreto, siempre será posible superarlo, escribir uno aún de más calidad. Por eso, el mejor relato jamás escrito es, sin lugar a dudas, éste:

RECAPITULACIÓN NÚMERO 8


Todos los relojes se desvanecen. Se estiran, se dilatan. Se quiebran. Son informes, gelatinosos, llenos de arrugas, como demasiado viejos. Distorsionados, sin límites precisos. Sin ningún rasgo que nos permita reconocerlos e identificarlos como lo que son: relojes para medir el tiempo. Se han transmutado. Han perdido el sentido. Su ritmo exacto. Su tictac tan característico e identificativo. Son sólo eso: masas informes y gelatinosas que se deshacen. Los relojes fluyen y se evaden. El tiempo en ellos sigue la misma tónica. T el tiempo huye. No hay ya ni horas ni minutos. Todos los segundos están dejando de existir. Total, ¿para qué?. Al fin se han dado cuenta que su mecánica siempre fue absurda. Uno tras otro, como borregos en el matadero, haciéndose compañía, siempre avanzando del mismo modo, siempre con la misma cadencia y reiteración, tan iguales a sí mismos que se hace imposible el identificarlos. Uno, dos, tres... siempre pareciendo el mismo, uno y único, que se repite hasta la saciedad desde el principio porque no tiene nada mejor que hacer. Ahora, por suerte, se han sublevado. Han roto las cadenas que los ataban a una dictadura mecánica sin sentido, la peor de todas las dictaduras. Ya no hay segundos, ni minutos, ni horas. Nunca más habrá tiempo.
Elijo una alternativa cualquiera. No es que tenga demasiadas a mano, pero he de hacer algo. Echo mi reloj de pulsera en un vaso de agua que tengo delante de mí. Se diluye con una ligera efervescencia hasta desaparecer integrado en el agua. Yo lo contemplo con aquiescencia. Me deleito en su fluir. Nunca más tendré reloj. Se ha incorporado al agua, ahora es líquido. Es ya para siempre agua. Un agua que lava, al fin, el tiempo, ¡lo purifica!. Ahora dispongo de un vaso lleno d horas, días, años... incluso es posible, por qué no, de siglos. La hegemonía del tiempo medido, cronometrado, controlador, ha sido derrocada. ¡Volvemos a sentirnos libres!. ¡Somos libres!. Se terminó para siempre el temor a llegar tarde. Podemos hacer lo que nos dé la gana. La gente, la inmensa mayoría, no lo comprenderá. Pero no importa, se dejan llevar siempre. No disponen ya de su principal punto de apoyo, su referencia matutina. Ya no hay referencias. Todos están asustados. Qué van a hacer ahora que no quedan relojes, ahora que ya no pueden medir el tiempo, ahora que ya no pueden decir las diez y cuarenta y siete minutos. Nadie osa formular la angustiosa pregunta: «¿Qué hora es?», porque comienzan a comprender que ya no hay respuesta posible. Es ahora todas las horas a la vez, y ninguna. Todo es posible. El ayer, el hoy y el mañana se funden en una masa informe para no volver a separarse jamás.
Estamos esperando a que los muertos resuciten, lo harán en breve, y retornen a sus hogares, de donde nunca debieron salir. Vagarán por los espacios finitos, sin apenas, en esta atmósfera cargada, nauseabunda, como ciegos sin bastón. Mientras, ese resplandor rojizo y diáfano, frío, aterrador, voraz en destruir cuanto encuentra a su paso avanza, lo va llenando todo. Demasiadas cosas están ocurriendo a la vez sin que seamos conscientes de ellas. Los cuerpos deambulan sin sentido, de un lado a otro, buscando lugares que antaño conocieron y que un día dejaron de ser como eran para ser transformados en diferentes. Reordenados, reestructurados, remozados. Los cambios que todo progreso conlleva. Se equivocan, continuamente vacilan, cambian de dirección. Con frecuencia muestran su irritación emitiendo extraños sonidos guturales. Son unos quejidos lastimeros que causan pavor a quienes los escuchamos. Están desarraigados. Afanosamente intentan dar con sus orígenes, con lo que otrora fue suyo. Así mismo, los que tenían que nacer lo hacen de golpe, a borbotones, con apresuramiento, sin comadrones que les atiendan en el parto. Todo lo inundan con sus lloros. Poco a poco también nosotros nos iremos diluyendo, estirándonos, alargándonos, quebrándonos. Resultaremos masas informes, gelatinosas, llenas de rugosidades. Iremos lentamente tomando posesión de las cosas y de los seres, que como nosotros, se van metamorfoseando, integrándonos en cuanto nos rodea, hasta formar una amorfidad universal y compacta que lo abarcará todo. Desaparecerán nuestros odios y envidias, nuestras miserias, nuestras pequeñas flaquezas y mezquindades, todas ellas hasta ahora tan humanas. No habrá más individualidades, así, en plural. Seremos, a partir de ese momento, Uno, Solo y Único.
Huiremos a los bosques. Correremos entre los árboles esperando a que sus ramas comiencen a licuarse y gotear. Veremos cómo se vienen abajo pausadamente, sin estrépitos. Este nuevo sol difuso que hay en el cielo no tendrá ningún problema para llegar hasta los lugares más recónditos. Y nosotros vagaremos de un lado a otro, sin percatarnos de que cada vez nuestros pies nos resultan más pesados. De que a cada momento que pasa, si es que pasa, no es más dificultoso movernos y avanzar. Dentro de muy poco nos veremos obligados a reptar por el suelo, entre la basura que todo lo abarca, confundiéndonos con el barro y el polvo, volviendo a nuestros orígenes: el polvo primigenio del que posiblemente un día surgimos. Será nuestro retorno al Origen, al «en un principio era el Verbo». Será nuestra reintegración con el Todo... Y los relojes se desvanecen, se estiran, se alargan, se quiebran. Y el tiempo se metamorfosea en la Nada Absoluta que todo lo invade y llena.
Otros, la inmensa mayoría, las masas informes, anónimas de siempre, se arrastrarán hasta sus cloacas habituales, confiando en encontrar en ellas esa protección que siempre buscaron y que ya nadie confía en hallar. Se amontonan los unos sobre los otros mientras el mundo sigue su lento caminar hacia ese destino escrutable que nos aguarda. Salimos como podemos de los bosques porque comienzan a hacerse visibles todos esos seres deformes y monstruosos que hasta el momento habíamos logrado que permanecieran ocultos a nuestros ojos en los parajes más recónditos e inhollados. Esperan agazapados, alejados de nosotros, de la civilización, porque nos resultan odiosos y detestables. Ellos fueron la consecuencia de los primeros accidentes nucleares. Avanzan en muchedumbre, otra masa informe y gelatinosa más. Van arrastrándose hacia donde nosotros estamos, hacia las grandes urbes convertidas en masas licuantes. Hay que intentar evitarlos como sea. Tenemos que desprendernos, quedarnos al margen, del acoso al que nos están sometiendo. Son demasiados acontecimientos que se superponen simultáneamente y que nos causan pavor. Sin que nos demos cuenta, de súbito, nos topamos con un grupo de personas aterradas que se dirigen hacia el bosque, hacia los seres informes que nos acosan sin darnos tregua. Intentamos explicarles lo que está ocurriendo, pero no quieren escucharnos. Es imposible que nos hagan caso. Ya nadie se fía de nadie. Todos se han vuelto locos. No queda escapatoria posible. No se puede razonar con dementes. Es mejor que se vayan y se enfrenten con la cruda realidad que les aguarda.
Les dejamos marchar porque este hecho supone para nosotros un alivio momentáneo, una solución pasajera a nuestra situación actual. Se destruirán mutuamente y ganaremos un tiempo que no existe. Se comerán los unos a los otros, sin que esté en nuestras manos nada para evitarlo. No importa, Total, qué más da ya. Regresamos lentamente, como podemos, arrastrándonos, par encontrarnos con los nuestros, con los que jamás debimos abandonar. Todos los muertos ya han resucitado, ya no hay tiempo. Estamos llegando al final, a la solución redentora. Sus gemidos lo llenan toda. Deambulan sin un punto de referencia de un lugar a otro como lo que son: simples muertos recién resucitados. La ciudad ha desaparecido del horizonte, no está ya en su sitio, sólo queda un enorme vacío negro. No hay nada. Nos sentamos en el suelo. Podríamos ponernos a charlar para pasar el tiempo, revisar en un diálogo fructífero muchos conceptos que siempre aceptamos como válidos y que ahora... analizar los errores que en su día se cometieron y que ya no permiten el retorno. Sin embargo, optamos por la alternativa más cómoda: permanecemos callados, mirándonos intensamente a los ojos, sin ver nada, asiéndonos con fuerza de las manos hasta clavarnos las uñas, Mientras, a lo lejos, va apareciendo parsimoniosamente nuestro irremediable final. Ya hemos llegado. Ya no hay Tiempo. La Memoria Colectiva permanece. Ahora es el Tiempo del Hacedor.

jueves, 16 de junio de 2011

SOMOS LOS INDIGNADOS

Somos los indignados
ante el Parlamento estamos
y sólo recibimos palos
porque nos manifestamos.

No queremos que nos tomen el pelo
y nos traten como a bobos,
no queremos ser los loros
desplumados en este atropello.
Defendemos a la gente del pueblo
de esto, eso y ... aquello,
queremos que los más ricos
dejen de considerarnos tonticos
que nuestros electos representantes
dejen de legislar para los mangantes
y del pueblo llano lleven el lamento
a donde debe ir: al Parlamento