Sí, ya sé. Te paseas por la calle. Intentas distraerte. Y apenas si logras dar unos pasos. Todo está lleno de basura. Bolsas de desperdicios que apestan. Bolsas cuyo contenido se desparrama por el suelo. Cubos tirados en medio de las calles. Así no hay quien pueda. Además, intentas pasar entre la poca gente anónima que apenas transita, rostros apagados y sin perfiles, y te miran despectivamente, por encima del hombro, como si también tú fueras parte integrante de la basura abandonada en las aceras. Ante este panorama uno se pregunta qué se puede hacer. Creo que apenas nada. Una posibilidad es reírse: resulta divertido ver una gran ciudad llena de murallas de basura imposibles de rebasar. Otra posibilidad seria no hacer caso, como s nada estuviera pasando, no darse por enterado, pasar junto a los montones pestilentes bordeándolos, cuidando de no ensuciar los zapatos y ni los bajos de los pantalones. Supongo que aún debe de haber más alternativas, pero no vale la pena abordarlas ahora, y mucho menos tenerlas en consideración para un futuro inmediato. Es un hecho fehaciente, está ahí, no podemos evitarlo. Por tanto debemos resignarnos y aceptarlo. Nos afecta a todos, desde luego, aunque sean muchos los que no quieren darse por aludidos y giran la vista hacia otra parte. Es un problema general que debería ser resuelto de inmediato. Y sin embargo, las gentes prefieren mantenerse ocultas en sus casas y nada más salen cuando no les queda otro remedio. Temen el contagio. ¡Qué puede importar ya! Peligro, lo que se dice peligro, la verdad es que lo hay, y mucho. Si te detienes apenas un momento a pensarlo, tampoco es tan malo. De algo has de morir. Debería tomarse medidas, arbitrar una o varias soluciones, lo que sea, y pronto, para acabar con este problema. Son ya demasiados los días que llevamos con las basuras abandonadas en las calles sin que nadie haga nada para evitarlo. Seguramente todos han llegado al convencimiento de que también nosotros lo somos. Y los que aún no lo son totalmente deben integrarse en ella, formar parte de los montones de basura. Cuando todo sea desperdicios, basura, también las personas, el problema dejará de existir por sí mismo. Sería absurdo combatir algo generalizado de lo que también nosotros formamos parte. Mientras la gente permanecerá en sus hogares sin asomarse ni tan siquiera a las ventanas, todo lo más alguna leve sombra que osa mirar a la calle protegida por el anonimato clandestino de una cortina o de una persiana semibajada. La gente seguirá muriéndose en sus hogares, sin decir nada, sin intentar enfrentarse con esta realidad que ya les es ajena en cuanto han desbordado las posibilidades de ponerle remedio. Prosigo mi marcha sin pensar en nada, no quiero darle más vueltas al asunto, yo solo no voy a solucionar nada. Continuaré mí lento caminar por calles desiertas, entreteniéndome unas veces mirando algo en alguna parte, dándole patadas a una lata vacía hasta que desaparezca de mi trayectoria, después encontraré una segunda, y una tercera. Las latas vacías pueden ser casi infinitas. Iré así, con las manos en los bolsillos, deambulando sin rumbo fijo, contagiándome un poco más aún, jugando con las latas hasta que alguien grite en un momento dado protestando por el ruido que arma mi entretenimiento. Me llamarán gamberro. Y me sentará un poco mal al principio después ya no tanto No soy ningún gamberro; simplemente: no tengo otra cosa que hacer. De algún modo hay que matar las horas que pasan. Me detendré un momento para orinar sobre un montón de basura cualquiera. Experimentaré ese extraño placer que se siente en estas ocasiones tan solemnes. Mearse sobre tantos objetos nuevos que desde hace mucho la gente tira junto con la basura porque no saben qué hacer con ellos y los estorban. Es una sensación nueva que alguna vez en la vida hay que sentir para seguir siendo hombre. Aunque sólo sea por un día, o tal vez por apenas unas horas. Después moriremos todos: es algo inevitable. No tenemos solución. Todos, uno a uno, de varios en varios, a montones. Nuestros cuerpos irán engrosando la basura acumulada en las calles. Ya empiezan a verso en bastantes sitios muertos mezclados con los desperdicios. Cuerpos en de composición, llenos de gusanos, segregando humores hediondos. No debería permitirse esta falta de respeto para con los muertos. Aunque pensándolo bien poco importa ya. Nos hemos resignado rápidamente y por tanto no hay involución posible. Un pueblo resignado siempre sucumbirá. Es nuestro destino y yo no puedo ir en contra. La esperanza ya no existe. Es lo mejor: aceptar lo que nos viene encima sin preocuparse por ello. Hoy, mañana, tal vez pasado, moriré, como todos los demás. No se salvará nadie. Qué le vamos a hacer. Tampoco es tan duro. Conformarse y aguardar a que el momento llegue. Entonces todo habrá acabado. De algo hemos de morir, ¿no?
Soy Andrés Marco, licenciado en Ciencias Económicas. Me he dedicado a la enseñanza toda mi vida. Ahora estoy jubilado. Desde que tengo 20 años en mis ratos "perdidos" escribo. Lo hago porque me siento libre mientras emborrono una hoja en blanco. Dicen que se escribe para ser leído...ése es mi objetivo.
viernes, 18 de febrero de 2011
EL AGUJERO
Hoy me he vuelto a poner aquella chaqueta. Una chaqueta vieja y sobada que desde hace demasiado tiempo tenía olvidada dentro del armario. Los que me conocen pensarán que esto es imposible; ellos saben que nunca visto este tipo de prendas. Sin embargo debo aclarar que esta chaqueta corresponde a una época de mi vida muy anterior y aún hoy me pregunto por qué la he conservado hasta ahora. Tal vez se deba a un mero descuido mío. Sencillamente, no me acordaba de su existencia. El hecho es que esta mañana al abrir el armario como cada día con otro propósito he oído que me decía con voz suplicante: “Hoy me toca a mí, hoy me toca a mí. Por favor, cógeme hoy a mí”. De modo mecánico y casi sin pensar en lo que estaba haciendo me la he puesto y he salido con ella a la calle. Como todas las mañanas he cerrado la puerta de casa con llave, y en vez de guardar el llavero en el pantalón lo he metido en el bolsillo de la chaqueta.
A media mañana me he percatado de que no notaba en el pantalón el acostumbrado peso de todos los días, el frío metálico de las llaves contra mi pierna. Al principio me he preocupado un poco por esta ausencia. ¿Las habré perdido? Después, recapacitando, he caído en la cuenta de que las había puesto en el bolsillo de la chaqueta. Introduciendo la mano en el mismo las he buscado para asegurarme que así había sido, pero allí no había nada. Nervioso he recorrido con los dedos todo el fondo del mismo, pero no, tan sólo un pequeño agujero en una de las esquinas por el que apenas podría pasar un dedo. He pensado que de seguro se habían deslizado por el mismo y sin detenerme a pensarlo he decidido ir a por ellas.
Primero he introducido un dedo con algo de dificultad, a continuación el brazo y finalmente, con gran esfuerzo, he pasado todo mi cuerpo. Aquello estaba muy oscuro. No se veía nada, así que me he visto obligado a tener que ir palpando las cosas como haría un ciego para abrirme camino. Luego, poco a poco, mi vista se ha ido acostumbrando a esa oscuridad casi total y, entonces sí, he podido distinguir muchas cosas. Hay túneles y pasadizos por todas partes que conducen a donde están almacenadas toda esa serie de cosas que siempre perdemos, o al menos dejamos olvidadas eternamente, en el fondo de un bolsillo de una chaqueta cualquiera.
Se ha consumido todo el día mientras yo deambulaba de un lado a otro buscando las llaves sin que hayan aparecido por ninguna parte. He encontrado bastantes objetos cuya concurrencia desconocía, y otros que puede que en alguna ocasión echara en falta y cuyo paradero me resultaba ignoto. Yo antes tenía el hábito de meter en los bolsillos todos aquellos enseres que me atraían por algún motivo y todo cuanto tenía y me sobraba.
Ahora he vuelto a ver y recordar su efímera existencia y los tiempos en que fueron una realidad para mí. De este modo he pasado un día muy grato y placentero. La verdad es que estoy fascinado con haber tenido la suerte de reencontrarlos. Sólo hay una cosa que me preocupa un poco: también yo me he perdido por el agujero, en el fondo del bolsillo de mi chaqueta, y ahora no soy capaz de encontrar la salida del mismo. Tengo miedo de que al final, y eso resultaría desastroso para mí, llegue a olvidarme de mí mismo metido en el bolsillo de mi chaqueta.
lunes, 14 de febrero de 2011
R O S A M U N D A
Rosamunda, a sus catorce años, era una niña encantadora en la que se manifestaban cada vez más los rasgos de mujer que se está haciendo poco a poco y que muy pronto dejará de jugar con los conejillos del corral. A Rosamunda no le importaba sentir en su cuerpo la aparición de nuevas formas que la obligarían a tener que modificar su modo de vida actual. Era consciente de que un día no muy lejano tendría que aparejarse con algún mancebo del lugar, aunque de momento no le hacía perder el tino ninguno, y formar un hogar propio fuera de sus padres y todas aquellas cosas, pequeños lugares, recuerdos y vivencias que constituían su único tesoro; un tesoro que anidaba en su corazón a falta de algo mejor que colmara sus posibles anhelos.
Rosamunda no tenía ni grandes problemas ni grandes preocupaciones. Nada alteraba su plácido sueño de momento. Sus días eran como los de cualquier otra muchacha de su edad hija de siervos que trabajaban la tierra algo alejados, hay que reconocer que tal vez en exceso, de la protección del castillo de cuyo señor eran vasallos. Aunque este arrope ya no resultaba necesario. Antes sí, eran demasiadas las incursiones agarenas, nadie tenía la capacidad suficiente para hacerles frente y el morar alejado de la protección del castillo suponía un peligro que nadie estaba dispuesto a correr. Pero desde que se estableció el amán de Las Cien Doncellas había llegado la calma para los cristianos. Las algazaras de los sarracenos ya no preocupaban a casi nadie. Todos respiraban tranquilos. El señor y los moros quedaban lejos; ya no venían las huestes musulmanas en rapiña de mujeres para sus harenes. Entre villanos se comentaba, con chanza, que eran ahora más peligrosas las cabalgadas de los soldados del castillo que siempre se hacían con alguna que otra mozuela, siempre la más apetitosa, para calentar las sábanas de sus señores. Las bromas y comentarios respecto al número de concubinas del amo eran el pan de cada día. No en vano, en estas ocasiones, se referían a él como El Sultán.
A Rosamunda todas estas vicisitudes no le preocupaban lo más mínimo. Se estaba haciendo mujer y comenzaba a aceptar que su existencia sería siempre precaria, sin grandes sucesos, y que muy pronto se ajaría envejeciéndose prematuramente. Entonces sería una mujeruca fea y sucia como todas las del lugar en las que el señor no se fija. Y si llegara la ocasión de tener que ser una concubina más, que Dios no lo consienta, lo aceptaría como algo lógico y normal. La existencia del vasallo en todo momento es precaria, ya se sabe, el señor dispone de sus vidas a su albedrío y ellos, sujetos al vasallaje, nada pueden hacer en contrario. Mas éste no es el caso. Hasta el momento Rosamuda ha llevado una vida tranquila sin que incidencia alguna perturbase su crecer entre los animales de casa, en medio del campo, sin verse obligada hasta ahora a trabajar en el mismo. Sus hermanos sí, pero ellos son más mayores y, además, son hombres. Lo suyo es cuidar de las gallinas, los conejos, vaca y cochino. Nadie le ha hablado aún de amancebarse. Sabe que un día un mozo la pedirá al señor del castillo. Y éste accederá sin más. Hace años que el derecho de pernada no se ejerce. Él tiene más que suficiente con las damas del castillo y alguna que otra que sus soldados le consiguen.
Sin embargo las cosas de Rosamunda se torcieron sin contar con ella. Su belleza y lozanía fueron las causantes. Un día, muy de mañana, llegaron a casa los soldados junto con un caballero. Su hermosura y pureza, y el atractivo de la niña, todo hay que decirlo, habían llegado a oídos del castillo y el señor había dispuesto que Rosamunda integrara el grupo de Las Cien Doncellas que en aquel año serían entregadas a los sarracenos a cambio de la tranquilidad y paz de todo el territorio. Desde luego a Rosamunda esta decisión no le hizo ni pizca de gracia. Ser parte del tributo, dejar a sus padres y hermanos, y todo lo suyo a cambio de una existencia incierta en tierra de infieles no podía resultar apetecible para nadie; y mucho menos para Rosamunda, tan carente de vida fuera del restringido círculo familiar en que se había criado. Incluso era posible que la obligaran a renunciar a su Dios y convertirse en una adoradora del Alá de los mahometanos. No obstante esto último resultaba bastante improbable; no solía ser práctica habitual entre los árabes, más bien todo lo contrario: mientras les sirviera con sumisión aceptaban que los cristianos mantuvieran sus dioses.
No hubo retracción posible. Había sido elegida y no podía negarse. El señor era dueño de sus vidas y haciendas y él disponía libremente de todo ello para el bien común. Afirmar que Rosamunda lo aceptó sin más sería una falacia. Pero tampoco le preocupó en exceso. El futuro siempre resulta incierto y hay que resignarse. Por lo que la gente contaba tampoco era tan mala la existencia entre los infieles. Incluso era posible que mejorara su condición. ¿Quién podía asegurarle lo contrario?.
El pago del amán no fue aquel año precisamente un gaudeamus. Los moros eran conscientes de la situación vergonzante que cada año se repetía por las mismas fechas y no deseaban convertirla aún en más claudicante para sus tributarios cristianos. Importaba acarrear con el legado de las doncellas sin provocar ni incidentes ni humillaciones innecesarias.
Rosamunda fue una más entre las otras noventa y nueve pesarosas jóvenes, casi niñas todas ellas, que eran entregadas para siempre a los infieles. Ni tan siquiera consintió en que las lágrimas afloraran a sus mejillas. Hasta cierto punto, una vez aceptado su destino, le atraía ese futuro de aventura incierto que irremisible le aguardaba. La expectativa de salir del entorno cotidiano, dejar el valle, su condición servil a ultranza para integrarse en un mundo, por lo que se hablaba, mucho más sugerente podía perfectamente cautivar la mente de cualquier jovencita ávida de nuevas experiencias. Rosamunda había condonado su suerte; estaba decidida a poner al mal tiempo buena cara. Después de todo el aquí y el allí no ofrecían grandes diferencias.
Han pasado dos años de trajines y cambalacheo en los que Rosamunda no ha dejado nunca de ir de aquí para allá. Una vez incorporada al mundo musulmán fue entregada en custodia a una importante familia, en cuya casa sirvió como ayudante de cocina hasta que fuera asignada definitivamente como prebenda a otra casa que mereciera la donación de la doncella. Al servicio de esta familia, dentro de su séquito de siervos, viajó de un lado a otro, llegando incluso en una ocasión a conocer la Corte de Córdoba, sus jardines, su luz, su esplendor, su magnificencia. Córdoba quedó para siempre en su corazón.
A lo largo de todo este tiempo Rosamunda fue tratada con suma consideración. No olvidemos que había sido entregada en custodia y su nuevo señor no podía disponer libremente de ella. Más bien todo lo contrario, era responsable ante el Califato de la salud y bienestar de la doncella. Rosamunda ya no es aquella niña que hacía presagiar una futura mujer llena de encantos a descubrir. Ahora era una joven mujer realmente hermosa, llena de atractivo; una doncella a cuyo carácter se han ido incorporando signos claramente agarenos. Nadie la ha obligado a abjurar de su fe y de su Dios, sigue siendo, en el fondo, una buena ferviente cristiana; pero poco a poco se ha ido acostumbrando al modo muslimen. También ora mirando a La Meca junto con todos, por si acaso. Viste como una árabe cualquiera, le seducen las comidas y condimentos de su nuevo pueblo. Sin embargo no olvida los campos en los que un día vio la luz primera, sus padres y hermanos, la parquedad cristiana en la que se educó de pequeña. Hay algo en ella que le hace estar en constante contradicción: se siente musulmana, piensa y se comporta como tal pero en lo hondo de su alma queda una profunda reminiscencia de su niñez, de todas aquellas cosas que conformaron su modo de ser.
Córdoba supuso para Rosamunda la posibilidad de medrar. Tenía la convicción de que nada la sustraería de su actividad en la cocina. Mas sin saber cómo alguien fijó sus ojos en ella dentro de la enorme confusión que en aquel entonces imperaba en la capital del Al Andalus. No era frecuente que una cautiva permaneciera tanto tiempo sin ser entregada definitivamente. Rosamunda, a pesar de los pesares había tenido, de momento, la suerte de cara. Su trabajo no le resultaba nada penoso y, de algún modo, sus ansias primitivas de conocer mundo y gentes se habían satisfecho en parte. En el seno de la mixtura de las conversaciones que entretenían a la corte de Córdoba predominaban los comentarios sobre la galanura y belleza de una joven cristiana cautiva que servía en el séquito de Alí ben Mohamed ibn Hawhita.
Su fama llegó a oídos del también joven Yusuf ben Moharad Al Qasi, temido señor e invencible guerrero, famoso por sus campañas, siempre triunfales contra el infiel cristiano. Yusuf detentaba el gobierno de importantes núcleos de población en la propia serranía cordobesa, cercana a la capital. Y así llegó el día en que este joven adalid quiso ver a Rosamunda, posar su mirada dulce en la de ella, convencerse de que, seguro, la belleza de una cautiva, por extrema que fuera, jamás podría alcanzar la de una cortesana. Y mucho menos la de las concubinas de su harén, mujeres educadas desde su más tierna infancia para colmar los goces del hombre más exigente. Las mujeres cristianas, según la experiencia del joven Yusuf, eran de una catadura mucho más basta, desconocedoras del cuidado del templo de sus propios cuerpos. Cautiva sí, hermosa también, pero nunca tan cautivadora como una odalisca.
No obstante, fue el canto del mirlo en el amanecer; el deslumbrar de los rayos del sol que nace en la fría mañana, al agua pura y cristalina que te arrastra y subyuga en las altas montañas. Ojos negros enfrentados a ojos negros y escrutadores, atónitos al contemplar tanta belleza oculta pero intuida agradablemente bajo el velo y el sayal. Formas redondas en su suavidad, maravillosas y apetecibles, clamando por ser acariciadas por mano aterciopelada y experta. El joven Yusuf cayó en la trampa. Se derrumbó ante tan suculenta tentación. Prendado de Rosamunda no pudo sustraerla ni un instante de su pensamiento. Una cristiana, una doncella que le impedía conciliar el sueño, una seductora infiel que le arrebataba la posibilidad de concentrarse en cualquier otro menester. En su delirio febril, rebosante de amor, suplicó la merced de que la joven cristiana le fuera regalada como nueva concubina en recompensa a sus méritos obtenidos en los campos de batalla.
El Califa no pudo negarle tan sencilla solicitud. Al Qasi era altamente apreciado por todos en la corte cordobesa. El propio Califa le distinguía con su aprecio y amistad personal. Nunca se le negaba ser recibido en audiencia cuando lo solicitaba, sin importar el momento y la ocasión. Era uno de los bienamados del soberano al que nunca se le negaba nada.
Una vez más Rosamunda tuvo que someterse a su sino con resignación. Nadie la interrogó acerca de si estaba dispuesta para ser la concubina de tan alto señor. Con sumisión abandonó a los suyos, a su familia de los últimos tres años - no tenía otra - y entró en el serrallo de Al Qasi. Para cualquier otra mujer esta circunstancia, formar parte del harén de Yusuf ben Moharad Al Qasi, habría supuesto un enorme honor, la máxima distinción que podía alcanzar su condición femenina, dignificada para el resto de sus días. Permanecer una noche en los brazos del apuesto Yusuf era el deseo enfermizo, inconfesable, de las jóvenes cordobesas. Sin embargo, para Rosamunda todo esto le era ajeno. De algún modo su mente en los últimos años había estado embotada. Tantas modificaciones: los cambios de residencia, la constante movilidad a que estuvo sometida, las novedades, el tener que adaptarse a la fuerza, el deslumbre de la corte cordobesa... en una muchacha de su edad y características, influyeron para que Rosamunda no reaccionara ante el futuro que se le avecinaba.
Fueron primero días monótonos, sin nada especial que la sacara de la apatía de un harén que la contemplaba como a una fiera en jaula ajena. Los perfumes, los baños a los que no estaba habituada, el ocio contemplativo, sofocante y asfísico que a nada conduce, las miradas preñadas de odio y celos de sus compañeras de cautiverio nada fácil pasaron como una lluvia que no llegó a calar en una Rosamunda ausente. Se entregó las 24 horas del día al cultivo del cuerpo sin poner nada de su parte, dejando que las celadoras más viejas y expertas lo acondicionaran y entrenaran para esa primera noche de amor de la que todas hablaban con luz en los ojos e intención en los labios, pero que a ella no seducía. Aprendió música incitadora y provocativa, melodiosas canciones insinuantes y atrevidas, escuchó cuentos maravillosos que la cautivaron, se entregó al deleite de la contemplación, conoció el arte de la seducción y desarrolló todo el arte que una mujer debe poseer para ser agradable a los ojos de un hombre tan sofisticado y exigente en el placer como era su nuevo amo.
El tiempo iba pasando. Poco a poco, no sin pocas reticencias, Rosamunda fue encontrando su lugar y acomodo en la cotidianidad del harén. Y así llegó la noche en que fue reclamada por su propietario para que demostrara los conocimientos adquiridos a lo largo de esos arduos meses de preparación y aprendizaje.
La rosa estaba presta para abrirse y desparramar todo su aroma. Y la rosa se abrió y arrasó con su fragancia para la eterna gloria de Alá. Se apuró la copa de vino hasta la última gota. Fueron horas que no pasaron para ambos amantes, tiempo detenido en el goce mutuo, arrobamiento de brazos que estrechan y dedos que recorren e indagan, bocas hambrientas que se buscan sin cesar, labios que pronuncian viejas palabras que para ellos suenan a nuevas, cuerpos sudorosos que se funden mientras el deseo no decrece, jadeos entrecortados al unísono, breves instantes de descanso, apenas para reponer fuerzas y reiniciar otro envite más fogoso que el anterior, elevación a la suprema dicha, miradas encendidas de deseo que se contemplan, gasto de vida que se regala con alegría. Rosa deshojada pétalo a pétalo, rosa ya para siempre sin espinas, rosa cuyo rosal será siempre amorosamente regado, rosa de olor penetrante, la más apreciada del jardín, rosa para siempre flor. La rosa fue abierta.
Y tras esa noche de entrega amorosa la niña Rosamunda, a sus diecisiete años dejó de llamarse Rosamunda para convertirse en lo que a partir de ahora iba a ser, La Favorita. Flor exclusiva entre todas las flores del jardín, la única contemplada por los ojos de Yusuf, la reina y la envidia del serrallo.
Fueron días de dejarse llevar entre las músicas y las canciones, los perfumes, tendida en el diván, saboreando sorbetes y golosinas, pastelillos cada cual más apetecible que el anterior, siempre contemplándose en los cautivadores ojos negros de su amado. Rosamunda no había conocido antes al amor y Yusuf, su Yusuf, fue para ella el descubrimiento de la gran capacidad de amar que su seno había ocultado hasta el momento. La sensualidad que acababa de descubrir no tenía nada que ver con lo que con anterioridad había intuido en su infancia junto a sus padres. Era el amor por el amor, la entrega al placer con infinitas variaciones, cada cual más atractiva que la anterior. Sus hermanos, su padre, le parecieron brutos, siempre maloliendo, mientras que su Yusuf practicaba todo un ritual previo, se acicalaba y perfumaba para la ocasión, la seducía de mil variadas y renovadas maneras, daba tiempo al tiempo, era sofisticado, suave, dulce, embriagador. Él era el músico capaz de obtener armonías y sonidos únicos tañendo el instrumento en que Rosamunda se transformaba en sus manos. Y juntos interpretaban la partitura de su amor ajenos a todo cuanto pudiese estorbar su dicha.
Fueron días maravillosos en los que Rosamunda dio cuanto tenía que dar hasta que comenzó a sentir las náuseas y los mareos. La noticia de que estaba embarazada se hizo pública con gran algarabía el mismo día en que Yusuf la convirtió en su esposa. No abandonó el Serrallo, pero sí su condición dentro fue muy distinta. Ya no era una concubina más, era la primera esposa de su señor. También abandonó el sobrenombre de La Favorita. Los festejos nupciales duraron cinco días, pero su participación nada más fue la mínima necesaria.
Llegó el sosiego dedicada a que fructificara la vida que llevaba dentro, en medio de los cuidados de todos. Mientras Yusuf tuvo que ausentarse llamado imperiosamente por la corte de Córdoba para volver a guerrear en la frontera. Los infieles se habían negado a pagar el Tributo, habían atacado e infligido una severa derrota a los creyentes y se hacía necesario retomar la situación para que las aguas tornaran a su cauce.
Las flores son efímeras. Aunque se las cuide y riegue, su vida es breve. No es que le faltaran atenciones, tuvo todas las requeridas y más, pero Yusuf no estaba a su lado. Pasaron los nueve meses y nació un hermoso niño al que pusieron el nombre de Yusuf, como su padre. El niño podía haber significado la alegría para Rosamunda, pero malas noticias hicieron que no fuera así. Las cosas nunca vienen solas y un día un mensajero trajo la confirmación de los malos presagios que el complicado embarazo habían sugerido. Yusuf había caído en la batalla. Su Yusuf, el amor único de su vida los cristianos lo habían cercenado para siempre. Le quedaba el pequeño Yusuf, pero ella sentía que el desgarramiento que se había producido en su interior era para siempre y que nada iba a hacer que ella rebrotase. La rosa había perdido sus pétalos, se había marchitado para siempre y ya nunca nadie volvería a sentir su fragancia. A partir de ahora iba a ser una rosa muda.
Durante poco más de un año Rosamunda siguió estando entre los mortales, señora de la casa si bien la hacienda pasó a manos del hermano de Yusuf, Amín. Una casa necesita de un hombre que la administre. A pesar de ser la cristiana, todos la reconocían como la única esposa del amo y por tanto su viuda, con todos los derechos. Derechos que a ella no le importaban, únicamente el recuerdo de su amor, de los gozosos días en que fue feliz al lado de su amado. Y en su ensimismamiento fue dejando retazos de sí misma por doquier hasta quedar reducida a una sombra que deambulaba por el harén, a veces se paraba y una sonrisa brotaba en sus mejillas, sin que nadie adivinara el motivo. Y pasó a ser, entre los corrillos del serrallo, La Loca. Nunca nadie osó decirlo delante de ella, pero la maldad siempre anida en los corazones de las comadres. La envidia no perdona.
Cuentan que un amanecer la encontraron dormida para siempre en su diván. Amín ordenó unas exequias acordes con su rango. No en vano había sido la esposa de su hermano. Cuentan también que fue enterrada en el jardín de la casa, en un rincón soleado y al abrigo de los vientos. Así mismo cuentan que con el tiempo de la tumba brotó un rosal sin espinas y con tres rosas, dos grandes y rojas y la otra algo más pequeña y blanca. Su fragancia inunda el jardín desde entonces. Nadie, aún hoy, cuando lo visita puede sustraerse al penetrante aroma embriagador que se respira por doquier. Una pequeña inscripción en árabe reza:
« Aquí yace Rosamunda,
rosa entre las rosas,
cuyo eterno aroma,
ilumina las sombras.»
Barcelona 8 de julio 1998
ON THE ROAD AGAIN
¿ Qué hora debe ser ya?. Muy tarde, seguro. No, mejor no mirar el reloj del panel. Está ahí, a la izquierda. Por suerte mi mano en el volante lo tapa. Me estoy poniendo nervioso pensando nada más en la hora. No quiero ponerme. Sé que no puedo hacerlo. He de seguir tal como hasta ahora voy. Dejándome llevar autopista hacia delante. Manteniendo la velocidad y la mirada fija en la raya del centro. Sin distraerme. Intentando que nada fuera del asfalto llame mi atención. ¿Cuántos kilómetros me quedan aún para llegar?. No lo sé. No me gusta llevar la cuenta. Pero, seguro que son más de trescientos. No estaré en casa antes de la una de la madrugada. Tere estará dormida, como casi siempre. No me gusta que me espere. Prefiero que sea así. De este modo no corro tanto. Las prisas son malas. Le daré un beso a ella y a los niños procurando no despertarlos. Cuando llegue a casa, claro está. Ya tendré tiempo de disfrutar de ellos todo el fin de semana. Hoy estoy más cansado que de costumbre. Comienzan a escocerme los ojos. Son demasiadas horas al volante. Demasiados kilómetros conduciendo con las luces cortas del coche encendidas. Es mi sino, ya lo sé. Y lo acepto. Cada uno se gana la vida como puede, o como mejor sabe. Yo, estando toda la semana fuera de casa, lejos de la familia, lejos del calor tierno de mis hijos. Tere lo lleva mucho mejor que yo. Comprende que es necesario este desplazamiento semanal mío a Bilbao desde Barcelona durante todo un año.
No quiero obcecarme en los mismos pensamientos. Tal vez debería poner un poco de música. La radio. Tal vez sí. Pero, tampoco tengo humor para aguantarla. Su monotonía me adormece. Eso es. Ahora he dado con la palabra adecuada. La idónea para definir lo que me está pasando. Me estoy adormeciendo. Y eso es peligroso. Volante y sueño son más que incompatibles. Es mi máxima desde que trabajo en Bilbao. En la primera estación de servicio que encuentre me detengo un momento, me tomo un café y descanso un poco. Llamaré a Tere para comunicárselo. No, es mejor que no lo haga. La preocuparé y decidirá permanecer toda la noche en vela hasta que yo llegue. Y no. Es preferible que duerma, como todas madrugadas de los viernes cuando yo llego. ¡Uf, casi las diez de la noche!. Ya me parecía a mí que era algo tarde. Con razón siento más cansancio que de costumbre. Bueno, debo tranquilizarme. No puedo permitirme el lujo de cometer tonterías con el coche. 3km. y una estación de servicio. Menos mal. Temía que faltara aún demasiado. 3 km. pueden ser una eternidad. Además, tengo ganas de mear. Excesivo líquido cuando he parado a comerme un bocadillo. Será nada más un instante. Tan sólo unos minutos para despejarme un poco y vaciar mi vejiga. Si pudiera ponerme unos palillos para aguantarme los párpados, todo solucionado. Sí, ya. No se puede. Resulta un recurso inviable. El chiste fácil. El asunto es no distraerme mientras pasa este último kilómetro. A noventa, qué le vamos a hacer. Luego, más descansado, volveré a pegarle un poco al acelerador. En nada recuperaré el poco tiempo que ahora pueda perder. Ahí está el desvío. Reduce, reduce, bestia. No se puede entrar tan fuerte. A cincuenta. No, gasolina no me hace falta, llevo de sobras. El depósito del coche tiene capacidad sobrada. Directamente a por el café.
Bien, ahora a echar una larga y cándida meada y en nada otra vez en ruta. «On the road again». Debe decirse así. Bueno, yo de inglés muy poco. No me hace falta, no lo practico y lo he perdido del todo. No me gusta encontrarme a la mujer de la limpieza dentro de los lavabos. No está nada mal ésta. Parece apetecible la tipa. En fin, yo a lo mío. No está nada mal, pero que nada mal. Bien, un poquito de mingitorio y otra vez al coche. Me está mirando. No me quita los ojos de encima. Sí, es a mí. Aquí no hay nadie más que ella y yo. No me gusta mear así, si se me corta el chorrillo la hemos fastidiado. Luego me picará todo un rato el pene. Y conducir así no es divertido. Pero es que me esta mirando la cachonda esa con descaro. ¡Qué desfachatez!. Igual es que le gusta mi pito. O que no ha visto nunca uno.
- ¿Qué, te gusta?. ¡Míralo bien! – le digo mientras me giro, con el pene entre los dedos de la mano, hacia la mujer de la limpieza.
- Sí. Me gusta. Es bonito, parece sabroso – me replica nada inmutada, sin apartar su golosa mirada de mi instrumento.
- Pues si lo quieres, es tuyo. Todo tuyo. Para ti sola durante el rato que quieras – me oigo proponerme sin que ni yo mismo identifique mi propia voz. Nunca había sido tan intrépido con las mujeres y menos desde que me casé. Tere sabe que siempre le he sido fiel, y eso que últimamente paso demasiado tiempo demasiado tiempo fuera de ella.
- Está bien. Acepto. En cinco minutos acabo. ¿Dónde tiene el coche aparcado?. Espéreme dentro. Enseguida estoy con usted. Todo mío. Eso es lo que me ha dicho – recita la mujer sin apartar la vista de mi cipote cada vez más hinchado entre mis dedos. Y aún añade, con una picarona mirada que preludia el luego: « Toda para mí».
-Vale, en mi coche te espero. Está aparcado bajo el cobertizo, al final de todo. No tiene pérdida. Es un Audi 4 blanco, matrícula de Barcelona.
- ¿ Qué, me deja eso que era todo para mí? – me espeta nada más sentarse junto a mí, sin mirarme ni tan siquiera a los ojos.
No sé que responderle, nunca me había pasado nada igual y estas situaciones me dan un poco de apuro. Sin más mediación, ella misma pone su mano sobre mi paquete. Toda la mano, ancha, los dedos hacia abajo, y frota dulcemente. Sigue sin mirarme. La percibo ávida y a la vez nerviosa. Desde luego no es una profesional. Sabe lo tiene entre manos mientras mi miembro va tomando forma, pero no es una experta. No sé, pero creo entrever la diferencia. Lo está haciendo realmente bien: mi pantalón desabrochado, yo en sus manos, su cabeza apoyada junto a mi mejilla, entreteniéndose en las caricias. Le paso el brazo sobre los hombros para poder poner mi mano en sus pechos. Para su edad aún los tiene firmes, llenos, sabrosos. Noto cómo sus pezones se yerguen pidiendo guerra. A partir de este instante ambos nos abandonamos en el otro. Dejamos que todo nuestro ser se prende de las excelencias del cuerpo compañero. Miradas de deseo, jadeos, lenguas que recorren y no se detienen. Caricias y más caricias llenas de contenido hasta llegar al culmen de la cabalgada final y un orgasmo como pocos. No tiene sentido seguir explicando lo que las palabras no tienen recursos para expresar.
- ¿ Me das un cigarrillo?. Ha sido realmente bueno. Tiene gracia, sabes. Si se lo contara al llegar a casa a mi marido, no me iba a creer. No te preocupes, jamás se lo confesaré. No te pienses, es la primera vez que lo hago con otro. Yo no soy una de esas. Tengo un marido y unos hijos. Sí, la carne que a veces es débil y por una vez se ha dejado llevar. Lo siento por ti. Lo recordaré como la gran aventura fuera de mi vida. Sabes, follas bien. Mi marido al principio también era formidable. Luego, con el tiempo se ha ido limitando a cumplir. Un poco entre mis piernas, se corre y hasta la próxima. No sé por qué le cuento estas cosas a un extraño. Bueno, tan extraño no, ¿no?. Tal vez sea por eso. Un polvo con desconocido. Tiene gracia el asunto. Seguro que es por eso. Una, al menos en una ocasión en su vida, debe dejarse llevar por sus impulsos y darte lo que el cuerpo te pide. Me gustó tu culo al ponerte a mear. Eso ha facilitado el resto. No pienses que me ha resultado sencillo. Tengo mis principios, y entre ellos está el de no acostarme con el primero que pasa, aunque me guste. Siempre le he sido fiel a mi marido. Nunca le he puesto los cuernos. Bueno, de pensamiento sí, pero eso es otra cosa. Ya ves, ahora ha sido diferente. ¿ Te importaría darme otro cigarrillo?. Está bien eso de fumarse un buen cigarro a continuación,. Sabes, es que yo no fumo, nunca la había hecho, es la primera vez. Sí, ha estado realmente bien. Una es mujer y necesita en ocasiones la ternura y la delicadeza de quien sabe apreciar lo que tiene entre las manos. Ustedes, los ricos, de estas cosas saben más. Y mejor. Mi marido es bastante bruto. No tiene miramientos. Nada más va a lo suyo, y si a una la deja a dos velas, pues eso. A conformarse y si no, pues lo que yo digo, no haberse casado. ¿ Qué hora es?. ¡Las once!. Lo siento, majo, pero una tiene que salir corriendo para no tener que dar explicaciones luego. Hasta siempre. Y suerte. Que te vaya bien, guapo.
Y sin añadir nada más sale corriendo del coche. Si, ciertamente ha estado bien. Tampoco yo se lo contaré a Tere. Nunca lo entendería. Con una mujer que no mataba de la que ni tan siquiera se su nombre. Será la aventurilla fuera de mi vida, como ella ha dicho. Las once ya. Llegaré más tarde que de costumbre. En fin, qué le vamos a hacer. Tiene gracia, le ha gustado mi culo. Y yo que pensaba que apenas tenía nalgas. Bueno, mejor no seguir pensando, es mejor continuar. De nuevo en ruta.
LA TETA DEL TÉ
Nunca me había fijado en aquella mujer. Y sin embargo, por lo que luego supe, en más de una ocasión nuestros pasos se habían cruzado. Yo, al salir del trabajo, solía deambular por debajo de los porches de la Plaza, entre la gente, contemplando los escaparates de las tiendas con tantas cosas tentadoras que nunca compraré, y, seguramente, envidiando a todas aquellas parejas que merendaban sentados en las mesas de las cafeterías al otro lado de los cristales, o bien se cogían de las manos y se besaban al amparo del calor del salón del Gran Café que, a estas alturas del año, ya estaba con la calefacción encendida. Yo no tenía ninguna premura por llegar hasta mi modesta habitación, en la que el frío, la humedad y la falta de luz natural me echaban de continuo a la calle, en donde, a pesar de todo, siempre me encontraba menos solo, más arropado entre mis semejantes, aunque nunca nadie recalara en mi persona.
Y así fue como una tarde más bien gris la conocí sin proponérmelo. Iba yo caminando por debajo de los porches totalmente distraído cuando de pronto choqué con una figura femenina. Fue un fuerte golpe de costado y algo que ella llevaba en las manos cayó al suelo. Era un paquete pequeño, muy bien envuelto, que al aterrizar contra los adoquines del suelo, se rompió. Azorado como estaba, nada más pude balbucear un casi inaudible "lo siento" y me agaché para recogerlo. También ella, instintivamente, se agachó con el mismo propósito. Fue entonces cuando nuestras miradas se cruzaron por vez primera y aquel rostro me sonrió con ternura. Nunca nadie lo había hecho antes. Noté que el calor de aquella sonrisa me envolvía y me arropaba. No era, como mujer, bonita, pero tenía algo que la diferenciaba del resto, algo que le concedía un atractivo singular y que resultaba demasiado difícil, en aquellos momentos, concretar el por qué de esa singularidad que la hacía tan apetecible. Con el paquete en mi mano, le comenté: " Cuánto lo siento, ha sido una torpeza imperdonable por mi parte. Lo que hay dentro se ha roto". “No importa - me replicó ella, algo confusa- era nada más una vulgar tetera. Ya compraré otra". "Nada de eso - añadí yo, tomando la iniciativa - la culpa es sólo mía. Le ruego, señorita, me permita comprarle una igual para compensarla por mi falta". De nuevo me sonrió, ahora con más franqueza. Sus ojos se encendieron al sonreírme y me parecieron maravillosos. Me atreví a esbozar también yo una sonrisa de complicidad. Ella insistió en que no valía la pena que no me molestara. Y en el fondo tenía bastante razón. Si hubiese puesto más atención en lo que llevaba en las manos en vez de vagar como una tonta, la tetera no se le habría caído. Luego no toda la culpa del suceso era mía. Además, se trataba de una sencilla tetera sin ningún valor, según ella misma confesaba. "No, le compraré otra idéntica - atajé resuelto -, toda la culpa ha sido mía". “Por favor, déjelo estar e incorporémonos – me rogó ella -, estamos, así agachados y sin movernos, llamando la atención. No tiene la menor importancia el que se haya roto". Aquel deseo de pasar desapercibida, de no llamar la atención en la calle me complació sobremanera. Denotaba que no era una mujer simple y vacua, del montón. En consecuencia, le reiteré mi voluntad de reponer aquella tetera desgraciada en el pequeño accidente. Por fin, y mientras caminábamos sin rumbo fijo, Beatriz, accedió a mi deseo. Yo le compraría una, le repondría la accidentada aunque no ahora, ella tenía prisa y no podía acompañarme, no importaba aunque no fuera idéntica. Y una tarde cualquiera se la llevaría a su casa y entonces saborearíamos juntos una taza de té. No tenía ningún sentido continuar deambulando de aquella insulsa manera, una vez me había dado su dirección, entre los porches, así que me despedí de Beatriz asegurándole que mañana mismo le tendría en sus manos una.
El resto de la tarde la pasé vagando por entre las calles intentando recordar dónde había visto yo antes una tetera única que me había llamado la atención. Quería de algún modo resarcirla y al mismo tiempo crear en ella un estado de simpatía hacia mí que nos permitiera seguir una relación amistosa que quién sabe a qué podía llegar. Por primera vez una mujer se había dignado concederme una sonrisa cariñosa. De pronto, y sin saber cómo había llegado hasta allí, hasta aquella tienda en cuyo escaparate una vez una tetera me había llamado la atención. Ya no estaba, pero, sin embargo, al fondo, y algo escondida, mis ojos vislumbraron una hermosa tetera de porcelana china que parecía bastante antigua. No lo dudé ni por un momento y entré decidido a comprarla. Resultó ser más cara de lo que yo había supuesto, no llevaba suficiente dinero encima para comprarla, así que tuve que dejar una paga y señal para que la apartaran hasta la tarde siguiente, en que, al salir de mi trabajo, pasaría a por ella pagando el resto. Problemas de dinero nunca he tenido. Si bien gano menos de lo que deseo, la verdad es que apenas tengo gastos y este hecho me ha permitido disponer de unos ahorros que no se van a resentir con este pequeño dispendio.
Aquella noche apenas pude dormir. No cesé de dar vueltas y más vueltas en la cama a pesar del frío. En mi mente no era capaz de desprenderme de Beatriz. Su encantadora y graciosa sonrisa, dedicada única y exclusivamente a mí me seducía y trastornaba. Y con su imagen me dormí y con ella soñé sueños inconfesables que me ruborizan y avergüenza el recordarlos.
La tarde siguiente, apenas salí de mi trabajo fui corriendo hasta la tienda a recoger la tetera china. Y con ella en las manos, con sumo cuidado, me encaminé, lleno de confusión e inusitada vehemencia, hasta la casa de Beatriz, convencido de que ella me aguardaba con los mismos pensamientos que bullían en mi mente. Al menos ese era mi deseo en aquellos momentos.
Subí las escaleras corriendo, y cuando llamé al timbre mi corazón palpitaba con tal fuerza que me asusté temiendo que se notara. Me recibió Beatriz con bastante frialdad, como si mi visita le resultara inesperada y hasta molesta. “No valía la pena que se tomara tantas molestias", comentó a modo de saludo sin darme ni tan siquiera la mano. Y yo que anhelaba enloquecidamente que salieran de sus labios otras palabras, o, cuando menos, una abierta sonrisa cómplice y preñada de sugerencias. Me hizo pasar a un salón comedor amueblado con parca sencillez, iluminado por un amplio balcón que daba a la calle. "Siéntese, enseguida preparo el té". Lo había olvidado por completo. Yo venía a traerle la tetera, a estar con ella, a pronunciar palabras, y silencios, cálidas, tiernas, que poco a poco nos fueran afianzando y quién sabe si con el tiempo podría sustituir mi húmeda, y fría habitación por este pisito mucho más acogedor, cuando en realidad Beatriz me había invitado a tomar el té por pura cortesía. Me volví hacia ella, pero no la encontré. Me había dejado solo entre los muebles y las rancias fotografías de familia que colgaban de las paredes para que éstas no se vieran tan desnudas.
Aún no había tenido tiempo de situarme cuando reapareció Beatriz con una bandeja con un juego de té para dos en las manos. Solícito me ofrecí a ayudarla. "Gracias, pero puedo sola". Por un instante pasó por mi mente la idea de que ella no se fiaba de mí; si dejaba la bandeja en mis manos, seguro que acabaría en el suelo con todo el juego hecho añicos. Me hizo sentar en un sofá de cuero, viejo y con los brazos raídos, pero confortable. Depositó la bandeja con suma delicadeza en una mesita pequeña y comenzó a verter el té en las dos tazas. “¿ Cómo le gusta, solo o con leche?". No vi recipiente alguno con leche por ningún lado y por nada del mundo deseaba que desapareciera de mi presencia, así que repliqué" Solo, gracias". “Yo siempre lo bebo solo, muy fuerte y sin azúcar. Es como mejor sabe", replicó Beatriz. Entonces me percaté de que tampoco había en la bandeja azucarera. A mí me agradan más bien poco todos aquellos brebajes que tengan sabor a hierbas; únicamente los acepto si están muy dulces. Resignado comenté: " Sí, el azúcar desvirtúa el verdadero sabor del té". Por primera vez creí intuir un esbozo de sonrisa en su rostro. Me tendió una taza con delicadeza mientras abría sus enormes ojos midiéndome de arriba a bajo. Aquellos ojos negros me encandilaron definitivamente. Beatriz no era bonita, con su melena negra y rizada y su figura delgada y sin apenas singularidades destacables. Y sin embargo aquellos ojos con vida propia eran suficientes para compensar el que uno dedicara toda su vida a contemplarlos. Sentí que el hielo se había roto al sentarse ella a mi lado, en el mismo sofá, si bien manteniendo una prudencial distancia.
Beatriz sorbió con precaución un poco del líquido de su taza, apenas mojar los labios y de inmediato dejó la taza en la mesita. Miró fijamente al paquete que yo había dejado a mi lado y con una expresión llena de picardía apuntó: “Es mi tetera, verdad". Asentí con la cabeza y se la entregué. Rompió el envoltorio con la impaciencia de un niño pequeño con su regalo de cumpleaños, “¡Oh, es espléndida!. No. No puedo aceptarla. Es demasiado valiosa para mí”. Y con un gesto que no admitía ningún género de dudas la envolvió rápidamente y me la tendió para que yo la cogiera. Su resolución y la rapidez con que actuó me cogió con sorpresa, con la tetera en mis manos apenas pude balbucear: “La he comprado para usted. yo rompí la suya". “Pero, es que... “. “ No hay peros que valgan, ni una palabra más. A mí me gusta esta tetera y le ruego que la acepte como una mínima compensación del trastorno que le he causado" - le repliqué yo lleno de resolución. "Bueno, si es así no insisto más y la acepto como un regalo que usted me hace. Y por favor, olvide el pequeño incidente de ayer tarde. Fue culpa mía, sólo mía. Lo ocurrido no tiene la menor importancia". Pensé que era mejor no enzarzarse en una pendencia baladí sobre mutuas culpabilidades. Y más ahora que la veía más distendida y acogedora. “De acuerdo, ya lo he olvidado". Y tras decir yo esta frase nos sumimos en largo silencio mientras ambos nos enfrascamos en nuestras respectivas tazas de té.
De súbito y sin que mediaran más palabras, Beatriz hizo algo insólito que me dejó preso de confusión. Tras dejar su taza en la bandeja se desabrochó la blusa y con la mano maniobró hasta dejar al aire un pecho blanco como la nata, turgente y hermoso, colmado, abundante y bien formado, con un grueso e incipiente pezón, sonrosado y retozón, maravilloso del cual ya no pude apartar mi atenta mirada, máxime cuando su figura no anunciaba un pecho tan grande y hermoso. Estaba como petrificado, sin saber qué hacer o cómo reaccionar ante tan inusual evento. Nunca me había encontrado en una situación igual y no sabía cómo reaccionar ni en donde fijar mi mirada Beatriz comenzó a acariciárselo con suavidad, con delicadeza, como si yo no estuviera allí con ella, provocándome con aquel pezón apareciendo y desapareciendo entre las yemas de sus dedos. Y no podía apartar mis ojos del mismo, pasmado como estaba. Hasta que dirigiéndose a mí, me invitó llena de picardía: ''¿ Le gusta mi seno?, ¿ Quiere acariciarlo un poquito?". Sí, anhelaba con fervor tenerlo entre mis manos eternamente, no desprenderme nunca del mismo, si Beatriz me dejaba sólo esa parte de su cuerpo, no importaba, yo sería su adorador perpetuo, si bien aquella proposición suya sugería la posibilidad de mucho más y que aquello no era más que un inicio de un todo; sin embargo, me quedé mudo, sin saber qué es lo que tenía que decir en esta ocasión tan singular y extraña, las palabras desaparecieron de mi mente y sobre todo mi capacidad de reaccionar y no digamos ya de tomar la iniciativa. Entonces Beatriz, viendo mi azoramiento y falta de decisión, asió mi mano y la condujo con suavidad hasta aquella teta que me aguardaba anhelante, lujuriosa, desbordando luminosidad y donaire, apetecible como ninguna. Toda para mi solo. Poco a poco comencé a rehacerme y presioné ligeramente el pecho con la palma de la mano. Beatriz sonrió complacida, satisfecha, asintiendo placenteramente a mi caricia. Yo iba tomando la iniciativa y ella se dejaba hacer, deleitada y casi obscena. Consintió en que jugara con su seno, que lo besara y saboreara con delectación, que mi lengua se entretuviera con aquel pezón dulzón y elástico que respondía maravillosamente a mis acometidas, que no ponía ninguna objeción a desaparecer por completo dentro de mi boca, que se dejaba mordisquear con fruición. En más de un momento intenté explayarme con el otro pecho pero Beatriz, en toda ocasión que lo intenté, me lo impidió. “No, con este es bastante" aducía cada vez que yo amenazaba con pasarme al otro lado. Ni tan siquiera me dejó verlo, siempre tapado por la blusa semiabierta, provocándome aquella piel blanca y fina que yo entreveía. Y sin embargo seguía incitándome, alentándome a continuar con mis besos, caricias y arrumacos en el otro. No recuerdo cuánto tiempo permanecimos con tan placentera operación. Pero sí que resultó sumamente gratificarte para mí, tan falto de ocasiones como aquella. Si bien debo reconocer que Beatriz, aunque estaba satisfecha, no denotaba entrar en momentos propios de obnubilación a causa del placer que sentía. En un momento dado Beatriz, con resolución apartó mi cabeza de su seno y abrochándose dijo: " Por hoy es suficiente. Mañana, si usted lo desea y no tiene nada mejor que hacer, puede volver a tomar el té conmigo. ¿Le espero a las seis?".
¿ Cuántas tardes fui a tomar el té a aquella casa?. No podría precisarlo. Todos los días aguardaba inquieto la llegada de las seis, consumido en el deseo de tocar y perderme con aquel maravilloso pecho. Salía del trabajo y me precipitaba corriendo hasta llegar a sentarme en su sofá. Siempre era lo mismo, como si cada tarde fuera un puro remedo de la anterior. Tomábamos una taza de té hecho en la tetera china que yo le había llevado el primer día y a continuación, sin mediar palabra entre ambos, ella se desabrochaba la blusa ofreciéndome su blanco seno, siempre el mismo, el izquierdo, el del coraz6n. ¿ Cuáles eran nuestras conversaciones cuando estábamos juntos?. No puedo contestar, no recuerdo ninguna que pudiera aclarar algo, si es que hay algo que precise ser aclarado, creo que apenas llegamos a decirnos nada. Aparte de las consabidas frases banales y hueras que como personas educadas todos se dirigen cuando se encuentran sentados en un mismo sofá, sin que exista un conocimiento profundo entre ambos o una amistad mantenida e lo largo de los años y mucho menos una intimidad compartida y cómplice, pero nada más, nada que hiciera presuponer una relación entre nosotros, ni tan siquiera una formal amistad.
Pasó el resto del otoño y todo el invierno sin que yo pensara en otra cosa que no fuera mi té con Beatriz, hasta que una tarde, al comienzo de la primavera, ella no respondió cuando llamé a su puerta. Pensé que por algún motivo extraordinario ella había faltado a nuestra cita, pues no había comentado nada al respecto la tarde anterior. Aguardé su regreso preocupado, pero Beatriz no vino. Volví al día siguiente y tampoco estaba hasta que una tarde, diez o quince días después, viendo que nunca respondía a mis llamadas, me aventuré a indagar por Beatriz con las vecinas. Llamé al piso de al lado y la mujer que me abrió me aclaró que: " La joven ya no vive aquí. Se ha marchado a otra ciudad. ¿Es usted amigo o familiar suyo?". No respondí, tampoco podía alegar nada y mucho menos confesar nuestra extraña realidad. Así que me alejé cabizbajo y apesadumbrado, incluso dolido: Beatriz me había abandonado. Regresé en más de una ocasión a aquella casa deseando fervientemente que Beatriz hubiese regresado hasta que una tarde una mujer madura me abrió la puerta. Era la nueva inquilina y nada sabía de Beatriz. Su marcha y alejamiento era definitivo, nunca iba a regresar.
Desde entonces suelo pasearme todas las tardes bajo los porches, distraído, como aquel que nada busca en especial, mirando los escaparates, sumido en mis recuerdos, en mi dedicación vehemente al pecho de Beatriz, confiando en que en alguna ocasión chocaré con una mujer de cuerpo frágil y que una tetera caerá al suelo y se romperá. De momento ya tengo localizado dónde comprar una de porcelana china, sólo es cuestión de saber esperar.
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