Veo sonrisas,
sonrisas tímidas
señal de alegría
velada por mascarillas.
Miro al cielo
limpio y azul
en un pensamiento
yo me pierdo
¿qué sabes tú?.
Y no me respondo,
necesito un argumento
demasiado hondo
y sí, lo lamento
pero al final hay luz.
Soy Andrés Marco, licenciado en Ciencias Económicas. Me he dedicado a la enseñanza toda mi vida. Ahora estoy jubilado. Desde que tengo 20 años en mis ratos "perdidos" escribo. Lo hago porque me siento libre mientras emborrono una hoja en blanco. Dicen que se escribe para ser leído...ése es mi objetivo.
Veo sonrisas,
sonrisas tímidas
señal de alegría
velada por mascarillas.
Miro al cielo
limpio y azul
en un pensamiento
yo me pierdo
¿qué sabes tú?.
Y no me respondo,
necesito un argumento
demasiado hondo
y sí, lo lamento
pero al final hay luz.
Insomne busco y no hallo aquellos sueños
perdidos, juveniles
e inocentes anhelos
escondidos
en no sé qué recónditos recovecos
y que hoy me
pregunto a dónde se fueron.
Aquellos
jóvenes sueños que quedaron atrás
difíciles
cada vez más de poder recuperar,
y no es que
se hayan quedado olvidados,
simplemente,
han sido día a día arrinconados
y remplazados por incipientes desvelos
que aunque viejos nos asemejan nuevos,
aceptando que uno hace lo que puede
y el que no se conforma es porque no quiere.
Siento que me están robando el tiempo
yo perdido entre estas cuatro
paredes
con la cansada mirada ya
extraviada
buscando el pretendido cercano horizonte
que hace demasiados meses que
no hallo
y menos intuyo dónde se
encuentra.
Miro por la abierta ventana
de casa
y sólo veo más y más abiertas
ventanas,
paredes, ladrillos y muros
infranqueables
entre los que sé que el
tiempo no se halla
y destila en todo momento ácido mi alma
sintiéndome herido y postrado
en la cama
y mientras el tiempo afuera
se desvanece
yo me interrogo si ganaremos
la batalla.
Añoro las olas del mar mojando la arena,
añoro esas sonrisas de una cara sincera,
añoro las montañas de mi niñez en la sierra,
maldigo al virus causante de esta pandemia.
Añoro pasear tranquilos de la mano,
añoro aquellas tardes de cada verano,
añoro volver a ver a mis hermanos,
maldigo a este virus que nos ha confinado.
Añoro, si, añoro la normalidad de los años
que por desgracia ya son historia y pasado,
añoro, sí, añoro tantas cosas de antaño,
que maldigo a este causante de tanto daño.
Si no hubiera piedras en el camino
nunca tropezaría ni caería
y entonces, ¿qué aprendería?
no me lo digas, yo lo adivino
¿que sólo hay rosas en la vida?
Sería como un pájaro enjaulado
con alpiste siempre de comida
o como un lechón bien cebado.
que rompan la anodina monotonía
como el voltear cotidiano de campanas
que alegran dando sentido al día a día.
Sentado en el banco oigo el fluir del río,
una leve brisa mueve las
copas detrás mío,
relajado contemplo el
horizonte finito,
montañas y montañas, mi paisaje querido
que me retrae a la infancia
que he vivido
a la que siempre regreso poquito
a poquito.
Me dejo llevar y pienso en el
hoy inmediato
con este virus virulento,
maldito y desatado
que viene a perturbar este
momento grato,
¡no!, cierro los ojos y me
dejo ir contrariado,
me niego a bailar a la fuerza
esta maldita danza
que cuanto hay de bueno e inmediato
aplaza,
todo el mundo tiene que jugar
la misma baza,
si hay un atisbo de vida, aún
hay esperanza.
Qué chica es
la realidad de la vida,
ayer,
chaval, creía que me la comería
y hoy,
apenas un suspiro, la intuyo ida.
Al menos sé
que no ha sido toda perdida:
repaso mentalmente
todas las fotografías
que en algún
momento han sido retenidas
y tengo
claro que no son lo que ayer quería.
Sueños que
sabías que jamás se cumplirían,
ahora en la
distancia de la evidente vejez
sé que los
juveniles sueños, sueños son,
y no ha sido
jamás por falta de devoción,
ha habido
momentos opacos y mucha lucidez
pese a esos días en los que veo que es pura
idiotez
y es que
ahora, ya en la recta final, aún queda ilusión.