ANDRÉS MARCO

domingo, 26 de julio de 2015

Y ES QUE EN REALIDAD

Y es que en realidad ...
No, no, de verdad, no sigas
¿a qué realidad te refieres,
a la mía  o la que tú sientes?.
¿Cuál es la realidad mía
si según el momento mío
la percibo de forma diferente?.

Si de cuanto sucede no me fío
¿de qué realidad hablamos?
¿ de la tuya, de la mía, de la ...?.
Si cuando apenas nos demoramos
un breve instante, la interpretamos
cada uno de forma diferente,
si toda realidad es meramente
en sí misma efervescente.

De qué realidad quieres  tú
que hablemos detenidamente
si la realidad  real no existe
y sólo hay meros aconteceres
que cada uno interpretamos
en función de nuestros intereses
y , según cómo  la percibimos, 
 así vivimos y nos acomodamos.

Y es que en realidad ...

domingo, 19 de julio de 2015

EN EL CUBO DE BASURA



Desconozco cuánto tiempo llevo  metido aquí dentro, creo que es desde siempre. No recuerdo haber salido nunca de aquí. Si lo hubiera hecho lo sabría, o al menos tendría un recuerdo, por vago que éste fuera, del mundo exterior.  Al menos en mi subconsciente restaría una mínima reminiscencia de que hubo al menos una vez en que sucedió. Yo soy uno de esos, como la mayoría de los que aquí estamos, que puedo preguntarme, dentro de una perplejidad manifiesta aunque no absoluta, más no por ello todo lo contrario: relativa, no, únicamente en un grado diría yo intermedio: ni una cosa ni la otra. ¿Acaso es que existe un mundo fuera de éste en el que yo vivo? Hay quienes cuentan, y afirman si se les exige,  que sí porque ellos han salido fuera del cubo y lo han visto. Yo no debo fiarme demasiado de lo que todos ellos dicen. Yo no pertenezco a su grupo. Yo no soy uno de ellos. Jamás lo sido ni pretendido. Tampoco les envidio, todo sea dicho. Me conformo con mi situación y mi realidad, bastante precaria por cierto.
Nací aquí y aunque no recuerdo cuándo, estoy seguro de que de aquel día ya hace bastante.  Hoy soy una persona adulta y, además, han transcurrido ya los suficientes años como para que mis padres, que murieren siendo yo mayor, de su podredumbre y hedor no quede nada. Los enterraron entre varias pieles de plátano para que así estuvieran más cómodos. O al menos se sintieran así, porque nunca se está en ningún lugar mejor que en casa y cuando esto no es posible hay que buscar sea como sea esa posible confort. A mí no me importó en su momento demasiado y todavía menos ahora que ha pasado no sé cuánto tiempo. Quizás sea demasiado. No puedo acordarme bien, lo intento pero no lo logro. Cuándo y cómo ocurrió. Me lo pregunto y las respuestas se me escapan casi todas, apenas unos atisbos  de aquellos momentos y eso es todo. De un rato a esta parte he perdido ostensiblemente la memoria. Recuerdo que fue un funeral sencillo. A mí me hubiese gustado mucho que los dejaran donde ocurrió el accidente, mas quisieron moverlos de allí alegando, aquí siempre todos tienen algo que alegar, que entorpecerían sus cuerpos putrefactos el paso de los que por allí iban a transitar; por lo demás debo dejar claro que se trataba de un lugar alejado y muy poco frecuentado. Nunca vi a nadie por allí y eso que yo solía pasear por aquellos parajes con  bastante frecuencia. Es a causa de esto que mis padres murieron en aquel paraje. Venían, como era su costumbre, a verme y a traerme algo para comer. Les preocupaba el hecho de que pudiera pasar todo un día sin probar bocado. Yo acostumbraba a vagar siempre por zonas solitarias, alejadas del bullicio y griterío que produce, en cualquier momento y en cualquier lugar, la muchedumbre cuando se comporta como tal, que es lo más usual.
Ahora ya no soy así, me he integrado en lo que muchos llaman "espíritu gregario de masa“ por llamarlo de algún modo.  Siempre precisamos asignar nombres a los acontecimientos, a los sucesos, a todo aquello que ocurre o aparece porque sin nombre no son nada, pasarían desapercibidos para todos. .Sin embargo yo sé que ellos, los que dicen eso de mi, se equivocan. Hasta ahora he logrado engañarles. Es algo distinto, por mucho que pretendiera que lo comprendieran sé que jamás lo entenderían.  Difiero de sus opiniones  simplemente, aunque no lo exprese nunca. Así es mejor. O al menos yo lo entiendo así. No hay que suministrar información gratuita a quien luego puede utilizarla.
A mi también me gustaría salir alguna vez de aquí. Este cubo de basura ya está demasiado lleno de inmundicias y de desechos, y la gente, en consecuencia, se apiña, se aglutina en contados y determinados focos que todo lo llenan y, en consecuencia, todos malvivimos. Yo deseo salir afuera, respirar del aire fresco y puro, ver el otro mundo si es que existe como dicen los que en él han estado alguna vez, conocer las verdaderas dimensiones de este cubo en el que habito desde que vine  al mundo. Y esto no es posible desde dentro del mismo. Sé que es grande porque se precisan varios días para ir desde un extremo al otro. Claro que para ello se necesita seguir las rutas ya trazadas de antemano por nuestros antepasados  y detenerse en todos los cruces de caminos que encuentras para conceder la prioridad a quien le corresponda en ese momento, lugar y circunstancia, según ordenan nuestras leyes y usos y costumbres de convivencia desde tiempos inmemoriales. Incluso puede suceder que alguna vez sea yo el agraciado con esa suerte y por lo tanto no deba aguardar a que pase otro antes que yo. Todo depende de llegar en el momento oportuno y no dejar tu vez y hacer valer tus derechos de ciudadano que paga sus impuestos y transita por parajes poco o mucho conocido, según los casos y conveniencias.
Estoy seguro de que si fuera posible marchar en línea recta sin tener que detenerse a cada momento siguiendo las normas ya establecidas por la comunidad sería mucho más corto el camino. No obstante creo que no resultaría tan cómodo y entretenido. Pues a veces, no siempre, claro está, te encuentras en los cruces de los caminos con personas de toda clase de pareceres y de opiniones, y si alguna vez llegas a confraternizar con una o con varias de esas personas, según el caso, puedes encontrar un verdadero deleite en la conversación subsiguiente. También es cierto que otras veces, las más, se pasa sin apenas detenerse a saludar a los compañeros del camino. Y hay otras ocasiones en las que te ves obligado a luchar o pelear de palabra o de acto con tu adversario para hacer prevalecer tus derechos. Además se corre el peligro de ser atacado cuando duermes en campo abierto por algún malhechor o algún asaltante de caminos y verte, así sin buscarlo ni desearlo, de pronto, de ese modo tan poco cortés, privado de tus cosas más necesarias, de tus vestimentas e incluso, si llega el momento, que más vale que no llegue nunca, de tu propia vida. Por eso las autoridades suelen recomendarte, ya que ellas nada pueden hacer en contra de los asaltantes de caminos, que aguardes a la partida de alguna caravana de emigrantes o de mercaderes, aunque si son estos últimos tampoco es muy recomendable, ya que si no vas solo corres el peligro de ser atacado con mayor frecuencia debido a lo que estos mercaderes suelen transportar, y te unas a ellos hasta final de trayecto.
De todos modos yo preferiría hacer una vez la excursión yo solo y en línea recta, sin tener que dar tantos rodeos para llegar a alguna parte ya que yo no pretendo tal cosa si no tan sólo llegar a conocer las verdaderas dimensiones del cubo de basura en el que una vez nací y en el que siempre he vivido, al menos hasta el momento. Para ello debo aguardar el momento propicio, cuando las estaciones de los fríos y mal tiempo ya hayan pasado. Entonces cogeré aquellas cosas que me son más imprescindibles, que son bastante pocas por no decir ninguna ya que llegado el momento puede uno deshacerse de todo menos de lo que realmente te sirve: lo  que llevas puesto y punto, y marcharé campo a través hasta encontrar uno de los extremos y a partir de ese día comenzaré a marchar en línea recta sin detenerme ni desviarme hasta que llegue al otro extremo. Contando los días que he tardado de ir de una parte a otra sabré, sin miedo a equivocarme, pues yo no admito el error, siempre posible y por lo demás evidente, cuánto mide mi cubo de basura. Es posible también que yo encuentre en mi camino un lugar apacible y tranquilo, hermoso y de exuberante naturaleza, y yo lo considere idóneo para vivir allí y decida quedarme en el mismo para siempre con lo que mi proyecto no quedaría más que en un proyecto frustrado por una realidad consecuente consigo misma. Todo es posible, incluso que yo muera antes de haber alcanzado el otro extreme de mi mundo. No me hago demasiadas ilusiones.
Desde donde estoy yo ahora, antes de haber empezado a hacer incluso los preparativos del viaje, todo resulta y parece muy sencillo. Pero yo sé que no lo será porque siempre puedes encontrarte con barreras e impedimentos insalvables y cuando topas con una de esas contrariedades no queda otro remedio más que dar media vuelta y volverte por donde has llegado sin hacerte notar para que nadie, así, se percate de tu fracaso. No es conveniente que llegado el momento ocurra esto. Sería desastroso y repulsivo. Por otra parte también es posible que decida estarme quieto donde siempre he estado: aquí, sin moverme, evitando a las mayorías importantes que te buscan para comprometerte e incordiarte. Les cuesta aceptar que alguien quiera ser diferente o mantenerse al margen de lo usualmente aceptado como lo mejor cuando para mí no lo es.  Todo es cuestión de aguardar impacientemente, aunque no demasiado, tu turno y confiar, sin desesperarse, de que todo llegaré a su debido tiempo. Aquí precisamente es eso lo que más nos sobra: el tiempo para ejecutar algo. También puedes permanecer toda tu vida oculto, quieto, sin moverte, sin hacer nada de provecho. Aunque para ello sea preciso solicitar el correspondiente permiso a la administración.
Para todo hace falta siempre un permiso especial. Yo, por ejemplo, tengo mi certificado firmado, sellado  y en regla por el que se me permite dedicarme a explorar y abrir caminos y túneles en donde no los hay, entre cantidades enormes de basura acumulada aquí en el transcurso del tiempo sin que nadie, excepto yo, se haya preocupado de moverla y llevarla de un sitio a otro, de donde estorbe a donde no sea un obstáculo feo, ridículo y maloliente. Aquí somos muy pocos, bueno, únicamente yo, los que nos preocupamos por todos esos detalles que la mayoría considera improcedentes. Pero yo disfruto haciéndolo. Comienzo siempre por las cosas más pesadas. Generalmente no son redondas y entonces cuesta bastante el moverlas. Otras veces son botellas vacías, o rotas, o frascos y latas de conservas y entonces es mucho más cómodo y aprovecho la ocasión para descansar y recrearme leyendo las etiquetas que generalmente llevan pegadas los frascos en cuestión. Se puede aprender cosas muy interesantes, aunque no siempre, es según: hay etiquetas nuevas para mí y de ellas saco bastante jugo, y hay otras que siempre son las mismas. De todos modos las leo igualmente: es para distraerme, porque si yo me tomara mi misión como mera rutina llegaría a aborrecerla. Después hay cosas pequeñas que aunque también pesan lo suyo son más fáciles de ir colocando. De esta manera voy formando grandes montones de basura que voy configurando según me place: al final con las cosas menos pesadas como son los restos de las frutas y verduras que nadie quiere y tira al cubo de basura. En ocasiones, y es bastante frecuente, incluso llego a encontrar cosas de bastante valor: cucharillas de plata, objetos nuevos que no llego a explicarme por qué los tiran, en fin, hay siempre cosas al gusto de todos. Y yo cuando ya he terminado de hacer el montón me divierto tirándole cosas hasta que consigo romper su apariencia de compacto y una vez semiderruido, por lo general nunca logro deshacerlo del todo, la mayoría de las veces porque me canso y no encuentro ningún placer en ello, comienzo a separar las cosas y a ir agrupándolas según se me antoja para a continuación iniciar otro montón nuevo siguiendo los esquemas de los montones anteriores, aunque algunas veces, no siempre, para divertirme, los estructuro de otra forma y se desmoronan antes de que yo acabe de colocar cada cosa en su sitio y entonces incluso llego a reírme de mi torpeza y comienzo nuevamente a formar mi montón en otra parte distinta.
Cuando estoy verdaderamente fatigado, al anochecer de cada día por ejemplo, descanso echándome encima del de mi familia. Porque, aunque no lo he dicho antes muertos mis padres sólo quedo yo de los míos, si bien no estoy solo ya que somos muchos aquí. Y es esa soledad la que muchas veces me hace dudar de lo que estoy haciendo y es, en esos momentos,  cuando decido no tomarme  las ocupaciones mías a la ligera y emprender acciones nuevas como es mi intento de averiguar cuánto mide, de lado a lado, el cubo. También quiero saber, nunca estoy lo suficientemente contento con lo que ya conozco, soy insaciable, lo acepto sin discusión, pero no puedo evitarlo: soy así, siempre lo he sido, cuánto mide de alto dicho cubo, pero esa tarea es bastante mas difícil, por no decir imposible. Lo he intentad demasiadas veces. Para ello suelo levantar mi brazo con el dedo mirando hacia arriba y empujo y empujo con todas mis fuerzas mas no consigo nada. Tan sólo provocar un alud de arena de color azul que cae sobre mí y sobre lo que a mi lado está. Siempre debemos tener mucho cuidado porque como la basura que constantemente echan sobre nosotros  no está aún consolidada al movernos la hacemos resbalar  y caer y caer hasta aplastarnos contra otros restos de basura que están debajo de nosotros. De todas formas yo he pensado algunas veces, porque yo también pienso, que  podríamos lograr llegar hasta la superficie  teniendo mucho cuidado y apuntalando muy bien todo el túnel hasta arriba  a medida que lo vayamos abriendo. Sería como hacer un túnel hasta llegar a arriba, entonces entraría a través de él la luz y el aire y podríamos ver muchas cosas que dicen que existen ahí fuera y que hasta ahora nos son desconocidas, porque por el momento, como no tenemos ninguna de ambas cosas, la vida aquí se nos hace bastante monótona y difícil. Aunque también pienso que nosotros no estamos acostumbrados y podría provocar situaciones y conflictos que es preferible no pensar en ellos. Cundiría el espanto entre todos. Pese a todo ello, creo que lo he pensado bien y en vez de averiguar las verdaderas dimensiones de mi mundo, un día de estos voy a decidirme definitivamente y comenzaré entonces a escalar sobre la inmensa basura y arena que nos sepulta y aunque caiga, que caiga, yo intentaré por todos los medios, y estoy seguro de que si me lo propongo lo conseguiré, salir al exterior para ver las cosas que allí dicen que hay. Es una posibilidad que me permito apuntar como a tener en cuenta cuando sea llegado el momento. Y no me importará ser cada vez sepultado por las basuras y arena azul que los que están en las capas superiores me echarán para impedir que yo consiga salir a la superficie. Por ahora he de pensármelo más y decidirme cuando menos lo piense, porque estoy seguro de que si lo pienso demasiado  me pasaré todo el tiempo sin reaccionar, sin tomar una decisión definitiva, sin hacer nada, moviendo y componiendo montones y más montones de basura por todas partes, sin obtener nada positivo para mi voluntad. De momento he optado por esperar un poco a ver qué sucede. Y eso ya es algo que puede acarrearme consecuencias gratas y que yo no voy a dejar pasar. Las ocasiones que se te puedan presentar en un cubo de basura son escasas, casi nulas, y hay que hacerlas rendir al máximo, aunque no sepa cuánto tiempo van a durar, aunque desconozca sus verdaderas dimensiones y sus verdaderas consecuencias posteriores. Porque las ocasiones que te se pueden presentar en un cubo de basura son, la verdad, muy pocas.









EPÍLOGO


Pese a que en la oscuridad la estancia parece estar vacía, cuando los ojos ya se han habituado a la tenue penumbra que sólo confunde los contornos por la falta de luz, se pueden apreciar varias personas echadas en el suelo, en el sofá y en las butacas. En un rincón, medio tumbado, tal vez demasiado joven, aunque es difícil apreciarlo por la  ausencia de luz, está terminando de fumarse un pitillo. Apenas una colilla sostenida en los labios que en algunos momentos se enciende de rojo intenso, luego nada.
¿Cuánto tiempo permanecerá tumbado tomando buena nota, como si de notario que levanta acta de cuanto acontece y se dice se tratase, ese joven con un amago de colilla demasiado mojada pegada en la comisura de sus labios, absorto, tal vez en quién sabe qué, pendiente de todo aquello que se mueve, de todo aquello que evoluciona o muta, de todo aquello que en su opinión merece ser referenciado? Nunca podremos  saberlo con exactitud porque sus expectativas de momento siguen siendo las que son: permanecer, apenas moverse, observar y, sobre todo, anotar para que nada se pierda y quede relegado al olvido, al sueño de los justos que se dice en ocasiones. Seguirán otras voces, otros registros y él continuará levantando acta a modo de Memoria de una habitación de cuanto oiga pero de momento sólo disponemos de la parte que a consignado hasta ahora.




Barcelona, setiembre 1970 - enero 1974

domingo, 12 de julio de 2015

HABLANDO DE SORPRESAS

Hablando de sorpresas
"Sorpréndeme" -  le dije.
Y me respondió:
"Sí, te voy a sorprender".

Y sí, la verdad es
que me sorprendió
y mucho.
Continuó sentado en el sofá

... mirando la tele.

martes, 7 de julio de 2015

EL ELEFANTITO


¡Perdone! A usted todavía no se lo he dicho. Sí, ciertamente, llevo un elefante en el bolsillo. ¿Se extraña?. Y por qué. Todos somos libres de hacer lo que nos viene en gana, faltaría más.  Sabe, yo lo llevo siempre conmigo, me acompaña a todas partes. Es mi comparsa y mi mejor amigo. Además, en mi bolsillo esta calentito y cómodo. Y me sirve de gran ayuda siempre que lo necesito. Nadie puede reprocharme nada. Claro que ve muy poco la luz metidito siempre dentro de mi bolsillo, pero no le quepa de que ahí él está muy a gustito.  Nunca me he atrevido a  maltratarlo.   Es más, lo cuido con especial esmero. Siempre es un consuelo saberlo. Es mi única compañía. ¿Quiere que se lo enseñe?...¿no?...Si lo llevo escondidito aquí en el bolsillo, sí, sí, aquí, no me supone ningún esfuerzo el tener que sacarlo para que usted lo vea. Todo se reduce a meter la mano dentro del bolsillo, cogerlo son sumo  esmero, sacarlo despacito para que no se sienta inquieto y mucho menos cohibido, sabe, es un poco tímido y asustadizo, y mostrárselo. Me sentiría muy dichoso de que alguien, aunque sólo fuera una vez, viera y elogiara con cálidas palabras de cariño a mi elefantito. A él le haría tanto bien. Es monísimo. Por lo menos a mí me gusta mucho, me encanta y me tiene obnubilado. ¿Se lo muestro?... ¿No me cree?. ¡Peor para usted!. Mi elefantito es mío, ¡sólo mío!: No tengo por qué ir por ahí, por las calles, por los parques, parando a la gente a la gente para espetarles, decirles más bien, poniendo cara de buena persona, que lo soy, créame, y con cierto énfasis de expectación para que al menos se detengan a escucharme: " Sabe, yo llevo siempre conmigo un elefante en el bolsillo ¿quiere verlo? Todos ponen cara de sorpresa, como lelos, y me dicen que no, que no les interesa o simplemente ni me miran ni me contestan, hacen caso omiso de mis palabras como si una obligación ineludible no les permitiera esa pequeña demora. Yo creo que no me creen en absoluto. Puede que sea por eso que me dejan así plantado, como una estatua y siguen su camino sin responderme nada. Mas yo sé que les digo la verdad. A veces introduzco la mano en el bolsillo derecho del pantalón temiendo que ya no vaya a estar, que mis dedos no van a poder acariciarlo porque se ha cansado de mi compañía y del desprecio al que se ve sometido y que ha decidido abandonarme. Y lo toco, y lo acaricio con delicadeza. No es que suela hacerlo con bastante asiduidad, no, pero alguna que otra vez sí: es un consuelo, sobre todo cuando me siento triste y abatido, cuando la gente duda de lo que yo trato de decirles compartiendo mi secreto y mi alegría para que lleguen a comprenderme. Hoy en día ya nadie se fía de nadie. Y sin embargo, yo me pregunto: ¿por qué no han de creerme si yo les digo la verdad?. Yo podría cogerlo sin más con la mano y mostrárselo a todos sin ningún esfuerzo, sobre todo a los incrédulos , pero estoy convencido de que seguirían su camino desconfiados y convencidos de que yo intento hacerles perder su tiempo. Todos se preocupan ahora de otras cosas, se sienten atraídos por qué se yo. Está claro, salta a la vista, que mi elefantito  no es capaz de atraerse la mirada y la atención de nadie. ¡No importa!.Me tiene a mí. No voy a ir por las calles enseñándoselo a todo aquel que pasa. Sería inútil por mi parte. Sólo conseguiría crearme nuevos enemigos y eso me disgustaría mucho. No pretendo estar mal con nadie. Me gusta que las personas sigan su camino. No deseo convertir a mi elefantito en víctima de cualquier desaprensivo que intente, en un momento dado cualquiera, cuando yo esté distraído en algo que me llame la atención, y son muchas las cosas que suelen atraerme normalmente, apoderarse de él.  Siempre hay desaprensivos dispuestos a apropiarse de lo ajeno si cree que para el propietario de eso ajeno tiene un valor. Resultaría absurdo que yo estuviera dispuesto a perderlo de un modo tan absurdo. Además: no saldría bien. Estos convencido. Sé que dicha acción fallaría. Cualquier cosa me pone sobre aviso. Soy en sumo  precavido y sé tomar bien todas las precauciones necesarias; incluso, yo mismo  muchas veces me doy  cuenta, me paso y recelo incluso de las personas más inocentes. No es que yo esté seguro de que algún día alguien intentará robármelo, apropiarse de mi querido elefantito. ¡No!.  Nadie sabe que yo lo tengo. Nadie lo ha visto jamás. Allá ellos.  He intentado múltiples ocasiones parar a un individuo cualquiera en la calle para explicarle la verdad de todo, detallarle uno por uno todos los motivos que un día me llevaron obligado a tomar la decisión de sacar de la caja en que lo tenía guardado  al elefantito y meterlo en mi bolsillo para que me acompañara, como fiel e inseparable amigo, a todas partes. Es desde entonces mi mascota, mi amuleto, mi ayudante de cámara. En fin, lo es todo para mí. Y no es que sea demasiado grande. Todo lo contrario. Es pequeño, diminuto, casi ínfimo. Un elefantito enano. Medirá aproximadamente unos dos centímetros de alto por uno de ancho y apenas tres de largo. Nunca he pensado seriamente en coger una regla y medirlo exactamente. Para qué si siempre lo llevo encima. Qué más me da que sea un poco más grande o un poco más pequeño de lo que yo me creo. Es mi elefantito y con  eso me conformo con que las cosas sigan como están. Tampoco es que yo sea un conservador, todo lo contrario: me he acostumbrado a verlo y a tocarlo siempre así y necesito que no cambie. Es más, si creciera o modificase su complexión física me sentiría enteramente contrariado y tal vez no podría aceptarlo. Dejaría de ser el mismo, mi elefantito. Jamás debe de ocurrir. De todos modos, no debo de preocuparme demasiado porque esto ocurra. Mi elefantito es de yeso blanco y está pintado de un color azul claro tirando a gris por un lado y por otro a verde. La verdad es que no soy capaz de precisar cuál es la tonalidad que predomina. El verde no, estoy seguro. En ocasiones pienso y me convenzo de que es el azul claro y otras me parece, por contra, que es el gris azulado. Tal vez no sea ni el uno ni el otro y todo quede reducido a un pigmento intermedio que se manifiesta a mis ojos según la luz del momento en que lo miro. De todos modos no me importa demasiado. Puede ser que el hecho sea más simple y no por ello más sencillo: unas veces es azul y otras casi gris, todo depende de cómo quiero yo verlo. Aunque tampoco su color le da una apariencia de elefante vivo como los que hay en África o en Asia. No, no es del mismo color. Parece como si no le importara aparentar lo que en realidad es: una miniatura no demasiado buena, necesitada de arte y de belleza, hecho con un vulgar y simple molde.  No obstante, tiene un aire especial, inspira cariño  y compasión. Quizás por su naturaleza simple es bonito en sí a mis ojos, adorable y encantados, atrayente a la vez dentro de su grandiosa pequeñez.  Es por todas estas razones que a veces salgo a la calle dispuesto a compartir mi dicha y mi elefantito, su posesión,  los demás. O cuando memos a intentar que algunos, escogidos al azar entre el gentío mundano, tengan conocimiento de que yo siempre voy con un elefante dentro de mi bolsillo y se den cuenta de lo que esto significa. No me quieren hacer caso,  pues peor para ellos. ¡Peor para ellos! Jamás compartirán la dicha de saber que llevo un elefante en el  bolsillo.


miércoles, 24 de junio de 2015

MARISOL

Marisol es una niña pequeña, de unos diez años de edad, rubita ella, con el pelo largo y lacio, sedoso, que le cae suavemente por los hombros. Es más bien una niña alta para su edad y delgada, nerviosilla, inquieta, distraída, incapaz de estarse sentada demasiado tiempo seguido en un mismo sitio. Le gusta mucho jugar, y no es que se divierta con sus muñecas: tiene muchas y no les hace apenas caso; prefiere, ella, correr con la bicicleta, hacer carreras con sus hermanos y amigos, y participar en mil y una diabluras todos los días. Además es una niña muy bromista y dicharachera. Todas estas cosas la convierten en una chica más o menos normal y corriente. Tiene una carita alegre y simpática, ella como persona también lo es, algo redondilla con un gracioso mentón por barbilla y unos preciosos ojos exageradamente grandes y azules, que hablan por sí mismos, tapados muchas Veces por esas enormes cortinas que son sus inmensas y largas pestañas, con una boquita pequeña y juguetona, como ella, y unos dientecillos muy blancos y algo grandes que asoman entre sus labios cada vez que ella sonríe asemejando un conejillo viejo y sabio.

Marisol es una niña vivaracha y traviesa que sin saber cómo lo hace saca todos los años muy buenas notas en la escuela. Seguramente se debe a que es muy inteligente. Esto le permite divertirse mucho todos los veranos sin tener que estudiar ni dedicar hora alguna al repaso de las materias cursadas a lo largo del año. Mas este ahora las cosas son distintas: Marisol siempre anda cabizbaja, pensante, entretenida y absorta en lo suyo, ya no juega como antes solía hacerlo, su cara ya no refleja la ilusión infantil de antes, hay algo que la ha transformado hasta tal punto que parece irreconocible incluso para los suyos: es una niña completamente distinta. Su familia, sus papás sobre todo, están asombrados con este cambio, les ha cogido de sorpresa. No pueden comprender cómo la muerte de la abuelita de Marisol  ha podido influir tanto en la niña si tenemos en cuenta que es pequeña y además está educada desde la más temprana edad  con muy buenos principios. Sin embargo, desde que murió la abuelita y la incineraron Marisol no ha vuelto a levantar cabeza. Ella sabe de sobras que lo mejor que podía sucederle  a la mamá de papá era morirse porque llevaba ya demasiado tiempo enferma postrada en la cama, padeciendo mucho y ahora, después de muerta, ya no iba a sufrir más y todos, especialmente la abuelita, descansarían al fin. Marisol había aceptado este hecho como algo natural y lógico, incluso pensaba que la abuela, con todo, ya era algo viejita y tenía ya suficiente edad como para morirse. Sería equivocado creer que el problema de la niña radica aquí esencialmente.
No, no es éste el caso. Ella estaba muy preocupada y la causa era la muerte de la abuelita, eso desde luego, pero no expresamente que fuese su abuelita, sino el de la muerte en sí, el hecho de tener que morirse, lo que en su cabeza daba vueltas desde hacía días era el problema que se planteaba con la incineración.

Un día Marisol ya no pudo aguantar más sus dudas y sus pesares y toda decidida fue a buscar a su papá a su despacho para hacerle algunas preguntas que quizás podrían resolverle fácilmente su problema. Entró en el despacho sin llamar a la puerta y  sin aguardar a que le dieran permiso para pasar, siempre lo había hecho así y esta vez no tenía por qué cambiar de costumbre, además, papá ya estaba habituado a esta forma de proceder, aunque no le agradaba, y ya no la reñía por ello. " Papá ",dijo sin más al entrar allí. "Pasa, hija, pasa ", le contestó su papá sin levantar apenas la vista de los papeles que tenía sobre la mesa. La niña pasó y se sentó en una silla al otro lado de la mesa, enfrente de su papá  sin decir nada y aguardó, como era su costumbre, a que papá se dignase hacerle un poco de caso. Volvía a estar inquieta y no paraba de moverse a pesar de estar sentada, intentaba no hacer ruido para no molestar. Era consciente de que ella allí era una intrusa que venía a perturbar el trabajo de papá, porque él, pese a que ahora estaban todos de vacaciones, no descansaba nunca. Pasaba el tiempo y Marisol no pudo aguantar más aquella especie de silencio no pactado, aquella actitud de no hacerle caso de su papá y al fin estalló diciendo: "Papá, ¿cuando yo me muera también me quemarán como a la abuelita?“   La pregunta sorprendió  a su padre, mas la contestó inmediatamente sin levantar la vista de sus asuntos: "Sí, hija mía, también te incinerarán como a todos nosotros "."Pues sabes, papá, yo no quiero que me incinereren, bueno...como se diga eso". Papá dejó lo que estaba haciendo para dedicarse por completo a la niña. Estas preguntas eran raras en ella. Jamás las hacía. Hasta el momento era una niña feliz con sus estudios, sus obligaciones, con sus ratos de juegos sin cuestionarse aún las grandes preguntas de la vida. "Vamos a ver, y ¿por qué quiere mi hija que no la incineren?"  "Verás, papá, si es muy sencillo. La abuelita y tía Matilde siempre han dicho que cuando uno se muere va su alma al cielo y que llegará un día en el que los muertos resucitaremos, las almas volverán a sus cuerpos y será el Juicio Final y todos, entonces, iremos al Paraíso. Y como comprenderás, si me queman al morir, cuando vuelva no tendré cuerpo, seré toda ceniza y no podré ir con todos y tendré que quedarme aquí para siempre, ¿ lo entiendes ahora?"  "Pero hija, ¿de dónde has sacado tú todas esas cosas?  Si todo eso es mentira" “ No, que la tía Matilde siempre lo dice". "No hagas caso a la tía, es una vieja solterona y está cargada de manías. Ahora nos incineran a todos porque como somos tantos no podrían enterrar a todos además que es mucho más higiénico, así que hace mucho tiempo ya que se decidió adoptar esta medida más sencilla, fácil e higiénica: quemar a los muertos, de este  ocupan menos lugar"."Pues sabes lo que te digo, que yo quiero que me enterréis bajo tierra". "Pero Marisol si tú no te vas a morir aún, que sólo eras una niña con demasiado tiempo a disfrutar por delante". "Sí que me voy a morir porque rezo mucho para morirme muy joven. Quiero morirme siendo joven y bonita". "Y, ¿eso por qué?". "Pues mira, papá, es bien sencillo: si ha de llegar el día en que todas las almas volverán a sus cuerpos, yo, entonces,  si muero vieja como la abuelita seré muy fea y estaré muy pachucha y sin ganas de hacer nada, sólo ir de la cama a la butaca renqueante y con un bastón y poco más y no quiero, prefiero morirme muy joven para que cuando resucite mi cuerpo sea fuerte y bonito y entonces todos me mirarán cuando yo pase al lado de ellos". "Mira, hija, tienes que olvidar toda esa sarta de tonterías que no sé quién te ha metido en la cabeza y no hacerle más caso a lo que tía Matilde diga. Yo tenía una tía, la tía Pilar, que murió mucho antes de que tú nacieses, que siempre decía que cuando nos morimos y nos entierran nos pudrimos enseguida y nos comen los gusanos y dejan nuestros huesos bien blancos y bien limpios, sin nada de carne. Y yo sigo diciéndote que estos gusanitos son después comidos por otros más grandes y estos por otros más grandes y estos por otros más grandes comidos a su vez por otros animales que los hombres matamos para comérnoslos. Y entonces resulta que nosotros nos comemos el cuerpo de los muertos. ¿Tú quieres ser comida por los gusanos y que después te coman los hombres?." "¡No!¡Aggg! ¡ qué asco!, no, papá,  no quiero que me coman ni que me entierren. Claro que entonces  ¿qué pasará cuando yo resucite si no encuentro mi cuerpo?". "Pues nada, Marisol,  serás incinerada y tus hijos y tus nietos guardaran tus cenizas". "Y cuando resucite ¿resucitarán también mis cenizas y se convertirán en mi cuerpo otra vez?"  "No lo sé, hija, supongo que todo eso que dice  tía Matilde puede ser muy bien mentira. Los cuerpos de los muertos no resucitan. Lo que sobrevive, según dicen, son las almas .No le des más vueltas al asunto y juega y diviértete que ya tendrás tiempo de pensar en todo esto cuando seas más mayor  ¿de acuerdo?". "De acuerdo papá".

Marisol salió del despacho no demasiado convencida con las explicaciones que papá le había dado. El problema seguía existiendo. A la hora de comer casi no probó nada, aquello debía tener forzosamente una explicación más correcta. A la noche hablaría de todo ello con mamá. Tal vez ella sería capaz de encontrar la solución. Aquella tarde se decidió a hacer caso de las palabras de papá y volvió  a divertirse mucho con su bicicleta: ganaba a todos porque era la mejor, la más rápida. No pensó más en el problema de su muerte. Por la noche, a la hora de la cena, tenía mucha hambre y comió todo lo que le pusieron en el plato. Después se acostó como siempre solía hacerlo, habiendo tornado largo  rato la fresca para dar tiempo a que la digestión estuviera hecha como papá  decía siempre.

A la mañana siguiente, con el sol del nuevo  día ya muy alto la niña se levantó como siempre,  sintió hambre y desayunó muy bien. La idea de la muerte había desaparecido de su mente. Volvía a ser la Marisol traviesa, vivaracha y juguetona de siempre. La Marisol alta y delgada, nerviosilla e inquieta, distraída, incapaz de estar demasiado tiempo seguido quieta en un mismo sitio.





jueves, 11 de junio de 2015

LA FELICIDAD ES SENTIR

 La felicidad es sentir  ahora que nada te falta
y no que tienes todo cuanto deseas y quieres,
porque el deseo es ilimitado y al final  te agota
al ver que todo  lo que  anhelas  aún no lo tienes.
La felicidad no es más que una suma de instantes
en los  que la mente  rebelde  en blanco mantienes,
en los que no piensas en después ni añoras un antes,
la felicidad  pasa y aunque  quieras no se detiene.
La  felicidad es en invierno esa sillita al sol plácido
es esa sillita a la sombra en las tardes de verano
mientras te convences  de que la vida es muy breve,
la felicidad es esa sillita, pequeña sí pero muy fuerte.



jueves, 4 de junio de 2015

MI PUEBLO

Cuando llegué a mi pueblo aquella mañana  de cielo cubierto de nubes que presagiaban lluvia no se
veía a   nadie en las calles.  Era lo acostumbrado, lo normal. Nadie deambula sin más, sin un objetivo  específico. Mis paisanos siempre consideran que hacer esto es una vil manera de perder el tiempo. Como si al hacerlo sintieran que el tiempo se les escapara. Yo ya lo sabía. Máxime cuando pienso que deambular, perder el tiempo sin objetivo en la calle, observar y relajarse, mirar a los otros, detenerse en las cosas que puedan llamarnos la atención siempre es bueno. Sólo se aprende a partir de la mera observación. Me apee con suma cautela  del coche de línea: un autocar viejo, destartalado y renqueante: más bien asemejaba una reliquia de la pasada guerra que un autobús que pudiera funcionar todavía. El conductor también tenía el mismo semblante: pequeño, algo jorobado, enjuto, taciturno, mohíno. En resumen: hombre de pocos amigos y de menos palabras aún. Hombre que no desentonaba en absoluto  con la postal del coche de línea: vehículo desvencijado, conductor descompuesto, como desquiciado deseoso de abandonar para siempre su obligación: acercar al pueblo alguna vez a algún viajero desorientado o perdido, lo cual no era mi caso. Había ido voluntariamente.
Ya estaba en mi pueblo, ahora debía interesarme ante todo por encontrar un alojamiento para mí y mis maletas. Cuando llegas la primera vez a un lugar con la intención de pasar algunos días es lo normal. No había nadie en los alrededores que pudiese ayudarme o al menos orientarme. Es lo primero que se hace siempre si ya no recuerdas las imágenes de referencia y quieres  alojarte en algún sitio acogedor y que no resulte caro. Pero nadie me esperaba, nadie sabía de mi llegada. ¿Por  qué iba a hacerlo?  Yo no había avisado a nadie de mi llegada, no reconocía ya a ninguno de los habitantes de mi pueblo y yo era allí un perfecto extraño, precisamente para los míos. Tampoco me quedaba familia en aquel lugar como para haberles hecho saber que iba a ir a buscar mi origen precisamente donde yo nací. Por todo ello se hacía totalmente innecesaria una notificación mía advirtiendo a alguien sobre mi llegada. ¿A quién iba yo a dirigirle la carta?  No lo sé, y la verdad es que no me interesa ni me importa lo más mínimo. Así que no tuve otro remedio más que preguntar a la única persona que junto a mí estaba: el chófer del autobús. No contestó enseguida. Hecho que me hizo pensar que después de tanto tiempo llevando el vehículo se había adaptado plenamente a su velocidad. Más bien me dio la impresión de que estaba dilucidando no tanto la respuesta, que debía de  conocerla de sobras, sino sobres si lo más adecuado era responderse o simplemente dejar de hacerlo y darme el chitón como respuesta. Al final se decidió por una de las opciones y me respondió que existía una fonda en la que indudablemente podría alquilar una habitación, pero que siendo yo de ciudad no sabía si... Me incomodó un poco su respuesta. El hecho de que no terminara la frase no daba lugar a saber qué pretendía decirme. No llegaba yo a adivinar qué intención se escondía detrás de sus palabras pronunciadas.
Fuera de mí le dije que no se preocupara por mi persona, que yo no se lo había pedido y que al fin y al cabo yo era natural de allí. Esta fue por mi parte  una confesión gratuita, concesión al fin y al cabo, que no debí haberle hecho nunca. Confesión no firmada ni sellada, pero ya se sabe: en estas tierras la palabra tiene más valor que todo lo que se pueda formular y demostrar en un papel escrito por muchos visos y sellos de autenticidad que lo avalen.  Ahora irían pasando de boca en boca mi hazaña interrogándose sobre quién podría ser yo. No tenía ninguna necesidad ni ninguna prisa por llegar a aclarar mi situación permanente, o tal vez pasajera, en el pueblo. No había por qué estabilizar nada ni darlo como seguro. Además, estaba más cansado de lo que podría suponerse a causa del viaje. Todo apresuramiento por mi parte sería inconsecuente y fuera de toda lógica. De este modo y con motivo de toda esta serie de razonamientos previos tomé la resolución más sensata: sentarme en el suelo y dejar pasar el tiempo descansando para de este modo tener ocasión de aclarar al máximo mis ideas, mis dudas, que hasta el momento más bien estaban demasiado confusas. Debo de confesar también que no me importaba el tener que permanecer varias horas o días, e incluso años si era preciso,  incluso hasta perder la noción del tiempo que pasa y no se detiene en aquella cómoda posición junto a mis maletas que evitaban que el fuerte viento de levante que soplaba entonces me diera en la cara.
Estaba a gusto en aquella especie de aletargamiento que no sé cuánto estaba durando: aproximadamente unos tres días, cosa que no puedo asegurar pues no había prestado demasiada atención a este hecho,  cuando alguien osó perturbar mi soledad, y por qué no mi dicha, Se había acercado con tal sigilo hasta mí que no me percaté de su  presencia  hasta que su  cuerpo tapó todo  posible e indeciso rayo de sol que llegaba tímidamente hasta mí para calentarme y reconfortarme produciendo la oscuridad total. Se quedó plantado ante mí y estuvo mucho rato mirándome en esa posición estática sin decir nada. No pongo en duda que sus motivos tendría para obrar de esa manera: ¡no me conocía! Yo era un forastero en tierra extraña, en mi pueblo, ¡increíble!, pero verdad, y posiblemente en su mente rondaba la duda de si yo estaba vivo o muerto: no me haba movido ni cambiado de posición desde que llegué y tomé la determinación de sentarme allí a descansar, en la calle, sin apresurarme a alquilar una habitación en la fonda que hubiese sido lo correcto. Pero hasta el momento no me era necesaria, no tenía por qué hacerlo. Aunque sé que la forma más correcta de obrar por mi parte hubiese sido ésta y no lo que estaba haciendo. Seguramente mi actitud habría llegado a irritar a más de una de las mentes más primitivas del lugar, sobre todo si tenemos en cuenta la pequeñez  y el alejamiento de la civilización del pueblo y también, y según me habían explicado cuando opté por hacer el viaje, la poca gente que viene de fuera hasta aquí y que cuando llega uno siempre será considerado un extraño y mirado con reticencia. Probablemente era yo el único visitante que había llegado a mi pueblo en bastantes años.
Su posición resultaba cómoda y auténticamente razonable. Tampoco me preocupé yo por dar razones a nadie. Y menos a un intruso que procedía sin tener en cuenta mi posible reacción y enfurecimiento por atreverse a molestarme en mi anquilosamiento de aquella manera tan inusitada para mí.  Tras  bastante rato en esa situación y analizándome de forma muy descarada por fin se decidió a dirigirme la palabra. Me interrogó sobre quién era yo y qué esperaba allí, sentado en la calle .No le respondí. Ya me había molestado lo suficiente. El hombre continuó hablándome: me pidió, me rogó, que fuera condescendiente con él, la gente nos estaba mirando y formaba corro a nuestro alrededor, y que buscara acomodo en la fonda: necesariamente estaría allí mejor de lo que estaba hasta ahora en la calle. Tal vez tenía razón. Accedí a acompañarle hasta dicho lugar. Él cargó con mis maletas: no podía suceder de otro modo: el invitado era yo y él el intruso en mi viaje y en mi vida. No me gustó en absoluto el aspecto de la fonda: más asemejaba una casa destartalada e inhabitable que otra cosa. Como todas las casas del pueblo, vamos, como todo el pueblo. Sabía que forzosamente, era necesario, yo no podría resistir una hora en aquel lugar. Decidí no entrar. Mi actitud le molestó un poco, mas prefiero no hacer comentario de ninguna índole sobre aquella situación tan embarazosa. Sin darle tiempo a reaccionar le pedí, una vez más que me acompañara hasta el ayuntamiento pues era allí hacia donde mi misión iba encaminada. No recuerdo habérselo pedido antes, pero en fin. Qué me importan a mí todas estas vaguedades. Nuevamente optó por callarse y acatar
de la mejor forma que le fuera posible mi orden. Así no era posible una fricción entre
ambos. Nos dirigimos prestos y sin que apenas me diera cuenta ya nos hallábamos ante el alcalde de mi pueblo .Le rogué a mi acompañante que nos dejara solos: yo debía dialogar e indagar largo rato allí con el alcalde. Tuve la impresión de que no había entendido bien lo que le había ordenado. O más bien que estaba dispuesto a hacer caso omiso de mi ruego para quedarse y enterarse de mi misión.
Aprovechando los primeros momentos de saludos y presentaciones, confusión e incoherencias, puras banalidades que siempre se dicen en ocasiones como ésta,  se apresuró a situarse en uno de los rincones de la estancia, precisamente allí donde menos se le notase y molestase, se ve que no era la primera vez que operaba de esta guisa y ya tenía su  lugar asignado de esas ocasiones, y yo preferí dejar las cosas como estaban: me planteé que podía serme útil más tarde: oportunidad que no debe desdeñarse jamás. Fue entonces, a continuación, cuando sin más trámites ni preámbulos, hechos que en toda lógica deberían haber sido precisos y necesarios, que hubiesen sido sobre todo imprescindibles dada mi situación de extraño en mis lares, pero que no los tuve en cuenta, les expliqué detalladamente mis pretensiones y mi infructuosa búsqueda. Yo quería encontrar la verdadera historia de mi apellido, mis orígenes más remotos  en los anales del pueblo. Yo sabía que un antepasado mío: Andrés Guevara, siendo alcalde, a comienzos del siglo XIX, pudo, consiguió más bien, comprar en la capital la independencia y libertad de la villa, mi pueblo, perteneciente hasta ese momento  al convento de San Miguel de los Reyes, desde que el duque de Calabria la dejara como herencia al morir a dicha institución, por la suma de cincuenta mil reales. Eso era todo, yo deseaba ahora llegar a conocer mucho más, todo lo posible y conocido y referenciado en los anales de la villa sobre él, sobre su origen y su familia para, de este modo, saber cuál es mi verdadero origen ya que soy uno de sus descendientes directos. Creo que no me entendieron ni en lo más elemental y obvio. Se jactaron de mí. Sí, sí, tal como lo oyen: se mofaron de mi proceder.
El alcalde  tomando la palabra sin que nadie ni nada le diera pie para ello me dijo sin más preámbulos ni florituras: "Mire, usted no es bien recibido aquí. Llegó sin que nadie le esperara. Su obligación, conforme a toda norma de buena conducta y justo y recto proceder, era habernos notificado por escrito y de forma anticipada su venida. Yo le ruego a usted que se olvide de todas esas cosas y que nos abandone inmediatamente y de forma voluntaria para que no nos veamos obligados a ejercer la fuerza para con usted, medida que a nadie le resultaría ni cómoda ni satisfactoria. La historia que usted me ha referido sobre su antepasado, Don Andrés Guevara, ya está escrita. No indague más  sobre sus raíces. Piense lo que le venga en gana, crea que es usted la raíz y fermento, el origen, únicamente usted, de su futuro. Créame, no se sumerja más en el pasado, a veces está lleno de lodos. La historia pertenece a los libros ya, procure hacerse digno de su apellido y de la cepa originada en usted mismo y todo lo otro olvídelo: son patrañas. Quién puede asegurar la verdad de lo que se cuenta si no lo vivió y si lo hizo nos dará su versión interesada, no le quepa duda. Hágame caso y siga mi modesto y desinteresado consejo. No dudo de que es usted capaz de pasar sus vacaciones en otro lugar mejor que éste. ¡Márchese, pues!, se lo ruego, y no vuelva nunca por aquí a perturbar nuestra paz. No será bien recibido. Puede estar seguro".
Me sentí terriblemente confundido y anonadado. No llegaba a acertar sobre cómo debía obrar a partir de aquella conversación. Cogí mi equipaje, salí a la calle y me dirigí hacia donde me había dejado una vez el coche de línea que me trajo. Me llevé una gran sorpresa. La verdad: lo esperaba. Estaba todo el pueblo esperándome, ataviados todos con sus mejores atuendos y galas, no faltaba nadie ni nada, hasta la banda del pueblo aguardaba para darme la despedida que, por lo visto, me merecía. Subí apresuradamente al vehículo, también él me aguardaba. Dentro no había nadie para acompañarme en mi viaje de regreso a la ciudad y a la civilización. Simplemente querían despedirse de mí porque en este "Adiós" estaba implícita la seguridad y la certeza, para ellos, de que me marchaba para no regresar nunca jamás. Dicho de otra
forma: se habían congregado todos para echarme con miramientos y contemplaciones, hay que reconocerlo, con el más exquisito de los refinamientos, teniendo en cuenta el obligado protocolo. Subí al coche y me senté detrás del asiento del conductor junto a la ventanilla.
Cuando por fin marché del pueblo, de mi pueblo, aquel anochecer, en medio de aquel
griterío y algarabía  festiva, las calles estaban atiborradas por una muchedumbre. No me cupo la menor duda de que allí estaban todos. Y eso no era lo acostumbrado.