ANDRÉS MARCO

martes, 12 de abril de 2011

ENTRE TIROS Y TROYANOS



Entre tiros y troyanos, troyanos y tiros
Israel erre que erre mata palestinos
Poco a poco los va aniquilando
Mientras cree que los está indultando.
Madres palestinas ¡tened muchos hijos!
Para que los judíos los maten  a tiros
Que necesitan mucha mucha carnaza
Para saciar su odio y sed de venganza.
Palestinos, ante tanta  cruel  matanza
Dejad de lado vuestra templanza
Que no hay pero diálogo que el de sordos
Y si siguen así, al final acabarán con todos.
Israel con las armas de su ejército  abusa
Encontrando siempre una buena excusa
Sin importarle si caen mujeres y niños
basta con que Estados Unidos le haga guiños
de que avanza por el buen camino
para rematar este buen exterminio
que en Palestina sobra mucha gente
y por lo visto, el holocausto no fue suficiente.


miércoles, 16 de marzo de 2011

EL ESPEJO




Sí, estoy bien. Me siento muy cómodo en casa. No hay nada que pueda perturbar mi felicidad. Me miro en el espejo para  cerciorarme  y no veo nada. Mi espejo se ha tornado un narcisista y se pasa el día reflejándose a sí mismo. Es algo que intuyo, que vengo observando desde hace algunos días. Es como se hubiera un espejo dentro de otro. Te miras en el mismo y sólo ves un espejo. Nada más: un espejo que no refleja nada. Me enfurezco con su actitud y, sin apenas pensármelo, le propino dos patadas. La imagen de sí mismo se desvanece. Me miro con parsimonia, atento a observar, si es posible, cualquier señal en mi cara que no sea propia de mi estado de ánimo actual, pero mi imagen no aparece por ningún lado. Dentro del espejo hay unos olmos viejos y altos, muy troncudos, cuyas ramas y hojas están siendo mojadas por una pertinaz lluvia, una fuerte tormenta con abundante aparato eléctrico abatiéndose sobre ellos. Es mejor no mirar. No me interesa en absoluto contemplar paisajes de esta índole. Me ponen de mal humor para el resto del día. Será mejor olvidarme del espejo, tirarlo al cubo de basura y dejar que mañana se lo leven a otra parte, al estercolero, para que esté a su gusto, sin que nadie le impida besarse a sí mismo. A mí no me importa que lo haga, pero no cuando lo necesito, como acaba de ocurrir, para comprobar que estoy bien, que nada perturba mi paz.
Me acerco a la ventana y miro hacia fuera para no acordarme más de lo sucedido hace unos momentos, para ver cómo las estrellas de la noche juegan entre ellas a policías y a ladrones. Un grupo de ellas son los ladrones que tienen que esconderse en la amplitud del firmamento mientras el otro grupo, las que hacen de policías, no miran o lo hacen hacia otra parte y cuentan hasta cien de una forma que sólo ellas saben hacer. Después correrán por el cielo, brillando unas más que otras, jugando a confundirse con sus guiños, apagándose cuando no quieren ser vistas, poniéndose en fuga  al ser descubiertas, lanzando destellos para iluminar los lugares más recónditos y oscuros y ver si hay alguna escondida por allí, riendo y jugando toda la noche hasta que el sol las sorprenda en su diversión y como buen padre las apague y las mande a la cama, cansadas de pasar toda la noche corriendo de un lugar a otro. Me gustaría que alguna vez mi espejo reflejara durante el día unos instantes de alegría de las estrellas, entonces no lo echaría a la basura. Pero dudo que sea capaz. De todos modos no pierdo la esperanza intentando que se percate de mi deseo. Lo miro con disimulo, nada, lo miro detenidamente, tampoco. Lo cojo y lo llevo hasta la ventana, lo enfoco hacia el firmamento. No hay manera, no se da por enterado. Abro la ventana para que el aire fresco de la noche lo despeje un poco y le ayude a aclarar su mente. Nada, sigue ensimismado en su propia  contemplación. Me cabreo y lo tiro a la calle.
Al chocar con el suelo se rompe en mil pedazos y en cada uno de los trozos veo maravillado como las estrellas juegan a policías y a ladrones. Y así paso toda la noche, contemplando esta multiplicidad de imágenes de estrellas, muchas de ellas desconocidas hasta ahora para mí. Llega la mañana, las imágenes se desvanecen y yo sigo apoyado en el quicio de la ventana mirando atento por si acaso los remedos de espejuelos de mi espejo han sido capaces de retener  en su interior las imágenes nocturnas que han reflejado, tal como yo deseo. Sin embargo, nunca podré saberlo. Está amaneciendo y con el alba han llegado los barrenderos de cada mañana y con sus escobas se han llevado los pedazos de mi espejo roto. Qué le vamos a hacer,  hoy , esta tarde, sin falta tendré que comprarme otro.

UNA EXTRAÑA SENSACIÓN



Hace días que lo noto. Es como si tuviera un bulto en el estómago. Al principio, de esto hace ya dos semanas, era una ligera molestia. Apenas nada. Un malestar que no pasaba, siempre lo mismo: un leve dolor de cabeza, como si estuviera algo empachado. Sin embargo, hace tiempo que no abuso  de la comida. Mi estómago no me lo permite. También pensé, como causa, en la posibilidad del alcohol, pero últimamente tampoco bebo, ni siquiera vino. Es la única forma de no sentir después esos latigazos persistentes, esa comezón interna que sube por el esófago hasta la garganta. Y yo, ahora, no noto ninguno de estos síntomas. Por tanto, debo descartar cualquier atisbo, por somero que pudiera parecer, de úlcera de estómago. Trastornos gástricos siempre los he tenido, pero nunca así, como ahora los siento. Es como si algo habitara dentro de mí, o al menos se estuviera gestando en el interior de mi estómago. Incluso hay momentos en que creo sentir que se mueve. En un principio decidí no darle demasiada importancia, confiando en que al final pasaría. Como el avestruz: haciendo oídos sordos a la evidencia, creemos que no está ahí. Pero no ha sido así. Persiste, y, cada día que pasa, con más insistencia. No por negarlo, deja de ser obvio lo obvio.
Ya casi me he habituado a  y no lo noto tanto, pese a que resulta sumamente molesto. La mejor terapia siempre consiste en aceptar la propia realidad de uno, aunque sea dolorosa y triste. Durante unos días me he dedicado a hacer régimen y a no comer apenas. He adelgazado tres kilos; pero no ha servido absolutamente para nada. Tal vez la terapia puesta en práctica no ha sido la más adecuada. El malestar continua. Pienso que debería ir al médico, mas sé sobradamente lo que me va a decir: nada de abusar del alcohol y que deje el tabaco. Y esto último ni hablar, no estoy dispuesto a transigir. Lo demás ya vengo cumpliéndolo desde hace mucho, por tanto, sus recomendaciones se me antojan innecesarias.
Lo cierto es que me molesta sobremanera. Especialmente hoy. Y lo peor es sentirlo sin saber lo que es. Me he levantado esta mañana convencido  de que por fin iba a saber qué es lo que me sucede, cuáles son los cambios que se están operando en mi organismo sin que yo pueda controlarlos. Noto un peso especial dentro de mí, algo ajeno que se mueve, como si tuviera autonomía propia. Me causa un dolor leve, suave, que no molesta excesivamente, pero cuya persistencia incomoda. He intentado desayunar como cada mañana y las nauseas que han aparecido y que nunca había sentido antes no me lo han permitido. Apenas un té a pequeños buches. Eso ha sido todo. Enseguida se han hecho presentes las arcadas y he tenido que vomitarlo. Mejor no tomar nada sólido, pasar el día con agua y esperar a ver qué sucede. Describir cómo he pasado esta mañana es algo totalmente imposible. El dolor, la pesadez de cabeza, el abotamiento, las náuseas, el malestar general son todos ellos obstáculos que me impiden emprender cualquier actividad por ínfima que ésta sea. Tumbado en la cama, con la mente en blanco, sin intentar fijar mi pensamiento en algo concreto, nada de intentar un proceso intelectivo lúdico, nada. Así siempre. Dejando pasar los minutos, las horas. Sin pretender levantarme en ningún momento. Acostado, esperando que suceda lo que tenga que suceder. Presto a actuar cuando el momento llegue, consciente de que hoy es el último día y que luego todo habrá acabado.
No puedo ahora precisar en qué momento ha comenzado. Me he visto obligado de forma imperativa a abandonar mi estado letárgico en la cama para ponerme a caminar, primero lentamente, como si mis pies no superan hacerlo, luego, a medida que he ido sintiendo mis piernas como propias de  forma cada vez más convulsiva y rápida sin que haya podido detenerme en ningún momento. No sabría precisar qué extraña fuerza me ha inducido a obrar de este modo. Sin embargo, ahora me encuentro levantado, dando frenéticas vueltas a la mesa del comedor, consciente de que muy pronto algo en mí va a suceder.
No sé, pero de pronto siento que debo detenerme, hay dentro de mí algo que me obliga a ello. Mi voluntad ya no es mía. Permanezco de pie, quieto, sin moverme, temblando por dentro y rígido por fuera. Se intensifica el dolor en el vientre. Intento concentrarme en cualquier cosa que no sea mi dolencia consciente de que puede resultar un método tan eficiente como cualquier otro a falta de uno conocido para eliminarla. Dejar que mi cerebro centre toda su atención en algo distinto para que esta sensación dolorosa aguda quede relegada a segundo término. Resulta  baladí. Persiste, cada vez con mayor intensidad. Soy incapaz de sobreponerme. Como un autómata me desabrocho el cinturón  y me bajo los pantalones. Estoy en cuclillas, haciendo fuerzas, intentando que lo que tiene que salir evacue, me abandone para siempre. Aprieto los dientes, lo intento una y otra vez, sé que está bajando, pero aún no acaba de ver la luz. Más fuerte, apretando, tiene que salir, le cuesta, con más fuerza... me concentro al máximo, mentalmente me repito: ha de salir... ha de salir... salir... hacia abajo... afuera, que vez la luz. Cada vez me resulta más doloroso, gotas de sudor perlan mi frente... no puede faltar mucho. Un esfuerzo más... aunque duela... hacia abajo... aprieto todavía más si cabe los dientes... un  poco más... un poco más... así... ahora...  así... con fuerza... con el placer que siente en estos casos... eso es. Ya está.
Por fin ha salido. Me siento enormemente aliviado. No habrá más dolores, ni sensaciones raras, ni náuseas. Se acabaron las molestias. Me subo los pantalones. Lo hecho, hecho está. He puesto un huevo en el suelo. De haberlo sabido me habría preocupado de preparar su advenimiento poniendo un grueso almohadón para que no lo recibiera el frío suelo, pero qué le vamos a hacer. Es un huevo normal, como de gallina, aunque a mí me parece ligeramente  mayor, distinto, todo blanco y brillante. Es mi huevo, únicamente mío, me pertenece porque es fruto de mis entrañas. Lo cojo con sumo cuidado entre las manos y lo observo con deleite. Le doy vueltas, lo miro desde todos los ángulos posibles y no obstante siempre es el mismo: igual a sí mismo. Un huevo, el huevo por antonomasia, EL HUEVO. Y lo he puesto yo, ha salido de mí. Mientras lo miro noto que se está rompiendo la cáscara entre mis manos. Sabía que no podía durar esta dicha. Lo deposito encima de la mesa expectante a la vez que preocupado. Mi huevo se está rompiendo. Le voy desprendiendo con sumo cuidado las cáscaras, Dentro apenas hay nada. Nada más unas letras de color blanco muy brillantes, unidas entre sí. Es como esos colgantes de oro que uno lleva al cuello con su nombre. Las extraigo con delicadeza y las dejo sobre la mesa. Tienen como una telilla que impide leer su significado. Las limpio con la yema de los dedos y ahora sí puedo leer: «LIBERTAD». La palabra, mientras la leo, se va evaporando poco a poco hasta quedar en nada. La palabra ya no existe, está seguramente en el aire. Del huevo apenas queda nada: las cáscaras esparcidas por la mesa. Me levanto y voy a buscar una bayeta a la cocina. Recojo los restos de mi huevo desaparecido y las arrojo al cubo de basura. 

martes, 15 de marzo de 2011

VIENE CON EL ESTÍO


Viene con el estío,
nos domina el hastío,
no hace frío,
se baña en el río,
¡qué tío!,
parece un crío,
cada día un lío.
Hace calor,
causa furor
con su bañador,
¡qué candor!,
es un primor, es superior,
no tiene temor,
parece de plata,
por la noche una lata,
a todos nos ata,
conversación grata,
¡qué perorata!
no hay quien lo abata
¡cuánta bravata!.
Si lo dejamos nos mata,
a pesar de su tesón
no tiene perdón,
se acabó la función, 
con él al paredón,
si no tiene erudición
y mucho menos educación,
¡el muy pendón!.
Yo no me fío,
aunque cambie de color
no se aclimata,
es de hojalata,
su total perdición,
se cree un pichón,
vana ilusión,
si es un figurón,
¡ el muy cabrón!
¿ a que tanta presunción?.

QUE NO SOY YO


Que no soy yo,
que es otro, mamá
quien se comió la mermelada;
que no soy yo,
que es otro, mamá
quien se orina en la cama;
que no soy yo,
que es otro, mamá
quien tiró la piedra a la ventana;
que no soy yo,
que es otro, mamá
quien ensució mi jersey de lana;
que no soy yo,
que es otro, mamá
quien sin querer rompió tu figurita de porcelana;
que no es otro,
que soy yo, mama
quien llora cuando tú te enfadas;
que no es otro,
que soy yo, mama
quien ríe contigo a carcajadas;
que no es otro,
que soy yo, mama
quien a tu cuello se abraza;
que no es otro,
que soy yo, mama
quien se duerme si tú le cantas una nana,
que no es otro,
que soy yo, mama
quien dándote un beso
te dice: “ hasta mañana”

QUÉ SUERTE MÁS PERRA


Qué suerte más perra,
quieren que vayamos a la guerra,
nos dicen hay que ir
al frente
a morir
de un tiro en la frente,
hay que luchar
y matar,
y más matar.
Nos dirán: soldado valiente
buen combatiente
que con el enemigo te bates
en arduos combates.
Saben, váyanse a la mierda
con su tonta contienda,
que en la guerra mueren hombres,
anónimos, sin nombres
y a cambio ustedes
se llevan los laureles.
Señores, ¡les detesto!,
a mí no me esperen,
lo digo para que se enteren,
y no es un mero gesto:
como soy un ser humano
yo no mato a mi hermano,
soy como soy
y a la guerra no voy
ni hoy
ni mañana
porque no me da la gana.

UN CUENTO


Un cuento,
una historia
nada notoria,
un invento.
Lo intento
una y otra vez,
hasta ciento,
qué estupidez:
una tontería,
¡qué ilusión!:
al fin: ‘alegría!,
premio a mi tesón
una narración
que es mía,
pero es otra historia,
mejor no la cuento.