ANDRÉS MARCO

martes, 15 de marzo de 2011

UNO, DOS, TRES

Uno, dos tres,
yo, tú, él,
uno, dos , tres:
la juventud vuestra es.
cuatro, cinco, seis:
la alegría que tenéis;
cuatro, cinco, seis:
añoro vuestros dieciséis.
siete, ocho, nueve:
la energía que os mueve
a buen puerto os lleve.
Diez, once, doce:
manteneos en el goce,
que la maldad ni os roce.
seguid siempre así,
tal como sois, cien años, mil,
y en mi deseo no me limito:
así, así hasta el infinito

PORQUE ESTO NO ES UNA DESPEDIDA



Porque esto no es una despedida
y mucho menos el definitivo adiós
aquí tienes mi mano tendida
para que nunca nos separemos tu y yo.
con mi mano en tu mano recuerda
que cuando vemos en el cielo estrellas,
cuanto de de maravilloso hay en ellas
en  nuestro interior para  siempre queda.
Nos volveremos a encontrar algún día
y por eso no nos decimos adiós
basta el “hasta  pronto” con voz sencilla
asumido  por nosotros dos.

jueves, 3 de marzo de 2011

ROSAS, CLAVELES



Rosas, claveles y todo tipo de flores
voy metiendo cada día en  mi mochila
para que al abrirla inunde de olores
y pongan  muchos colores a mi vida.
Así, cuando  lleguen  los sinsabores
y le eche mano dentro  encuentre alegría
y esa larga noche resulte un poco  menos fría
que en la mochila cabe todo lo que logres,
porque la vida es eso: una constante porfía.
Claveles, rosas y más rosas
sabiendo que vives si gozas
y que el resto son …manías.

VAMOS DEAMBULANDO



Vamos deambulando por la vida
llevando a cuestas una mochila
cargada de ilusiones, anhelos, sueños;
se cumplen unos, otros bastante  menos
 pero todos tienen en nosotros  peso.
Hay  que meter para llenarla por  dentro
aquellos con los que sabemos que  podemos
para que en las cuestas  podamos con ella
que en las bajadas ella sola nos lleva
y dejar fuera  los  que constituyen meta
de  los otros  y  que no  es  la nuestra
porque entonces te agotas y no llegas
por mucho ahínco que  le metas.
Trazamos con tesón y firmeza el camino
sabiendo que habrá curvas y desventuras,
 alcanzando  siempre la meta,  y si me apuras,
el contenido de la mochila,  es lo que has  vivido.

AVANZAMOS

Avanzamos cuanto y como podemos
en el  largo camino de  nuestra vida
intentando modificar en lo posible aquellos
surcos  que para nuestro viaje había.
Surcos y más surcos que día a día
irán dejando esas hondas huellas
que son el peso de nuestra mochila
y cuando llegas al final es lo que queda:
los surcos y el camino que en la vida transitas
para que la mochila al final no llegue vacía.

MI SILLÓN


Me siento en mi sillón esperando el merecido descanso. No es así. Como cada día sus muelles me catapultan hacia arriba. Sin remisión, sin aviso previo. Jamás me dejará en paz. Es un sillón viejo, arisco y protestón que no tiene arreglo. Cada día que pasa tiene menos aguante. La tiene tomada conmigo. Él y yo subimos y bajamos. Sus muelles se quedan tersos arriba; les falta elasticidad de puro gastados que están. Sé que debería reemplazarlos por unos nuevos, pero nunca encuentro el momento propicio. Arriba dejamos que el sol nos caliente. A pesar de que hace signos inequívocos de que le molesta. Es un medio sol nada más. Qué le vamos a hacer, nos conformamos con lo poco que nos ofrece: estamos en pleno invierno y tampoco es tan inusual que apenas de calor. Debería ser un sol como cualquier otro, como el de todos los días: sin embargo éste es distinto: es cuadrado y no tiene rayos, no le han salido aún. Además, calienta de otro modo; su calor apenas se nota y eso que se esparce por doquier, como el de las viejas estufas catalíticas. Y es de color verde. Nunca había visto un sol de este color. Parece como si acabara de nacer y aún no dominara su oficio de sol. Puede que ni lo conozca, que no sea más que un mero aficionado que aspira a llegar un día a ser sol. Un cachorrico de sol con demasiadas pretensiones. Es lógico: su juventud y falta de experiencia le lleva a cometer errores. Es un auténtico novato. Nos está molestando. Es un intruso que busca interferir de algún modo en la polémica que el sillón y yo mantenemos y no sabe cómo. Ambos somos viejos amigos que no hemos sabido encontrar otro medio de diversión. Tal vez sea que en todos estos siglos que llevamos juntos ya nos lo hemos dicho todo, y agotadas todas las posibilidades de las palabras, como en los viejos matrimonios, no nos queda otro recurso más que encontrarnos de cuando en cuando, cada vez menos, pura rutina, y entablar estas disputas que a nada conducen para dilucidar quién prima sobre quién: sus muelles vetustos, oxidados y chirriantes o yo que, aunque no parezco el mismo, todavía  me queda el coraje suficiente para enfrentarme a un viejo sillón tozudo y sin modales. De momento me he aposentado en él. Es posible que al final me toque levantarme y dejarlo, cansado de tanto subir y bajar sin sentido, aparte de la permanente disputa que mantenemos. Por el momento voy ganando yo, como cada vez que nos enfrentamos. Aunque no le oigo, sé que está resoplando, que le falta el aliento. Ya no es como antes. Entonces sí que los dos éramos jóvenes y luchábamos de verdad. Ahora no son más que simulacros de lo que en otros tiempos nos divertía. Más que nada para recordar las viejas hazañas, nuestras mutuas batallas. Todo iría bien si no fuera por ese solucho ajeno a nosotros que no sabemos de dónde ha salido y que lo único que hace es molestarnos entrometiéndose en algo para lo que no ha sido llamado. Mi sillón es muy tímido, siempre lo ha sido. Se ruboriza por nada. El único amigo que tiene soy yo. Él confía en mí. Tendré encontrar una solución como sea. No quiero un sillón incómodo. Cierro los ojos para no verlo, pero no se da por enterado. Sigue ahí, delante de nosotros, con esa cara de no haber roto nunca un plato, con esa cara de inocente que únicamente los más tontos saben poner. Y además, todo verde; es deprimente. Parece más una manzana  que un sol. Si fuera una manzana me la comería y todo solucionado, Se habría acabado el problema del intruso. Pero no lo es. Sólo lo parece. Habrá que aguardar a que llegue la noche, aunque a lo mejor con éste es distinto, como es novato igual aún no lo sabe. Tengo una idea. Apago la luz de la habitación para engañarlo con esta estratagema. Luego le chisto: « Pisst, pisst», y le señalo con el dedo detrás de él. Se asusta muchísimo ante la oscuridad, seguramente nueva para él, y sale corriendo como un potro desbocado sin dirección fija. Al fin volvemos a estar los dos solos, como los matrimonios viejos, mi sillón y yo dispuestos a seguir con nuestra pelea: arriba... abajo... arriba... abajo intentando tirarme él, intentando no caerme yo... arriba... abajo... arriba... abajo...

EL AUTOBÚS


El autobús va casi repleto de gente. Personas que a mí, en lo personal, nada me importan. Me importa un comino lo que les ocurra o les pueda pasar, no es mi problema; claro que tampoco ellos se inmiscuyen en los míos, ni siquiera lo intentan. Después de todo, qué más da. Cada uno debe de ir a lo suyo sin importarle lo de los demás. Y, sin embargo, todos vamos ahora juntos, en este autobús, a un mismo destino, o por lo menos todos lo hemos cogido en un principio con el mismo propósito, para cumplir un mismo fin, por lo demás desconocido para mí y supongo que también para la inmensa mayoría de mis acompañantes de viaje. Son muchas las cosas del mismo que se me escapan. Por ejemplo, me pregunto constantemente para qué he cogido yo hoy, esta mañana, este autobús con rumbo desconocido y no soy capaz de encontrar una respuesta mínimamente satisfactoria. Tal vez sea porque he visto que había mucha gente haciendo cola y yo me he sentido atraído por ella y he optado, sin apenas pensarlo, en sumarme a la misma y ocupar mi lugar. Claro que de no haberlo hecho, supongo que no habría ocurrido nada especial. Otro me habría sustituido. O tal vez no, y mi sitio habría quedado hueco, sin nadie, y ahora este autobús iría haciendo su ruta hacia el mismo destino con mi asiento vacío, precisamente el mío, sin mí que continuaría vagando por las calles y avenidas de la ciudad intentando consumir el tiempo vanamente. Mas no me conviene internarme por estos laberintos que no llevan a ninguna parte dado que ésta no es mi situación actual. Y, además, pensar es malo: demasiado raciocinio lleva irremisiblemente a la locura. Yo voy dentro del autobús, ocupando mi asiento, tal vez reservado expresamente para mí, con un objetivo desconocido y que en el fondo me es indiferente. El autobús rueda por una carretera solitaria, sin ningún coche que nos adelante o que pase en dirección contraria, sin cruzar por ningún pueblo o ciudad, sin ningún paisaje concreto y tangible que sirva como punto de referencia y que rompa esta monotonía del paisaje siempre verde. Y al final el vehículo se detendrá en alguna parta, todos bajarán para dirigirse a quién sabe dónde y yo no tendré más remedio que abandonar este asiento, por otra parte sumamente incómodo, y seguir a todos, ir a donde ellos vayan si es que se dirigen a alguna parte concreta y conformarme con mi destino. Mientras, no me queda otro remedio, esperar.
Sí, mientras esperar, esperar... esperar qué. Debemos llevar ya mucho tiempo aquí, sentados, sin movernos, corriendo por una serie de carreteras laberínticas que en todo momento se parecen las unas a las otras, y que, incluso, siempre podrían ser la misma: se repiten con insistencia, como si no nos moviéramos de la misma, como si el vehículo estuviera quieto y fuese el paisaje el que se mueve, el que avanza, el que se repite reiteradamente y de forma sospechosa. Hemos subido al mismo esta mañana cuando el sol apenas calentaba y ahora ya está ocultándose. No obstante, si me fío de mi reloj no son más que las  doce de la mañana; es decir, apenas llevamos tres o cuatro horas de trayecto; y a mí se me antoja una eternidad. Es posible que mi reloj no funcione muy bien, e incluso que esté parado a esa hora... No, no lo está: oigo su tictac lento, pausado, rítmico, junto a mi oído. Mas no puedo aseverar nada: para tener la certeza debería preguntar a esta señora que llevo a mi lado, una señora gorda y rechoncha, semejante a un cerdo bien cebado que llevan al matadero, con esa cara sin rasgos, amorfa, tan redonda y tan de pocos amigos, una cara que parece decir: a mí no me pregunte, que yo no sé nada, con esos ojos chiquitos y esas enormes bolsas debajo que más bien asemejan talegas de harina, qué hora es. Y yo no me atrevo, no tengo arrestos, nunca los he tenido. Tengo, eso sí, la impresión, además, de que aquí nadie habla excepto yo. He intentado entablar conversación con varios pasajeros, pegar hebra por el mero hecho de dejar que así el tiempo vaya más raudo, hablar con cualquiera de ellos de cualquier tema banal y sin importancia, lo usual en estos casos, tampoco te vas a poner a discutir sobre si Sócrates debió o no acatar la orden y beber el vaso de cicuta, y nadie me ha contestado, nadie se ha hecho eco de mi solicitud desesperada. Tal vez nadie esté interesado en mantener una amena conversación conmigo... o no les interese los temas que yo podría proponerles. Claro que podrían decirlo, ¿no?. Aunque creo, es más: estoy convencido de ello, no he oído en todo el trayecto que llevamos ni una sola voz que no sea la mía. Hace rato he intentado confraternizar con la señora que llevo sentada a mi lado y que no conozco de nada. Antes he tenido que sobreponerme y vencer la enorme repugnancia que me produce su físico, en especial su cara. La he mirado a los ojos con una enorme y grácil sonrisa dudando que pudiera verme, pero había que intentarlo, y he comenzado con una pregunta absurda, tonta, sin nada de complicación para romper el hielo y darle pie. «Usted podría indicarme si es que lo sabe, a dónde nos dirigimos». No me ha contestado, la muy maleducada. Nada más se ha limitado a sonreírme poniendo su enorme manaza sobre mi pierna, cerca de la ingle y ha pretendido manosearme. Mi reacción ha sido contundente: le he pegado un manotazo en su mano, inmediatamente la ha retirado. Se ha quedado como atontada mirándome, con insolencia, como cerda en celo, No me ha quedado otra solución más que sacarle la lengua. Ofendida ha cambiado de posición y eso ha sido todo lo acontecido entre ella y yo. Ahora no voy a rebajarme preguntándole qué hora es, sería inútil. Seguro que volvería a sobarme la entrepierna, o tal vez ni tan siquiera se digne contestarme. Sí... estoy convencido de que no debo intentarlo, no me hará ni caso. Es más, está en su perfecto derecho. Ha estado muy feo por mi parte pegarle en la mano y luego, sólo luego, sacarle la lengua cuan larga la tengo, y la verdad es que es lo es mucho. También es cierto que podría coger su brazo y a la fuerza mirar en su reloj la hora que es, mas no me decido. Puede que si se tratara de una señora normal, aunque simplemente fuera rellenita. Pero así no: podría enfurecerse y, desde luego, resultaría mucho peor. Lo mejor será aguardar a que ella cambie voluntariamente de posición y sin que lo pretenda, por descuido no más, me muestre la esfera de su reloj y yo así pueda resolver mis dudas.
El tiempo avanza irremediablemente: es noche cerrada: sin luna ni estrellas que iluminen aunque sólo sea por mera cortesía del cielo. Y yo continúo aquí sentado, con esta señora que tanta repugnancia me produce a mi lado, roncando sin ataduras, sin contemplaciones, como se estuviera sola en su cama, sin preocuparse de que seguramente está molestando con tanto ruido a sus compañeros de viaje. Yo, desde luego, con su proximidad, no he podido pegar ojo. Me inquieta el hecho de que mi reloj siga marcando las 12 horas de la mañana y nada indique que está averiado, o al menos parado: su tictac prosigue como siempre. El tiempo pasa aunque parezca que todo está detenido. Todo menos el tictac de mi reloj y la marcha del autobús. Estoy decidido: de un modo u otro he de averiguar la hora que es, aunque para ello tenga que vencer la extrema repugnancia que me supone y tenga que despertar a mi más cercana acompañante. La toco con suavidad, con la palma de la mano, en el hombro. No hace caso, ni tan siquiera se ha dado cuenta. Insisto con más contundencia. Nada, no hay quien la despierte. Veo su reloj en su brazo izquierdo, al otro lado de ella, mirando la esfera hacia el pasillo. No me queda otra alternativa. Si quiero saber qué hora es tendré que pasar por encima de ella. Y yo estoy resuelto. Paso distraídamente mi mano por encima de su enorme vientre hasta llegar a tocar su brazo izquierdo. Cojo su muñeca y estiro con fuerza hacia mí... Ya está: veo la esfera de su reloj: las agujas están ambas en las doce. Y no se ha despertado. Tan sólo un fuerte rugido y el girar de su cuerpo hacia mí. Su cabeza ha caído pesadamente sobre mi hombro a causa de mi acción de tirar. Ahora me abraza con fuerza y hasta con algo de cariño. Por lo demás, continúa dormida. Desde luego mi situación personal física y emocional ha quedado gravemente deteriorada: ya la tengo encima mío, una de sus piernas sobre las mías, y eso con la enorme repugnancia que su mera presencia ya me produce. De todos modos puedo sacar una conclusión evidente al respecto. Mi reloj, y el de ella, y supongo que el de todos los demás también, están detenidos a la misma hora, aunque sus mecanismos continúen funcionando. Por otra parte nos encontramos dentro de un autocar que se dirige a alguna parte concreta y predeterminada, para mí desconocida, desde hace al menos 16 ó 18 horas. Yo calculo que realmente deben de ser las 2 o las 3 de la mañana, aunque no puedo asegurarlo. Lo único que sé es que es noche cerrada y que yo estoy totalmente desvelado, por tanto, forzosamente debe de ser madrugada. Así que no me queda más remedio que aguardar a que amanezca y mientras intentar utilizando todos los medios a mi alcance que mi situación personal, deteriorada gravemente, cambie de algún modo para mejorar. No aguanto más su peso, su abrazo vigoroso, su aliento caliente y asqueroso que incide directamente sobre mi rostro, y mucho menos sus ronquidos. Sólo veo como solución viable por el momento clavarle con todas mis fuerzas el codo en los riñones hasta hacerle daño y obligarla a abandonar su cómoda posición actual.
Está amaneciendo. La noche lentamente se va retirando, como si deseara que su marcha pase inadvertida. Ha sido un irse callado y sigiloso. Y ya la luz del día dentro de muy poco se impondrá sobre esta penumbra lechosa y pesada que todo lo confunde. A pesar del cambio de la naturaleza, pienso, es más: estoy seguro, que nada más va a cambiar. Por lo menos en lo que hace referencia a mi situación personal, que para mí, en estos momentos, es lo más fundamental Y no es que no existan otras cuestiones más relevantes que mi estado dentro de este autobús con destino desconocido. Pero para mí, mi situación adquiere el carácter de esencial. No se trata sólo de mi estado de cansancio tras toda una noche sin poder pegar ojo, con muchas horas de viaje ininterrumpido sentado en el mismo asiento, sin haber probado alimento alguno, sin haber roto en ningún momento el tedio del viaje, sin haber podido bajar y caminar un poco, nada más para estirar las piernas y distender los músculos que ya hace rato que siento agarrotados. Y sobre todo tengo el codo, y el brazo, dolorido, hasta el punto de que no lo siento, de tenerlo toda la noche clavado materialmente en los riñones de esta señora de rasgos tan marcadamente vacunos, sin haber logrado nada positivo. Mis oídos retumban, especialmente el izquierdo, tras varias ininterrumpidas de tener sus ronquidos pegados como una lapa. He de confesar que lo he intentado todo para deshacerme de ella: lo del codo, le he abofeteado en la cara violentamente, le he pegado puñetazos en la barriga y en la barbilla, le he tapado varios minutos la nariz, pero no ha sido posible, no he obtenido el resultado que pretendía. He apretado incluso con ambas manos su cuello sin poder abarcarlo todo para estrangularla. Nada, ni se ha inmutado. Si no fuera por el tremendo estruendo de su roncar y el calor maloliente de su aliento proyectado insistentemente sobre mi rostro habría llegado a la conclusión de que era un cadáver lo que se había dejado caer en mi hombro. O tal vez un muro. Pero no es así: su actitud y su comportamiento son muy distintos: me abraza con fuerza, de cuando en cuando me acaricia, me rasca delicadamente la cabeza y me besa en la mejilla. Así que no, no está muerta. Me está molestando cada vez más y no ya no aguanto. Vamos, que ya está resultando cargante. Y yo no tengo por qué aguantarla ni un minuto más. Se lo voy a decir, con educación para que no se moleste: no me importe que piense que soy un grosero. Claro que para eso antes tendré que despertarla y, tras todos mis intentos nocturnos fallidos, veo que es algo que queda lejos de mis posibilidades. Mi experiencia acumulada así lo constata. Habrá que esperar a que ocurra algo por sí mismo, algo en lo cual yo no intervenga para nada, y que me libere de su opresión.
Como era de esperar ya ha amanecido totalmente y el sol intenta apoderarse del espacio para llenarlo por completo.  Sus primeros rayos, tímidos y respetuosos, indecisos, como yo, se van abriendo camino entre la densa bruma que se levanta de los campos. Poco a poco ha ido ganando espacio y muy pronto se sentirá su estabilidad y su calor. Quiero dejar aquí constancia de mi agradecimiento a este astro que ha llegado como guerrero vencedor de mil batallas y que me ha librado de la presa de mi acompañante de asiento. La verdad es que ha resuelto el problema del modo más sencillo posible y sin que mediara entendimiento ni ayuda por mi parte. Lo ha hecho él solo, sin pedir permiso ni sugerir nada. Se ha limitado a posarse con fuerza en el rostro de esta vaca y al instante ella, voluntariamente, agradecida de la insolencia del recién llegado, se ha girado hacia la otra ventanilla liberándome de su pesadez repugnante y asquerosa. Y mientras el autobús sigue su marcha sin detenerse en ningún momento, ni tan siquiera a repostar, tragando kilómetros y más kilómetros con un fin concreto, supongo, aunque fuera de mi alcance y entendimiento. No acierto a verle la utilidad al mismo, por lo menos hasta el momento, Rodar por carreteras vacías y solitarias, tan parecidas las unas a las otras, tan monótonas, sin ningún tipo de aliciente que rompa la soledad manifiesta de este paisaje tan verde. Miro mi reloj, que sigue funcionando correctamente. , y marca las 12. El tiempo corre inexorablemente, la evidencia es clara, aunque mi reloj se niegue a dejar constancia de este pasar de las horas. Y yo continúo esperando llegar a alguna parte concreta que sea el final, o al menos parada e intermedio, de este viaje absurdo que a nada conduce.
Algo concreto y manifiestamente real ha aparecido en el horizonte aunque mis ojos, habituados todo un día al aburrimiento y a la soledad, se nieguen a dar crédito de lo que ante ellos hay. Un conglomerado uniforme y compacto de casas y edificios muy altos aparece al fondo, entre humos y atmósfera sucia. Apenas se delimitan los contornos, las aristas, destacando sobre el fondo gris. Nos acercamos con lentitud y poco a poco nos vamos adentrando, sumergiéndonos, por sus calles, Al final se ha roto la monotonía del paisaje. Las avenidas, los edificios, las tiendas con sus escaparates multicolores son otra cosa muy distinta a campos y más campos sin cultivar, llenos de hierbas y maleza verde. Ya lo creo que es distinto. Y no digamos nada de las luces de los semáforos, las bocinas de los coches, el ruido de la gran ciudad, su peculiar olor a smog me hacen sentirme bien ya. Por lo menos vuelvo  a encontrarme con mi medio. Por fin el autobús se detiene y todos nos apresuramos a bajar, empujándonos los unos a los otros, ávidos de respirar el oxígeno de la gran urbe, deseosos de que su aire y su aroma colmen y ensanchen nuestros pulmones. Ya estoy en la acera: no más estrecheces ni más señoras gorditas para atormentarme. Me siento nuevo y distinto, cambiado. Y al mismo tiempo vuelvo a reencontrarme con el que antes era. Yo no deseo cambiar. Hemos regresado al lugar de partida. Camino apresuradamente por la calle entre gentes anónimas que se dirigen a alguna parte, aunque no me importa el saberlo. Me detengo de cuando en cuando y aspiro profundamente, deleitándome en esta acción. Sí, desde luego, me siento mucho mejor. Mi reloj sigue marcando las 12, pero no importa, funciona bien.